
Esta década de eclosión populista habrá servido para revelarnos un vínculo insospechado entre la heterodoxia capilar y la ideológica. No hay demagogo con ambiciones que entre todos los conflictos que propugna no empiece por declararle la guerra al peine, símbolo del establishment que todo populismo viene a derrotar. Es como si las ideas alborotadas que bullen por debajo del cuero cabelludo necesitaran manifestarse también por encima, como una floración mutante, nutrida con abono de Chernóbil. Existen mil maneras de capilarizar el apetito revolucionario o reaccionario del populista; del látigo occipital de Iglesias al flamígero tupé de Trump, y del caos oxigenado de Boris a la calavera tintada de Berlusconi. En todos el peinado delata más de lo que oculta: una personalidad hirsuta, narcisa, desquiciada o perezosa. Pero aquí y ahora nos interesan los perfiles pilosos de Javier Milei y Carles Puigdemont.







No sé que contarte, jóven. En mis tiempos el economista de referencia era Galbraith, con una cuidadosísima pseudomelena senil que no luchaba, reaseguraba su pertenencia a las élites (palabra presuntuosa, pero vamos a dejarlo) ajenas a lo ‘deplorable’. Creo que es una cuestión de ‘si lo tienes, lo luces’ ¿Por qué en la edad de oro de los premios nóbeles de literatura, la entreguerra, tienes a Pirandello luciendo cual Ming el inmisericorde y a Yeats con ese pimpante vellocino? Porque, me parece, es lo que hay.