
En el Valle del Jerte están a punto de florecer al unísono un millón y medio de cerezos. Al pie de la sierra de Gredos hemos visto anteayer esos árboles sagrados ocupando las terrazas de un graderío natural como tenores de un coro mudo, con las ramas cargadas de ramilletes listos para el estallido inminente que se espera el día de San José. Durante unos pocos días, más bien horas, la naturaleza se recreará en su propio poder. Deparará el espectáculo de una belleza delicada y violenta al mismo tiempo, capaz de inspirar el haiku de un poeta o destrozar los nervios de un hiperestésico. No siendo una cosa ni la otra, el turista de mochila e Instagram trata de ajustar al máximo las fechas de su reserva en Plasencia y alrededores en busca de la foto definitiva.







¿por qué las antologías lo son tan a menudo de epitafios? ¿Por qué en su última -y la mejor con distancia- y fehacientemente póstuma novela Mishima hace desenvolverse la acción en un día de Navidad? ¿Por que Simeón canta Nunc Dimittis? La respuesta, para más adelante.
Fantaseando lo fantaseable, imagino que flor/anthós pudiera reducirse a prefijo negativo (normal en griego: lengua apofática), un ‘th’ epentético y un verbal del verbo griego que significara ‘ser’ o ‘aparecer’. Como las ulmarias (creo: no se fíen de mi botanica) que aparecen en el talud del puente que cruzo los sábados y tras cuatro semanas, a lo más, se ven segadas por el jardinero (dele Dios mal galardón) y nos vemos ya agostados o esperando el año por venir ¿No se supone que es lo que debía hacer Teresa de Ävila con las flores del almendro que reaparecieron en su visión final? En octubre, rara época para las flores de la mesorah.