
No es habitual que el gran creador coincida con el teórico sutil. Pocos escritores son minuciosamente conscientes de la fórmula literaria que ponen en práctica, de sus deudas y su novedad. Italo Calvino pudo hacerlo porque se apoya en el punto de equilibrio entre clasicismo y vanguardia. Su obra crítica versa a menudo sobre el primero, pero la originalidad de sus narraciones bien merece la etiqueta de experimental.
Calvino resolvía la aparente contradicción citando a Raymond Queneau: «El clásico que escribe una tragedia observando cierto número de reglas que él conoce es más libre que el poeta que escribe lo que le pasa por la cabeza y que es esclavo de otras reglas que ignora». Frente a los tópicos de un romanticismo trasnochado, nuestro ensayista sabía que el respeto a la estructura permite la libertad. Sus ficciones son artefactos perfectamente medidos, pero causan un efecto de improvisada ligereza que disfrazan de juego el significado.






