
En el cielo sin nubes se ha declarado un final de abril con pujos de ferragosto, y los peregrinos que no tomaran ayer la precaución de untarse los brazos con crema solar experimentarían alivio al ingresar por la puerta santa en la suave penumbra de Santa María la Mayor. Tampoco es que tuvieran que esperar demasiado bajo el sol. Al menos el Esquilino -una de la siete colinas romanas- no registra todavía la congestión de visitantes que se le pronostica a esta primavera de excepción en que un jubileo se funde con un cónclave, y por fortuna los carabinieri han decidido no extremar el celo inquisitivo en los controles de acceso. Será una paradoja, pero un policía que nos sonríe da más seguridad que uno que nos cachea.







En un libro de encargo (The Innocent Abroad) para promocionar el primer crucero -por el Mediterráneo ¿Los hay por otros sitios?- que se proponían inaugurar, Mark Twain se agota cuando paran en Milán y el cicerone le atorra con su sabiduría y piensa en la virgen de Murillo vista en Sevilla. Qué calma. Qué lasitud. Y no era la virgen de la servilleta, figura oferente con una carga que parece desprenderse de su soporte y avanzar hacia el espectador desinhibidamente. Si no tienen las perras para el crucero , está aquí mismo.