Archivo diario: 13 febrero, 2014

Benzema, el genio mudo

El balón se dirige al pie de Benzema como el culo al sofá.

El balón se dirige al pie de Benzema como el culo al sofá.

Se podría escribir de la muñeca de Sergio Llull o de la puntera de Jesé. Se podría subrayar lo mucho que nos gusta ganarle un título al Barça gracias a una canasta en el último segundo después de un partido heroico. Se podría argumentar con moviolas el parecido razonable que guardan los últimos goles de Jesé Rodríguez con los dibujos animados que programaba en el campo aquel Romario. Podríamos aplaudir la apoteosis indiscutible de Luka Modric, que celebramos con especial orgullo aquellos que creímos en él desde su debut. Y podríamos también reírnos de los críticos apresurados de Gareth Bale, a los que el galés ridiculiza cada vez que sale a jugar.

Pero hoy no vamos a hablar de nada de eso porque queremos posar nuestra lupa sobre Benzema, sobre el talentoso e inefable Karim, un genio mudo siempre necesitado de reivindicación, aunque marque dos goles y supere el 90% de acierto en pases, porque siempre hay ignorantes dispuestos a regatearle el aplauso. Ya saben ustedes la fábula moral de la sardina y la gallina: en lo que tarda la gallina en poner un huevo y romper a cacarear, la sardina ha puesto miles y nadie se da cuenta. Benzema pone miles de huevos en cada partido pero posee un carácter huidizo y apocado que le hace evitar los gestos tribuneros, esos que tantas veces le sirven al jugador vivo para hacerse perdonar su mediocridad. El buen Karim es un jugador antidemagógico, que juega bien muchas más veces de lo que parece y que rehúye los focos como si dañaran la extrema sensibilidad de sus pupilas. La consecuencia perversa de todo esto, en un país acostumbrado a premiar la sobreactuación (incluso con Goyas), es que un jugador con la monumental clase de Karim Benzema rara vez cosecha las alabanzas debidas a su exquisitez.

Contra el Villarreal hizo un partidazo, tan bueno si no mejor que el de Jesé o el de Bale. Se desmarcó entre líneas, bajó balones con la espalda vigilada, dejó controles lujuriosos que remiten de inmediato a Zidane, construyó paredes como un arquitecto neoclásico y remató a la red dos balones nada fáciles, el segundo de ellos en escorzo delicado, como si estuviera posando para Rafael. Pero la elegancia de Benzema no es un adorno, no es un añadido postizo, sino la manifestación natural de su clase. Dicen que en moda menos es más, y que la sobriedad es embajadora del buen gusto. En eso Benzema es un digno hijo de su patria, la cuna del lujo pero también de la revolución. La forma que tiene de moverse, de ejecutar los controles orientados en un solo gesto, de asociarse arriba a un solo toque, de disparar sin control previo… son señales todas de arte verdadero en el que forma y fondo resultan indiscernibles.

El Madrid tiene en Benzema a un delantero con vocación de media punta que vuelve innecesario el nueve puro, porque el vértigo de Cristiano, Bale, Jesé o Di María pide precisamente el contrapunto de la pausa y el sentido del francés. Pero además es que Benzema ya ha alcanzado el récord goleador en el Madrid de Ronaldo Nazario. Así que cuando oigan ustedes a alguien pidiendo nueves para el Madrid, préstenle la misma atención que a una gallina clueca.

(La Lupa, Real Madrid TV, 13 de febrero de 2014)

La locución aquí, a partir del 74:30.

Deja un comentario

Archivado bajo Real Madrid TV

Liberen a Tarantino de las garras de Hannah Arendt

Portada del libro, ya en su librería de confianza.

Portada del libro, ya en su librería de confianza.

[La editorial Renacimiento acaba de publicar Lo mejor de Ambos Mundos, una primorosa antología de artículos aparecidos en la homónima revista digital de la Fundación UNIR, que conoció luego una nueva encarnación bajo el nombre de Suma Cultural. Entre enero de 2012 y enero de 2013, bajo la sabia batuta de Ignacio Peyró –conoceré a editores tan cultos como él, pero no más–, Ambos Mundos reunió a un elenco transversal de firmas españolas y extranjeras, consagradas y noveles, convocadas por los únicos dictados de una cierta ambición intelectual, alguna elegancia de estilo y el respeto a la tradición cultural de Occidente. Procedían de la universidad, la industria cultural o el periodismo (desde el ABC y La Vanguardia a La Gaceta, pasando por Avui o Diario de Mallorca). Peyró no exigía nombradía, edad ni carné ideológico: solo cultura e inteligencia, humanismo y buena prosa. Cine, literatura, música, hispanismo, americanidad, europeísmo, lírica, biografía, artes plásticas, filología, periodismo eran solo algunas de las disciplinas ensayadas a cargo de plumas como las de Andrés Trapiello, José Carlos Llop, Juan Bonilla, Luis Alberto de Cuenca, Valentí Puig o Enrique García-Máiquez. Lo mejor de aquella etapa –en marcha a través de la web enlazada– lo agavilla este libro antológico en el que, por ser firma habitual de la publicación, me ha cabido el honor de participar con el articulito que reproduzco a continuación, publicado en enero de 2013]

Hace pocos días un periodista cabreó a Quentin Tarantino al insistirle durante una entrevista en la banalización del mal que su cine propone. El entrevistador acabaría de terminar un ensayo de Hannah Arendt, o al menos la parte de la solapa que resume su conocida tesis sobre el terror industrializado, hecho rutina, del III Reich.

A Tarantino, de estreno con una película en teoría sobre la esclavitud que abusa del término “negro” –acíbar al sensible paladar de la corrección política–, se le han echado encima muchas veces a cuenta de la riesgosa desvinculación ética que comporta la estilización de la violencia, tan obsesivamente presente en su cine. En esta ocasión lo está haciendo el colectivo afroamericano –nunca pensé que condescendería a escribir este sintagma–, pero tanto da quién porte el inmaculado estandarte en función de qué susceptibilidad afrentada. Lo importante es que los apóstoles de la corrección matan moscas a cañonazos cuando desatan su reprobación contra el brillante cineasta de Knoxville.

El cine de Tarantino es irreprobable porque no presenta ideas que reprobar. De hecho, apenas presenta sentimientos, entendidos éstos como una categorización superior a la emoción animal. La paradoja de Tarantino, de quien se ha escrito quizá ya demasiado, es que su fundamentalismo formal indigna a la crítica posmoderna… cuando no hay nada más posmoderno que el culto a la estética despojado de toda trascendencia (en eso el posmodernismo no es sino otra vuelta de tuerca al modernismo). La violencia de Tarantino no puede escandalizar a nadie: el escándalo es algo serio, es una violación honda de la moral. La violencia de Tarantino atañe a la epidermis sensitiva, así que su capacidad provocadora únicamente alcanza a cosquillear la piel del espectador, dando por sentado que este haya visto alguna vez mear a una señora o el ovillo enrojecido de un gato enfriándose en un arcén. Son emociones muy básicas, pero ellas son las células del tejido del entretenimiento. Y como no otra cosa que entretener se propone su creador, hay que convenir en que Tarantino es un artista honesto. Deshonestidad en arte sólo equivale a fraude, y él allega lo que promete, ni más ni menos.

Ahora bien. La fórmula tarantinesca ofrece un reto a la crítica tradicional que ha venido asociando el estilo al carácter, la estética a la ética, de un modo indisoluble. ¿Puede una cadena humanamente articulada de fotones estar desprovista absolutamente de mensaje, de conato de moraleja? Claro que no. Hay un mensaje en la plasticidad gratuita de Tarantino, en su cine verborreico y estructuralista. Es un mensaje tan antiguo como el oficio del rapsoda griego; tan decorativo como el relato inacabable de Sherezade, cuya vida depende de entretener a su oyente. Así la vocación modesta pero noble del travieso Quentin. Nadie llorará con el desenlace climático de una trama tarantinesca, ni se identificará dramáticamente con sus personajes de papel de pulpa. Ni falta que hace. Hay tiempos en los que la misión más alta de un creador se reduce a despertar y sostener el hastiado interés de la gente por el desprestigiado –a fuerza de sobrecargarlo de prestigio– arte de la ficción.

Deja un comentario

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir