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El aznarismo no muere, solamente se transforma

Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos.

Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos.

Era tan difícil competir en regeneración moral con la foto entre Pep Guardiola y el papa Francisco que el Congreso, esta mañana, acabó directamente votando a favor de ir a la guerra.

De acuerdo: es una guerra bendita por todos los organismos internacionales, con sus cartas de la ONU en regla y su villano probado en forma de Estado Islámico, cuyas cabezas cortadas son bastante más visibles que las armas de destrucción masiva. Pero al observador formado en la bullanga antibelicista de 2003 no deja de resultarle curioso que el envío de 300 soldados españoles a Irak –en principio la moción lo tenía todo para perder pelos en la gatera indignada del trending topic: soldados, españoles, Irak– genere tamaña indiferencia en sus señorías, en los propios reporteros y en la opinión pública hecha carne en las tertulias, donde a cambio la pitanza la ponían nombres de lo más doméstico como Acebes, Rato, Montoro, Wert o Duran. Cada uno por lo suyo.

Me fumé el pleno de presupuestos en la firme convicción de que el alivio así causado a mis hipotéticos lectores primaba sobre su derecho a la información. Pero cuando llegué al hemiciclo para el debate guerrero, el saurio Montoro seguía allí. O quizá era su doble, una suerte de dron parlamentario que don Cristóbal envió al cumplirse las 24 horas desde que empezara a desgranar optimismo económico. Para entonces las entendederas del hemiciclo estaban tan estragadas que Montoro se permitió un experimento del que nadie tomó nota, excepto este cronista servidor de ustedes: en medio de un murmullo de intensidad constante que equiparaba la Cámara Baja a la sobremesa de cualquier mesón en sábado, el ministro más odiado se permitió un colofón que a primera hora del martes habría desatado una lluvia de zapatos:

–La desigualdad es intolerable. Me preocupan especialmente nuestros jóvenes, que merecen un horizonte de esperanza con independencia de su origen social, del mismo modo que nuestros mayores tienen garantizadas las pensiones…

¿Qué dicen ustedes que ocurrió entonces? ¿Cómo creen que la oposición recibió semejantes provocaciones? Con la nada, señores. Con la indiferencia más oceánica. Para entonces la única manera que habría tenido Montoro de recuperar la atención de nuestros representantes y de la prensa habría sido pormenorizar los conceptos tailandeses en que Arturo o Iranzo o cualquier otro de los men in black desglosó su noche más loca.

Toda la atención que no se dispensaba al hemiciclo la atraía en los pasillos la expectativa de un canutazo inverosímil de Rajoy, para ver si se avenía a nombrar “la persona por la que usted pregunta”, o de Soraya, que había dedicado diez conspirativos minutos a reunirse con Duran Lleida, felón de la voluntad del poble y aliado en ciernes de la estrategia gubernamental para dividir el voto nacionalista. Pero don Mariano y la vice pasaron delante de nosotros, de nuestras libretas y de nuestros micros como el agua transcurre sobre la piedra.

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Elegía mortal y rosa por el diario La Gaceta

El periódico La Gaceta no llegará mañana a los quioscos. Hace ya tiempo que llegaba a ellos anémica de páginas y de razones, y solo a los de Madrid, aunque eso no se decía para que la gente siguiera pensando que era un diario de tirada nacional. La Gaceta no expira sino que a su cadáver le retiran piadosamente el respirador artificial, tan artificial como los delirios de grandeza de la dirección del grupo Intereconomía que la había comprado en septiembre de 2009 con la tartarinesca idea de construir una PRISA –qué risa– de derechas contra Zapatero. Y sí, claro, por qué no, vamos a ello y a lo que haga falta mientras la nómina entre con religiosa puntualidad. Si limpia, fija y da esplendor es el lema de la Academia, dame pan y llámame tonto es el del periodismo real.

En realidad, La Gaceta fue primero La Gaceta de los Negocios, periódico económico fundado en 1989 que llegó a pelear con Expansión y Cinco Días por el liderazgo en el sector salmón. Yo me incorporé a ella en febrero de 2008, siendo su director José María García Hoz, que leyó un par de artículos míos en un diario local donde curraba y me hizo un contrato como no me lo hará nadie, supongo, ya. Un año y poco después le estaba haciendo una huelga porque aquella Gaceta también iba a pique y necesitó de un ERE en el que salían amigos. Descubría uno el sindicalismo solidario, no ideológico, aunque supongo que el segundo no es más que la continuación cancerosa del primero en el mismo tejido de la complicidad laboral, páginas, langostinos y petacas escondidas tras el monitor en aquella primera Gaceta mía de iniciación y locura.

De algún modo Intereconomía nos salvó y nos trajo a Castellana desde el polígono de Alcobendas en donde penábamos, y aquello estaba lleno de tías buenas y de ideología, no necesariamente solapadas, y disfrutamos de todo ello con sacerdotal aplicación. Zapatero, con su delirante día a día, regaba de espuma pavloviana los titulares tonantes de Dávila (las querellas de mañana). Al compartir la redacción con las chicas de la tele –creo que había varones también, ahora no estoy seguro–, cada jornada equivalía a preparar un examen puritano de Historia Americana y a arreglarse luego para el baile de graduación.

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26 diciembre, 2013 · 15:37

El cañón contra el mosquito

La oposición insiste en que España es el coche de Rajoy que avanza hacia el precipicio en Rebelde sin causa. Rajoy conduce su coche con don Tancredo de copiloto y parece inmune a todo vértigo. Con él pretende emparejarse Artur Mas, la persona, que lleva de copiloto a Artur Mas, el político, y entre ambos se entabla un diálogo artúrico ininteligible, de hecho equivalente a la dicción de Luis Moya. Desde fuera, apostada en el borde mismo del barranco se halla Rosa Díez con la bandera de cuadros: su función consiste en levantar acta del momento justo en que descarrilará el Estado. Así por ejemplo a cuenta de la elección compadreada de vocales del CGPJ, que Díez explica con la teoría del pacto entre bomberos que no se pisan la manguera ante el incendio bipartidista de la corrupción:

–UPyD va a dar esta batalla hasta el final. Esto se ha hecho con obscenidad y alevosía.

Todos sospechamos que la vocación de partido antipartidos de UPyD durará lo que tarde en pisar moqueta, pero entretanto la voz cafeínica de la lideresa magenta zumbará en los oídos de Rajoy, a quien solo Rosa Díez logra enrabietar como ya le gustaría a Artur Mas.

–Deje de agredir a esta Cámara, que con el 93% de los votos sancionó el procedimiento vigente. Sea usted un poco más modesta.

Contestada Díez, el ademán impasible regresa al rostro de don Mariano y no se le crispa lo más mínimo cuando el tribuno Cayo le pide que tenga por Navidad un detalle con los españoles y dimita. Se relaja tanto el gallego cuando le mientan la dimisión que incurrió en un paralelismo sintáctico con aquella solemnidad funesta de Zapatero:

–España no es como usted la pinta, señor Lara. Hoy estamos mejor que el año pasado pero peor que el año que viene.

Cuidado con según qué vaticinios, presidente, que la última vez que un inquilino de la Moncloa construyó esa frase estalló la T-4. Lo cierto es que detecto en Rajoy un conato reprimido de triunfalismo económico que puede cursar con imprudencias y abusos retóricos muy alejados de su imbatible estilo tancredista, como cuando le ha reprochado al dirigente de IU que se encontrara en Cuba mientras él celebraba la Constitución. Cuando se cañonea al mosquito el público se pone siempre de parte del mosquito, fenómeno que resume la personalidad y el destino de Cristóbal Montoro. Al ministro de Hacienda le inquirió un diputado opositor por su afición al uso arrojadizo del secreto fiscal y Montoro respondió que cada vez que le habla un socialista recibe una lección de humildad y moderación. Es tan incurable el sarcasmo en Montoro como la afasia en Messi.

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18 diciembre, 2013 · 17:53

Salvad el Senado

Del legado político de Zapatero nos acordamos a diario, pero nos acordamos especialmente en días como ayer en que se celebró un pleno del Senado. Zapatero fue una vez al Senado y lo vio tan tristemente hueco que quiso llenarlo de contenido, y pudiendo llenar aquel vacío con las motos acrobáticas de Red-Bull o los animosos leones marinos del Zoo Aquarium, eligió llenar la Cámara Alta de provectos senadores cabreándose a lo largo de prolongadísimas sesiones parlamentarias convenientemente televisadas, a ver si así los tertulianos dejaban de cacarear que el Senado no sirve para nada y que hay que suprimirlo, con el dramático coste que tan bárbara decisión depararía a las arcas del Estado, obligado a subvenir los internamientos de sus senatoriales señorías en lujosos asilos repartidos por las 17 autonomías. Porque en algún sitio habrá que meter a los senadores si el Senado chapa, oigan.

Pero pese a las proverbiales buenas intenciones de Zapatero, que nadie se atreverá a discutir, el Senado no ha logrado equipararse al Congreso en interés mediático, no digamos ya en interés ciudadano. No hace mucho, cuando los esforzados quincemistas luchaban por la democracia en los alrededores de la Cámara Baja -bien que prefiriendo enseñar las tetas a recitar capítulos de Montesquieu, pero ése es otro tema-, los senadores contemplaban en sus tabletas aquellas vistosas cargas policiales y les acometía una envidia cainita:

—¡Míralos! ¡Siempre igual! Asaltemos el Congreso, asaltemos el Congreso… ¿Y el Senado, qué? ¿Quién se acuerda del Senado? —se lamentarían por entonces los senadores en límpido castellano, sin necesidad alguna de pinganillo autonómico para entenderse.

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5 junio, 2013 · 11:59