Archivo mensual: abril 2014

Bale y la edad de la inocencia

La masa y el coloso.

La masa y el coloso.

Si una final de Copa en Mestalla detonó el principio del origen del declive culé, otra final de Copa en Mestalla había de servir para certificar la caída. Hoy hasta los periódicos más acérrimos y locales coinciden en decretar oficialmente el famoso “fin de ciclo”, sintagma-botín de la entrañable codicia periodística, como “crisis de gobierno” o “estallido social”. En ambas finales restallaron las piernas de látigo combado de Di María, mezcla inusual de fondista y velocista en el mismo cuerpo, y en ambas finales acabaron resolviendo las grandes estrellas del firmamento financiero y muscular: en 2011 Cristiano, ayer con gorra de caddy espiritual, y en 2014 Gareth Bale, ayer desagraviado ante el senado y el pueblo romano y reivindicado para los restos en virtud de una gesta homérica, un gol icónico destinado a colgar en papel satinado de la sala de santiaguinas del Bernabéu y de Valdebebas junto a otras tallas sacras y altorrelieves gloriosos.

La alegría de Florentino, aunque la contuviera en los márgenes reventones del protocolo, tenía ayer la cualidad dulcísima de la revancha interior. Daré audiencia a las doce: poneos en fila y secad los espumarajos de vuestras bocas maledicentes en el borde de armiño de mi manto, mis queridos caínes. El bonapartismo de Florentino tiene hoy todo el derecho a la autocoronación porque su trono es una condena que obliga a batallar cada día contra el borboteante patrimonio de rencor que mana de España y porque su campeón galés le ha venido a dar la razón en el campo de batalla contra el dicterio de algún olvidado rey gurú. No cabe mayor éxtasis para él.

También Ancelotti tenía anoche derecho a descorchar el mejor Vega Sicilia en el reservado más selecto de Madrid, usando apergaminadas portadas ofensivas como posavasos. Pero el italiano ha alcanzado la ataraxia del alto burgués a la que aspiran secretamente los dirigentes de Podemos, la suprema sabiduría del Lazio que concilió epicureísmo y estoicismo: terma, vino, doncellas, hijos legionarios y filosofía. Ancelotti no ajusta cuentas porque es demasiado afortunado para perder el tiempo en odiar. Y puede ser aún tan afortunado como para llevar al madridismo a Cibeles alguna vez más este año. Salve, Carlo, bendecido por la diosa, magnánimo en la lucha, conductor de escuadras.

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17 abril, 2014 · 17:30

Iniciación de un hombre. 1917

Dos Passos a un lado, Hemingway a otro, y milicianos en medio.

Dos Passos a un lado, Hemingway a otro, y milicianos en medio.

La ópera prima de John Dos Passos nació de sus observaciones directas en el frente francés durante la Gran Guerra, en la que se enroló románticamente este aprendiz de escritor antibelicista de 21 años más que nada “porque no quería perderme el espectáculo”. Desde el título apela Dos Passos al género del bildungsroman, el camino hacia la adultez recorrido aquí a través de las armas, veta abierta por su paisano Crane en La roja insignia del valor.

De todos los autores de la Generación Perdida, Dos Passos es quien acusa mayor compromiso político en su literatura. Evolucionó del socialismo utópico al anarquismo, abrió como Orwell los ojos al anticomunismo durante la guerra civil española y acabó apoyando la paranoia del senador McCarthy. Este primer libro suyo pertenece a la primera época, de una ingenuidad muy americana, pero también inocente y lírica.

De hecho, en su factura formal de estampas de combate -descripciones barrocas pero vívidas del hastío de la trinchera, del “coágulo de arcilla” que abrían los bombardeos, del hedor a pulpa cadáver- advertimos más paralelismos con el estilo poético del Kaputt de Malaparte que con el gusto por la acción de Hemingway o del soldado Jünger. En su fraseo complicado advertimos la prosa primeriza, el tanteo estilístico de un aprendiz muy dotado pero aún tentado por la ampulosidad, que es el vicio original de todo escritor bisoño. Hay diálogos formidables, con un calado filosófico poco esperable del registro cuartelero. El joven Dos Passos no poseía el sentido del realismo sintético de Hemingway, su ojo para el instante revelador, y procede más bien por acumulación de escenas; así, su primera novela avanza gracias a un pulso casi periodístico antes que a una verdadera trama narrativa.

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17 abril, 2014 · 13:52

Ovejas eléctricas en el Congreso

Distopía parlamentaria.

Distopía parlamentaria.

Blade Runner ha quedado como la distopía más verosímil para un Occidente hiperdesarrollado, con su atmósfera de hollín, sus replicantes líricos, su humedad ácida, sus ovejas eléctricas soñadas por androides sin escaño. Pero uno se inclinaba a pensar en los gordos satisfechos y motorizados de Wall-e como el futuro más esperable, futuro que se producirá tras la derrota final de los gimnasios y la victoria silenciosa de los triglicéridos y la tecnología. Hasta hoy. Porque hoy, un día después del multitudinario debate sobre el Tabarrón Catalán, el hemiciclo comparecía comido de calvas, sin fotógrafos, sin reporteros, sin apenas diputados; y este cronista, únicamente acompañado en la tribuna de prensa por una ujier rubicunda, experimentó una visión de la distopía más plausible en democracia: un pequeño hemiciclo urbano con portavoces hablando de Europa en idioma de signos y una multitud popular, pastoreada por personal shoppers, derramándose sobre plazas y comercios y locales de apuestas deportivas, felizmente ajena al destino de sus impuestos.

Del escalofriante ensueño vino a socorrerme la voz familiar de Mariano Rajoy. En estos plenos rutinarios que siguen a un gran evento político, sobre todo en los infumables partes del Consejo Europeo, sabedor de que nadie le presta demasiada atención el presidente gallego suele pinchar en el tocadiscos de la tribuna de oradores la cara B de su retórica personal: sus psicofonías más campechanas, tautológicas y geniales: “Si usted, señor Cayo Lara, estuviera en mi lugar, se mostraría razonablemente satisfecho. Y si yo estuviera en el suyo, me mostraría razonablemente insatisfecho”. O bien: “Usted habla mucho de Asturias, y es muy natural, puesto que es asturiano y es diputado por esa circunscripción”. Y también: “No diga lo que yo no he dicho, porque yo digo exactamente lo que he dicho”. Y en este plan. Yo miraba a los lados para compartir mi admiración con algún compañero, pero la ujier rubicunda se estudiaba las uñas.

La noticia era Cañete –nunca una novedad fue tan rebajada por el rumor antes de su oficialización–, quien aparecía en su escaño volcado sobre un tomazo de folios, supongo que los papeles para el exilio. Dulce exilio, en su caso. La primera pregunta de la sesión de control la hizo Rosa Díez sobre sus bailarinas azul eléctrico a juego con el vestido (¡y su prosodia!): versó sobre pobreza infantil y aparejaba una queja por el trato que don Mariano había dispensado a la líder de UPyD en el Debate del Estado de la Nación. Rajoy obvió lo segundo y respondió a lo primero con una cascada de millones de euros para partidas sociales que combatan “la cara amarga de la crisis”. La cara amarga de la crisis es el nuevo marco incomparable, que a su vez sustituyó al crisol de culturas edificado sobre la fiesta de la democracia. A este abuso del tópico adscribimos la cara A de la oratoria presidencial: la menos interesante y divertida.

Don Cayo y don Mariano oficiaron una dialéctica trinitaria a cuenta de la desigualdad social y la reforma tributaria. Rajoy aseguraba que esta próxima reforma persigue tres cosas: empleo, lucha contra el fraude y equidad recaudatoria. Pero el portavoz de IU contratacaba con la trinidad reivindicativa de las llamadas Marchas por la Dignidad: pan, techo y trabajo. Va uno aprendiendo que esto de la economía guarda una relación cada vez más estrecha con la teología, no solo porque se ocupa de entidades trimembres (tierra-capital-trabajo, producción-mercado-consumo, Padre-Hijo-Espíritu Santo y así) sino porque además exige notables cantidades de fe para su desarrollo. Al final a Lara se le escapó una sentencia maravillosa que nos lo acerca a Peppone, el alcalde comunista que anda siempre cordialmente peleado con Don Camilo en las novelas de Guareschi: “Usted y yo, señor Rajoy, coincidimos en la filosofía, pero no en la práctica”.

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9 abril, 2014 · 20:58

¡Extra, extra: el Madrid en semifinales!

El rostro pasional del madridismo.

El rostro pasional del madridismo.

No se gana una Champions con placidez. No hay campeón que no haya sufrido pájaras a lo largo de la competición de clubes más exigente del mundo. Así que ese apartado, el del sufrimiento, hasta la fecha inexplorado en la presente edición, ya lo ha cubierto el Real Madrid de sobra con el partido infernal en Dortmund frente a los muy meritorios chicos de Klopp. Se les felicita a ellos por su honrosa derrota, se aprenden las lecciones y se mira hacia delante. Porque en realidad esa es la noticia: que el Madrid continúa hacia delante, con sus opciones intactas en las tres competiciones.

No vamos a decir que el Madrid hizo un buen partido. En la primera parte el equipo testó la fortaleza cardiaca de su afición, que no está habituada a estos padecimientos. Se venía de una ejecutoria impoluta en Europa y se corría el peligro de pensar que la Décima te la dan al final de una carrera de trote continuo como el refresco y la camiseta en los maratones benéficos. Pero en la segunda parte llegó desde el banquillo una reacción sin la cual la catástrofe quizá habría sido inevitable. Ancelotti reaccionó rápido y acertó al cambiar de banda a Bale; al sentar a Illarra; al sacar a Isco, que aportó parte de la pausa perdida; y al dar entrada a Casemiro, que exhibió el músculo ausente en el medio. Volvimos vivos de Alemania, donde tantas veces caímos, y en realidad eso es lo único importante.

Del partido quizá lo que más me gustó fue ver a Cristiano desgañitándose en la banda, sufriendo indeciblemente, reflejando con fidelidad en su cara crispada el sentimiento de angustia y de empuje de toda la afición como solo un líder natural puede hacerlo. No hace falta leer a Paulo Coelho para saber que el compromiso se prueba en la adversidad, y Cristiano en Dortmund encarnó casi una figura de la Pasión de Semana Santa.

Se han conquistado las cuartas semifinales consecutivas de Copa de Europa. Hay gente a la que esto le entristece y que disfruta chapoteando en el fango del cuanto peor le vaya al Madrid, mejor. Son almas descarriadas a las que hay que compadecer y, llegado el caso, ayudar a cruzar la calle que une el Paseo del Prado y la Cibeles.

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Una patria de azúcar

La terna de Mas para enseñar democracia en Madrit.

La terna de Mas para enseñar democracia en Madrit.

Pocas veces habrá levantado tanta expectación una comedia con final anunciado. Por eso me había prometido levantarme de la tribuna de prensa a las 17.14 exactamente, en correspondencia poética a la pretensión independentista. Y fue en ese preciso momento cuando Mariano Rajoy, que se encontraba a mitad de su discurso de réplica a los tres comisionados del Parlament, advirtió:

–Y aquí, señorías, podría acabar mi intervención. Pero como les he dicho al principio, quiero ir más allá…

Habría sido ese un gran final, ceñido a la simbología cronológica que propone el nacionalismo, dejar que el discurso muriera tras cumplir su propósito vehicular: repetir que la purita ley impide, aquí y en la China popular, que la parte decida por el todo. Pero ya que había accedido a hablar, con lo que le cuesta eso, el presidente Rajoy quiso añadir consideraciones históricas, económicas, sociales e incluso afectivas sobre su imposibilidad de concebir España sin Cataluña y Cataluña sin España… y sin Europa.

En el hemiciclo no cabía un alma. A mi lado en la tribuna de prensa comparecía una delegación de diputados venidos de Cataluña sin necesidad de escolta para apoyar a su equipo pese a que el partido ya se había jugado: en concreto en 1978. Cuando el 90,4% de los catalanes votó a favor de la Constitución en su más genuino ejercicio de autodeterminación, según hizo notar Rajoy. Tomó primero la palabra Jordi Turull (¿Tururull?), que fue el más moderado de la terna dentro del disparate general que se oficiaba esta tarde en la sede de la soberanía española. Turull quiso cargarse de legitimidad apelando a los 103 de 135 escaños que obtuvo el proyecto suicida en noviembre de 2012, y evocando después el viscoso concepto de democracia popular: las masas diadas y su festivo juego floral. Cataluña, dijo, es un pueblo que siempre ha querido gobernarse a sí mismo, que siempre se ha sentido una nación, una de las más antiguas del mundo según Pablo Casals –y Pep Guardiola–, que nunca se ha resignado y que ahora contempla cómo una sensación de fatiga mutua se ha instalado definitivamente en Barcelona y en Madrid. Esto último, la fatiga que nos provoca a todos el Tabarrón Catalán, fue la primera verdad de su intervención, quizá la única. Luego Turull destapó el tarro de la esencia argumental que traía la terna o troika secesionista a la Carrera de San Jerónimo: el almíbar. La identidad como encarnizamiento sentimental. La vuelta rousseauniana a la aldea. El complejo de concejal perpetuo.

–Queremos mejorar porque amamos a este pueblo, y lo amamos porque es el nuestro. No desistiremos. El pueblo de Cataluña no se ha metido en un callejón sin salida sino en un camino sin retorno. La historia nos ha convocado a todos. ¡Desde el Parlament seremos dignos del mandato de nuestro pueblo!

Y gran aplauso a mi derecha de la delegación de les Corts. Jesús Posada reconvino su efusividad y les avisó de que en la tribuna de invitados no está permitido ni mostrar las tetas ni ofrendar otros testimonios de aprobación o descontento. Me fijé en una diputada con amago de llanto en el lacrimal que se frotó los ojos, emocionada. He ahí el hueso pálido, la víscera más bien, de todo este pifostio insensato, fenomenal farsa, anacronismo mareante. La misma lógica del cortatroncos que le oí al speaker de un campeonato de aizkolaris celebrado en el Arenal de Bilbao durante un Aste Nagusia:

–¡Tenemos que defender estos deportes! ¿Por qué? ¡Porque son nuestros!

Pero oiga, en Europa nadie compite cortando troncos ya. ¡Da igual, es nuestro! Y en este plan. Españoleo eterno con más franjas rojigualdas, nada más. Romanticismo tardío, pulsión decimonónica que no cesa, vigencia antiilustrada de las doctrinas del señor Herder que llevaron a Europa al desastre. Y junto al sentimentalismo grosero, sus primos hermanos: el moralismo, el paternalismo, la fabulación retrospectiva, el mesianismo comprado en los chinos que te vende a Gandhi y te da a Quico Homs, acodado sobre el reloj parlamentario. Nosotros, diputados del Parlament, peregrinamos limpiamente a la Meseta esteparia para ilustraros, para desasnaros un poco y podaros la lana facha de la dehesa, para iniciaros en esto de la democracia, que parece mentira, Señor, dame paciencia, seny mediterráneo. Y no es que las actuales bancadas de PP y PSOE reúnan muchas más lecturas que los rupturistas, pero al menos poseen mayor sentido del ridículo, ese que Pla siempre ponderó en la raza catalana y que parece haber naufragado entre pícaros y milhombres. Hoy, los sedicentes representantes de la vieja y admirable Cataluña han degenerado en pueriles Hansel y Gretel que aspiran a vivir en su patria de caramelo, que la cimientan sobre bases cariadas y que la defienden con fundamentos dialécticos nubosos y suaves como algodón rosa de verbena.

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9 abril, 2014 · 10:00

Elogio y refutación de la naturalidad

No lo celebró por modestia.

No lo celebró por modestia.

Los menonitas constituyen una rama pacifista y trinitaria de la herejía anabaptista que se estableció en Pensilvania en 1683 huyendo de la persecución religiosa en Europa, donde no se consentía su reformismo radical. De una rama suiza de los menonitas surgieron los amish, que ustedes conocerán por su terca oposición a vestir de chándal, comer en el Cien Montaditos y encarnizarse en luchas melancólicas contra operadoras sudamericanas de telefonía móvil. Tampoco hubo forma de que se avinieran a pelea alguna, de la Gran Guerra a Vietnam, razón por la cual Stalin, más conocido como Koba o Estanli, disfrutaba deportándolos a Siberia.

Bajo la actual ola de verdor entre Disney y New Age que sacude al primer mundo, los menonitas comienzan a ser vistos con manifiesta admiración por su forma de vida extremosamente natural. No es que no consuman huevos ecológicos: es que duermen con la gallina en el cuarto, cuyas paredes de madera han levantado con sus manos desnudas, y cuyo sudor se han secado en las enaguas. Y en todo caso, ¿no pertenecen las enaguas, los establos, el pastel de carne a la historia tecnológica del hombre tan propiamente como el iPhone o la crema contra el herpes? La cuestión es dónde fijas el punto de estancamiento, pero el siglo XVII resulta tan poco natural respecto del primer sapiens sapiens como el XXI.

Sin embargo, yo os pregunto: ¿de dónde procede el prestigio de lo natural? Y sobre todo: ¿está justificado? Recuerdo que un verano, encontrándome por trabajo en la playa nudista de Sopelana, escribí contra el nudismo una columna de contraportada que provocó enconadísimas –silvestres, ciertamente– reacciones en mi blog. Todas las críticas participaban del mismo argumento pueril: ir en pelotas es lo más natural del mundo. Mi opinión, revolucionaria si queréis, carecía de cualquier escrúpulo moralista y se limitaba a alzar los ojos fuera de Sopelana y a señalar que lo natural parece más bien vestirse, al menos desde el episodio de la serpiente y la manzana del Génesis, y desde luego por el bien de la Mercedes Fashion Week, Amancio Ortega y toda una pujante industria del trapo.

¿Es natural que un equipo como el Bilbao se componga exclusivamente de jugadores vascos? No importa si son ocho apellidos o dieciséis: si sigues remontándote en la genealogía acabarás topando con un López. ¿Es bueno pretender lo natural? No está nada claro. En los nidos de búho en que cohabitan dos crías suele ocurrir que la más fuerte acapare todo el alimento aun cuando sepa que así condena a su hermano débil a morir de hambre, todo bajo la mirada neutral de los padres; lo peor es que en esos casos la cría más fuerte suele morir literalmente atragantada, ahogada por el bolo alimenticio que no pudo ingerir con tal de no verlo en el pico lánguido de su hermano hambriento. Las arañas de cierta especie segregan al nacer una droga que atonta a la madre, la cual de otro modo no podría soportar la tentación de devorar a sus propias recién nacidas. La naturaleza, lo natural puro (el liberalismo sin regulación, diríamos con los tertulianos de progreso), está inconcebiblemente lleno de estos ejemplos atroces que nos hacen desear la técnica, la urbe, el artificio con la rotundidad de Baudelaire en su Elogio del maquillaje (1863): “Todo lo bello y noble es el resultado de la razón y el cálculo. Lo que da la naturaleza es horrible”.

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7 abril, 2014 · 12:31

Arte y sacrificio en Isco

Arte y esfuerzo: temible combo.

Arte y esfuerzo: temible combo.

No falla, amigos: cuando las crónicas se centran en el demérito del rival es que el Madrid ha hecho un partidazo. Leemos mucho sobre el desmoronamiento del Borussia y menos de lo necesario sobre los once hombres concentrados en desmoronarlo con presión alta, ayudas defensivas, ambición de gol y claridad de ideas. El Madrid se enseñoreó de la eliminatoria en los primeros veinte minutos y ya nunca la soltó. Es cierto que hay que ir a Alemania, pero un 3-0 en una ida de cuartos de final es renta como para que el madridista llegue absolutamente orgulloso a la oficina.

De entre todos los artífices de la rotunda victoria hay consenso general en torno a la excelencia de Pepe en defensa y de Isco en ataque. Pepe sigue marcando el alto grado de tensión competitiva que necesita el equipo en el punto álgido de la temporada. Lo de Isco, en cambio, es una magnífica novedad del presente curso. Era su día y respondió con arte y sacrificio, vengándose personalmente del equipo que eliminó a su Málaga el año pasado y vengando sobre todo al Madrid de los mismos malhechores. Hizo las dos cosas que ejecuta mejor: deshacer cinturas con el balón cosido y labrarse el hueco preciso para disparar a puerta con la peor de las intenciones. Su gol le dio al Madrid la confianza que necesita para construir el juego sin impaciencias sobre la creciente desmoralización del adversario.

Pero cuando el Borussia quiso rebelarse contra su destino, Isco, que para eso suplía a Di María, también ayudó a la línea de medios tapando la banda izquierda, corrió hacia atrás y se ajustó sin melindres el mono azul de operario pese a que se sabe miembro por derecho de la sociedad general de artistas. A estas alturas de competición no se puede seguir vivo sin mancharse de barro las medias y el malagueño lo entendió perfectamente. Ancelotti cuenta con un Isco fresco y peligroso para las batallas decisivas del calendario.

(La Lupa, Real Madrid TV, 3 de abril de 2014)

La locución aquí, a partir del 67:55.

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Venganza bajo la lluvia

Chupar también es un arte.

Chupar también es un arte.

Tenía que quedarse ahí el marcador, en el exacto 3-0 que colocó con clase Ronaldo tras asistencia traviesa de Modric. Porque ese era el resultado que el Madrid necesitó el año pasado en el Bernabéu y no consiguió, y el que debía ofrendar a la memoria blanca para consumar su venganza con aguacero, canon climático de la venganza desde William Munny. El Real en semis salvo avance de Putin o cosa similar. Hay vuelta en el temible Westfalenstadion, Florida Park o como se llame ahora, pero este Borussia ya no mete el mismo miedo.

Y eso es exactamente lo que repetirán viudas de toda índole y robinsones de toda isla para desmerecer la contundente imagen ofrecida por un Madrid con la enfermería a rebosar de cojos, tullidos y un argentino con dolor de panza. La enfermería del Madrid es hoy por hoy un cuadro de Ribera y yo creo que va siendo hora de inventar otra enfermedad-pantalla que la socorrida y gastada gastroenteritis. Lo importante es que el Madrid sacó la actitud, subió la temperatura competitiva al alto grado que marcan las ingles de Pepe y mandó en el partido de principio a fin.

Isco debía dar el paso y lo dio. De hecho dio demasiados por momentos, la bola sorbida codiciosamente como queriendo resarcirse de muchas suplencias en una sola conducción, pero todos sabemos que el panteón de la fama está lleno de chupones. Lanzó ataques constantes, enlazó con Luka por detrás y por delante con una BBC que planeaba permutándose las posiciones y se fabricó el hueco preciso para trazar un disparo inteligente desde la frontal hasta el palo más lejano a Weidenfeller. Fue el segundo del Madrid: el primero lo había marcado Bale en el minuto tres a pase de un meritorio Carvajal, que jugó el mismo buen partido que la entera línea de zaga, con mención especial a Coentrao aparte de Pepe. ¿Deberemos agradecer también la rotura de los isquiotibiales de Marcelo? Eso es pasarse, pero desde luego con el lateral luso no hay lugar a las puertas herméticamente abiertas que a veces deja la alegría brasileña.

Lo que no vale es decir cuando la paliza al Rayo que esos huevos hay que tenerlos contra el Borussia y ahora destapar que los chicos de Klopp son una recua de mataos y que aquellos que no se ha llevado Pep ahora fuman en los baños. No, no. El Madrid anuló cualquier peligro alemán –ahí es nada, anular el peligro alemán– hasta muy avanzado el partido, y los dos disparos que no paró Pepe con alguna extremidad legítima los paró Casillas para riego de su propia maceta, llena de flores europeas.

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3 abril, 2014 · 1:31