
El principal destinatario de la firmeza expresada el 3 de octubre fue Carles Puigdemont, responsable mayor del golpe contra el orden constitucional de 2017. Hablamos del mismo Puigdemont en quien hoy cifran sus esperanzas de investidura y gobernabilidad todos los sanchistas de esta nación menguante aún llamada España. Y digo sanchistas porque hasta los beneméritos opinadores que señalan la insuficiencia del antisanchismo como estrategia de oposición deberán reconocer que tampoco hay más estrategia de gobierno que lo que vaya conviniendo a Pedro, a despecho de cualquier coherencia ideológica. Complacer a Sánchez es la única brújula política de nuestra izquierda, aunque sus personalísimas decisiones abunden en la polarización afectiva y en una obscena asimetría presupuestaria. No hay nada remotamente progresista en la macedonia destituyente que trata de ahormar nuestro pícaro en jefe. Desde la Revolución francesa la izquierda racional ha entendido que el Estado o es una instancia equitativa de redistribución de derechos o es una subasta de privilegios al mejor postor: un botín para reaccionarios. La única izquierda del mundo que aplaude a quienes planean el troceamiento de la soberanía nacional es la española, a causa de sus estúpidos traumas nacidos de la muerte en cama del dictador.







¿Ha visto ‘Oppenheimer’? ¿No se le ha quedado un leve o pronunciado mareo con la lista de personajes al final? Yo intenté sacudírmelo con la consulta de alguno de los nombres más curiosos. Lo que en mi caso -mea culpa- incluía la dinastía asturiana de los ‘Luis Alvarez’ (sin acento). Fantástico descubrimiento de a quien se le debe el tratamiento contra la lepra. Puede ir a la iglesia que han debido dejar encogida a los pies del Nuevo Bernabeu, dedicada al belga que anduvo explorando los casos de la enfermedad en sus islas del Pacífico y, pensando en su apologeta Stevenson, intentar una plegaria laica o mediopensionista por Alvarez.