Si de lo que se trata es de apuntalar la coherencia de una línea editorial, habrá que salir en defensa del fichaje de Belén Esteban por parte de una televisión pública ahormada a imagen de Pedro. Después de la exclusiva de este periódico ya nadie pondrá en duda la continuidad ética y estética entre el presidente del Gobierno y la reina de la telebasura. Dios cría a chonis con horteras y el dinero público los junta.
En la primera escena paseo por la calle Padre Damián, en Madrid, y me detengo al pie de la cuesta del colegio San Agustín, frente al Santiago Bernabéu, por la que mi hermano mayor y yo subíamos cada mañana para ir a clase. La megafonía recibía a los alumnos difundiendo un breve comentario del Evangelio. Recuerdo el día en que me tocó leerlo a mí como un acontecimiento central de mi niñez: quizá porque me equivoqué en una palabra. Estábamos a finales de los 80, cuando los niños de seis años íbamos solos al colegio con una mochila y un bonobús. Recuerdo una campaña contra algo terrible llamado sida, y las imágenes de la demolición de cierto muro alemán abriendo el telediario. Recuerdo el quiosco de chucherías del patio donde dilapidábamos la paga semanal; y la feria que montaban una semana al año dentro del recinto escolar. Recuerdo la importancia que le daba el padre Corredor a la campaña del Domund, y la capilla donde mi madre alguna vez se quedó a rezar antes de recogerme, y el boletín de los misioneros con aquel escudo que tanto me impresionaba: un corazón ardiendo atravesado por una flecha. Y recuerdo que los profesores eran tan buenos que cuando me cambiaron de colegio yo iba un curso por delante en matemáticas y quizá dos o tres en lectura. Pero aún habían de pasar algunos años hasta que leyera las Confesiones.
El hombre nombrado vicario de Dios en la tierra sale al balcón revestido de su alta dignidad y es aclamado por el pueblo. Pero la metamorfosis no ha sucedido entre los pesados cortinajes de terciopelo del balcón central; tampoco en la Capilla Sixtina, bajo la polícroma majestad de los frescos de Miguel Ángel. Ese hombre abrumado, que seguramente ha sido elegido porque sus colegas comprendieron que no deseaba el puesto en absoluto, empezó a transformarse a su pesar cuando ingresó en la sala que con mucha propiedad llaman de las lágrimas. Un no lugar, un tramo anodino entre dos ámbitos célebres, acaso el único puñado de metros cuadrados del Vaticano que no figuran en la historia del arte. Una mesa, dos sillas de madera, un pequeño sofá rojo y un perchero del que penden tres sotanas blancas. El hombre debe elegir la más ajustada a su talla necesariamente imprevista. Y es entonces, en ese vestidor oscuro, cuando lo vence la conciencia de su nueva condición. Al menos así les sucedió a algunos de sus predecesores. De ahí que se la conozca como la sala del llanto.
Humo negro, fumata de tanteo según mandan los cánones en la primera votación. Los cánones mandan siempre, pero especialmente en la institución bimilenaria que alumbró el derecho canónico. Hoy jueves ya hay cuatro votaciones por delante y la conjetura verosímil de que la última anuncie al orbe un papa nuevo.
Nadie en su sano juicio desea ser Papa. Nadie con acceso al cónclave ha dejado de fantasear con la posibilidad de serlo. La primera frase la pronunció un cardenal de verdad: el madrileño José Cobo. La segunda sale del guion de Cónclave, la película que ha encandilado a cuantos limitan su contacto con la Iglesia al sermón del cura en el funeral de la abuela. La realidad, naturalmente, está más cerca del pavor del cardenal de Madrid que de la impresionable retina del adicto a Netflix. No en vano se habla del peso de la púrpura.
Vuelve uno de la Colombia de Petro a la España de Pedro sin ser capaz de encontrar las diferencias. Aún peor: el balance favorece a la seriedad gubernativa de Macondo. Me despidió un apagón propio de sociedades preindustriales y me recibe un robo de cobre que le habría dado vergüenza relatar a la abuela de García Márquez. Nuevamente los juglares de progreso correrán a desollarse los dedos en las cuerdas de sus liras subvencionadas cantando el civismo de los diez mil viajeros tirados en los vagones durante horas: dos lunes negros más y España será declarada tierra de misión. El contribuyente español ya merece la misma condescendencia colonial que esos niños sudaneses de tripa hinchada y sonrisa invencible con los que posan las influencers en verano: «¡Con qué poco son felices!». Si el filipino Tagle sale elegido papa podría arrancar su pontificado en Toledo, y así reanudamos la historia donde la dejaron los visigodos.
No puedo creer lo que cuentas que pasó. Acá sería impensable. Por la mañana nos llevaron al cerro de Monserrate, contiguo al cerro de Guadalupe: la ciudad se derrama a sus pies hasta donde alcanza la vista. Los bogotanos los llaman cerros con un punto de ironía, porque forman más bien una cordillera frondosa a tres mil metros sobre el nivel del mar que ciñe la extensión caótica de Bogotá con una corona verde. No fue fácil llegar hasta arriba porque los indígenas se toman muy a pecho la fiesta obrera del primero de mayo. El presidente Petro los necesita en la calle bien movilizados; quiere decirse inmovilizando a todos los demás. Llegaron veinte mil del Cauca y acamparon en el campus de la Universidad Nacional antes de montarse en sus chivas engalanadas, guerrilleras y contaminantes. Cortaban carreteras ondeando la minga bicolor y blandiendo varas de mando, revolucionarios exitosos por un día.