
La historia del siglo XXI empieza ahora, en el punto en que la interrumpió la fiebre ideológica del XX. No vamos a repetir el auge de los totalitarismos: más bien toma cuerpo la revancha colonial embridada por el imperio del derecho a partir de la posguerra. Claro que el imperialismo yanqui incurrió en innumerables y ominosos ejercicios de hipocresía durante la segunda mitad del siglo XX, pero conservaba hasta ahora la aspiración a proteger el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. El viraje ruso auspiciado por la ansiedad contable de Silicon Valley frente al dinamismo chino ha instituido el gobierno de la oligarquía, por la oligarquía y para la oligarquía. Los pueblos débiles que no se plieguen a la nueva vieja ley de la selva, como aquellos melios que se resistieron inútilmente al expansionismo de Atenas en el célebre diálogo de Tucídides, servirán de carne de cañón y mina de recursos para los fuertes.






