En el mejor discurso de la historia del cine, el coronel ciego de Esencia de mujer que encarna Al Pacino les explica a los niños pijos de un college de élite cómo reconocer la integridad cuando todos menos uno la han perdido. Es decir, cuando la desfachatez ha quedado elevada a norma solemne.
Alguien dijo que escribir en periódicos es llevar cada día flores a nuestra propia tumba. Como los hombres que fuimos, como las mujeres que amamos, los artículos de prensa están por naturaleza excluidos de toda participación en el mañana. Y ahora que nace noviembre parece más difícil creer en la inmortalidad de un oficio que tanto tiene de oficio de difuntos. Pero no porque las flores se marchiten dejamos de regalarlas, y no porque las frases caduquen al paso frenético de la actualidad renunciaremos a extraerlas del cerebro o a bombearlas desde el corazón en la esperanza de que el lector unte nuestra idea en la tostada y trasiegue una metáfora con el café.
Hay algo contradictorio en José Luis Escrivá, capaz de llamar en directo al programa de Latorre para reconvenir a un tertuliano pero incapaz de llamar a los presidentes autonómicos para discutir una solución compartida a la crisis migratoria. Don Escrivá gasta la misma jeta que Bruce Banner, el apocado físico de la Marvel que tras una sobreexposición accidental a rayos gamma muta en el increíble Hulk. De igual modo nuestro ministro de Seguridad Social y Migraciones se pasó la mayor parte de su vida siendo un retraído economista de Albacete al que ficharía el PPpara hacer papeles en defensa de la ortodoxia fiscal, pero un accidente parlamentario en mayo de 2018 lo dejó expuesto a la radiación sanchista y ahora siente por la sostenibilidad de las pensiones algo muy parecido a lo que siente por la cogobernanza migratoria.
Que al diario gubernamental le duela el silencio gubernamental es comprensible y nos mueve a la solidaridad. El doliente editorial del lunes hay que inscribirlo en el género de la égloga, que da cauce a un amor no correspondido por el desdén de la idealizada pastorcilla, pese a que el altivo Galateo que los mortifica pastorea el país con ademanes de lobo. Por qué nos castigas con el flagelo de tu mutismo, Pedro de pétreo corazón. Adónde marcharon tus felices filtraciones. Cuándo recibiremos el tenor literal de tu designio amnistiador para poder trasladarlo, debidamente embellecido, al pueblo sediento de concordia. Y bucólicos lamentos por el estilo.
Hubo un tiempo, desde los Reyes Católicos hasta el último de los Austrias, en que la hegemonía cultural del mundo se disputaba en las plazas barrocas de Roma. Esa competición política a través de la belleza la ganó España durante tres siglos, para frustración de Francia, la otra gran potencia católica. La huella española en la Ciudad Eterna es profunda y bien conocida: desde la majestuosa escalinata que conecta la iglesia de Trinitá dei Monti con la embajada ante la Santa Sede hasta la Academia Española en Roma, con sus codiciadas becas para artistas, de la que este año se cumple siglo y medio. Entre otras muchas improntas debidas a la Monarquía hispánica, que no en vano asumió el liderazgo imperial de la Contrarreforma, con Ignacio de Loyola a la cabeza.
Mirábamos llover el otro jueves como si lo fueran a prohibir, como si la fantasía más húmeda de los madrileños -vaya, vaya, aquí no hay playa- pudiera satisfacerse al fin. Ya imaginábamos naumaquias en El Retiro como aquel candidato visionario que no llegó a alcalde. No podíamos apartar la vista del hipnótico raudal que velaba el cielo tras los cristales hasta que comprendimos que no eran gotas, que caían metáforas de un mundo que se repite inexorablemente. Fue Machado quien descubrió que el valor poético de la lluvia no reside en la humedad sino en la monotonía, y por eso recibimos ese tópico dylaniano de que todo está cambiando como quien oye llover. Porque a veces basta una ojeada para comprender que llueve sobre mojado.
Una tarde de 1992 a Mario Calabresi, hijo de un comisario asesinado por las Brigadas Rojas -víctima de una infame campaña de señalamiento previo por parte de los medios llamados progresistas-, lo invitan a una fiesta universitaria. Decide ir, pero el clima de opinión allí no tarda en asquearle. De pronto capta una frase al vuelo. Es de una chica segura de sí:
-Qué asco, la viuda. La cubren de pasta y se hace la víctima. Deberían haberla disparado a ella también.
Nacido en 1942 en Tetuán cuando era la capital del protectorado español en Marruecos, empresario y autor de obras enciclopédicas de divulgación histórica, Jacobo Israel Garzón ha presidido la comunidad judía española y madrileña y afirma que se siente «tan español como judío». Atiende a EL MUNDO mientras sigue con preocupación -y un punto de esperanza- la escalada del conflicto en Oriente Próximo.
Usted tiene familia en Israel. ¿Están todos bien? ¿Cómo viven estos momentos?
Están sanos y salvos. Tengo allí una hija mayor, nietos y nietos al norte de Tel Aviv. Tengo dos bisnietos, un hermano y una hermana cuyo nieto está en el frente. Mi hija es profesora y ha pasado de dar clases presenciales a dar clases online. Es un mundo diferente, pero hay que tomarlo con buena cara. A mi hermano, que vive en Ascalón, muy cerca de la frontera, dice que ya se hace la vida de siempre al 80 o 90%, que es lo que hay que hacer. Los israelíes tienen muy buen temple. Los judíos tenemos una fuerza moral muy grande y sabremos salir de esto. Hemos salido del Holocausto.