
Invitado por su amigo, poeta como él, un joven tuberculoso llega a Roma a principios del siglo XIX para alimentar la vaga esperanza de curarse. Él quiere vivir, aunque sea para seguir escribiendo, quizá para volver a amar, pero tampoco se hace demasiadas ilusiones. Por mucho que insista Shelley en que el cálido clima de la ciudad secará sus pulmones podridos, el joven Keats sabe íntimamente que no hay nada que hacer. Que Roma será su tumba. Como un don (como una condena), recibió al nacer esa punzante revelación de la finitud humana con la que algunos se labran toda una carrera de malditos, librados a la voracidad del carpe diem, y otros perfeccionan el arte de la elegía o se encierran en un monasterio. Luego están todos los demás, el llamado común de los mortales.







En el más conciso y encantador de sus libros, la biografía del conde de Guadalhorce (‘río de trigo’, nos aclara al final) Martín Gaite desliza al final las preferencias literarias de Rafael Benjumea en una cita de Gabriel Miró, bien oportuna para un tradicionalista, y la celebérrima antimetábole de Keats modificada por la traducción y el oficio -ingeniero- del biografiado como ‘el orden es belleza, la belleza es orden’ ¿O era ‘proporción’ en vez de ‘orden’? Interesante versión del original que proponía ‘verdad’.
Parece que José Torán, continuador de la obra de Benjumea, encargó el trabajo a la Gaite así como a su esposo Ferlosio que averiguara la etimología de la palabra ‘genio’. Un pintas este Torán, y a lo qua parece con toda la razón del mundo. Bueno, no sé si llegaría a algo el matrimonio con su lingüistica, así que propondía la mía: la ‘g’ es una prótesis hiperabundante en vocablos griegos -genetica, ingenio- que, debidamente barrida le dejaría (Jorge – Yorgiós – hortelano) con los significados ontológicos (Génesis – enosis: unión; también -Ens-) requeridos: Vox et praetera nihil