
Parece que la condescendencia hispánica ha cambiado de bando y ahora son los periféricos los que se burlan de los centralistas. Yo aún tarareo inocentemente aquel estribillo gamberro que Séptimo Sello aportó a la Movida: «Todos los paletos fuera de Madrid». Pero este verano un bar gallego ha sido noticia no por cerrar en agosto sino por la aparatosa xenofobia del motivo: «Si cae una bomba en Mera se quedan sin tontos en la Meseta». Hay paisanos míos que se han ofendido, pero a un verdadero madrileño -es decir, alguien venido de provincias que desprecia el peso del terruño en la conformación de su identidad y en la elección de su proyecto de vida- una frase como esa lo moverá mucho antes a la carcajada que a la indignación. Sobre todo porque si semejante declaración de hostilidad surtiera efecto y los mesetarios dejaran de veranear en aquellas hermosas rías, la economía gallega se vería dramáticamente devuelta a la edad del zueco, el azadón y la gallina. Bien lo sabe el astuto alcalde de Vigo, que cada navidad prende luces más grandes para atraer más carteras del resto de España.







«quedan dos cosas por añadir: que en una fonda de Medina del Campo he cenado una sopa de pescado como hasta ahora no he podido tomar en toda Galicia […] Levemente espesa, suavemente picante, finamente azafranada: una delicia ¿Qué hacen en los restaurantes vigueses con todo lo que tienen a mano? Probablemente es Galicia el único país del mundo con tal riqueza piscícola y marisquera que no sabe hacer una sopa de pescado.» El decano de las letras y la gastronomía gallegas, Cunqueiro, en el Faro de Vigo el 6 de marzo de 1969. Seguramente opinaría de sus sucesores ‘nacionalistas’ lo mismo que opinó de los muermos hippies que le llevaron a conocer en la Ibiza de por entonces: siniestro total
«hay una diferencia esencial entre el clérigo gallego y el castellano, hay que decirlo. Entras en casa de un cura nuestro y a poco está el vino en la mesa, y el pan y unos tacos de jamón o chorizo, y los cafés y el coñac o el aguardiente se imponen. En Castilla, nanay» – Cunqueiro en 1964. Tengo que refunfuñar que ‘tacos’ de jamón o chorizo son barbaries que por aquí no se estilan. Recuerdo algo de Torrente Ballester ejerciendo de cicerone de Juan Rulfo y paseando junto al palacio de la Salina en la Salamanca donde residió sus últimos años donde se excusa se explaya se disculpa -lo que les apetezca- sobre las diferencias entre el carácter más o menos epicúreo de algunas razas.