
Cómo no iba a fracasar el golpe si su esquema operativo plagiaba el trazo de una viñeta cómica de Forges. La primera certeza que va perfilándose a medida que se despeja el humo de esta desclasificación es que el país de las asonadas decimonónicas ya solo sabía repetirlas como farsa. En cuanto a la segunda, la albergábamos pero ahora la reverenciaremos: Juan Carlos I (JCI, diría Gistau) se comportó como el demócrata providencial que los historiadores serios ya nos advertían que había sido. De hecho, en los papeles de aquellos salvapatrias de garrafón queda aún mejor que en los libros: ahora sabemos que los propios golpistas culparon enseguida al «Borbón» del fracaso de la intentona. Los que no habíamos nacido en aquel febrero ahora limpiaremos el retrato de su anciano padre hasta que de la lámina empañada por el crepúsculo de su ejecutoria emerja el héroe cristalino.








