
El destino de los pueblos, como el de los hombres, está cifrado en su carácter. Dicen que los españoles enterramos como nadie, pero para seguir llevando flores al panteón nacional hace falta algo más que el alfilerazo urgente de la pena (cuando no del remordimiento) desde el que se despachan aquí los obituarios más efusivos. Para una memoria histórica sin intención política y para una identidad patriótica sin aspavientos reaccionarios se precisa conocimiento, convicción y constancia. Se precisa al menos saber dónde diablos tenemos enterrados a los nuestros. O dónde siguen cumpliendo con el dictado de su honor.







Echo de menos en su relación de privados de la época al que para mí es el mejor, el marques de la Ensenada, al cual en su consabida caída, proporcionada con la anglosajona ayuda del señor Wall, se le encontraron bellos armarios de casacas y camisas de seda (¿gastos de representación?) , tipo Gran Gatsby. Lo de Macanaz es algo que provoca malestar: casi cuarenta años dirigiendo memorial tras memorial a la autoridad competente cuando hasta el lector más paciente se da cuenta de que no queda ni el vendedor de palomitas. C M Gaite debería estar lamiéndose las heridas DIEZ años desempolvando papeles.