
El amontonamiento de escándalos en la fase terminal del sanchismo está obrando un efecto divertido sobre el ánimo de la derecha. El sanchista medio contempla estupefacto cómo el PP encara la celebración de su congreso abismándose entrañablemente en el bizantinismo ideológico que sucede a la pura exasperación. A medida que llueven los sumarios sobre una banda de aluniceros en Peugeot perseguida por la Guardia Civil, el selecto conservador o liberal no se pregunta qué ha hecho para merecer este Gobierno sino si la oposición es suficientemente digna de su aristocrático voto. Es la derechita pejiguera de salita azul y meñique empinado: «¡Falta dureza! ¡No hay rumbo! La alternativa no puede limitarse al antisanchismo. ¿Dónde está el gabinete en la sombra? Y la ilusión, qué. ¿Qué fue de la ilusión?». Ve a preguntarle por el rumbo estratégico a la charo que escondería a Jéssica en su propia casa con tal de que no gobierne la derecha, alma de cántaro. La izquierda real votará a Pedro aunque salga en rueda de prensa chupando carótidas de niños sin hogar; frente a ese ejército cejijunto de terracota se convoca un certamen lírico de politólogos que ensayan la bisectriz entre Ayuso y Juanma o debaten si Feijóo estaba mejor con gafas.







¡Qué gente lleva mi carro! Una rubia chusquera y tres comisarios