Vestuario

Dicen que los ancianos se acaban comportando como niños y que la memoria de lo remoto, de lo originario, sobrevive a los peores estragos de la senilidad. Si esto es cierto, si la vida se dirige inexorablemente a su principio, entonces el fútbol será lo último que a muchos nos abandone. Saldrá a nuestro encuentro para devolvernos a la edad de la inocencia, cuando nos dormíamos soñando con la jugada que no nos salió. Luego crecimos, nos dio por hacernos escritores y ahora nos acostamos soñando con el libro que quisiéramos escribir sin dejar de fantasear con la jugada que aún puede salirnos. Porque el cuerpo cumple años, pero el patio del recreo sigue intacto en el corazón. A cada hombre sobre la tierra le es concedido un número limitado de partidos; año tras año la cifra se reduce dramáticamente, hasta que afrontamos cada pachanga con ademán heroico y la aprensión de las despedidas tácitas. Pero nos vestimos y jugamos, conscientes de que a cierta edad no se celebra el resultado sino salir del campo sin fractura, esguince o luxación; envidiados por los dioses inmortales, que saben que cada minuto nuestro sobre el campo puede ser el último; orgullosos de pertenecer a la estirpe híbrida de esos pocos felices que escriben y juegan y no sabrían decir si les importa más el fútbol o la literatura.

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11 junio, 2024 · 8:03

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