La derecha tiene razones para estar frustrada, pero la frustración puede llevarla a perder la razón. A mesarse las barbas, a entregarse al lamento jeremiaco, a la búsqueda paranoica de chivos expiatorios o mesiánicos salvapatrias. Pero si conserva la calma -compatible con una minuciosa autocrítica en lo tocante a la gestión de las expectativas- descubrirá que el paisaje después de la batalla no aparece tan prometedor para el sanchismo ni tan desolador para su alternativa. Importa que lo entienda ya, porque quizá haya que preparar pronto otra campaña.
A Djokovic le han caído 7.000 pavos por practicar el medievo con su raqueta y el poste de la red en un momento de frustración ante Alcaraz. La rabia es un lujo que sale caro, como jamás aprenderán los franceses, aunque la multa a Nole no le complique precisamente el fin de mes. En noviembre de 2021 Pedro Sánchez tuvo que pagarle 2.420 euros al PP después de que el Supremo ratificara la sanción de la Junta Electoral por hacer campaña desde Moncloa. La neutralidad institucional es para Sánchez lo mismo que el infinito para Zapatero: algo inconcebible. Así que Pedro se encogió de hombros y se dijo: «El colchón bien vale un bizum». La Junta Electoral le ha abierto otro expediente por lo mismo: usar las instituciones como si fueran el poste de la pista central de Wimbledon cuando va palmando. Veremos qué otras cosas le da tiempo a romper estos tres días.
En la noche del 10 de julio de 2023 tuvo lugar un experimento interesante. Un hombre de mediana edad nacido en una aldea de Orense fue puesto a debatir en un plató de televisión contra un sofisticado prototipo de inteligencia artificial, generado por ordenador conforme a cánones convencionales de belleza masculina, que concurre a las elecciones en representación del progreso. El PSP-Castejón había sido presentado como un software pionero, programado para la conquista y la retención del poder pero no para responder moralmente de su ejercicio, porque la moral no deja de ser un atributo humano, demasiado humano. El señor de Orense, por su parte, había sido presentado como un aspirante inexperto que rehúye el debate y encarna la involución hacia la España negra, «tenebrosa» al decir de su oponente digital. Decididamente el experimento no salió bien. Este debate no habrá servido para alentar las esperanzas de la comunidad científica en la inminente convergencia entre el humano y la máquina.
Hay un progresista en España que está liando el petate para echarse al monte a refundar el maquis contra el fascismo inminente. Se ve a sí mismo como el padre de Ismael Serrano, haciendo dulce guerrilla urbana en pantalones de campana, y va dando el cante del apocalipsis facha por las redes y las tertulias y hasta por las columnas de un periódico antaño decoroso. Nuestro hombre, nuestra mujer, ha escuchado tantas canciones al alba y ha hocicado tanto en la parcial memoria de su tribu y ha fantaseado tantas veces con la gloria de haber sido la decimocuarta rosa o con la toma del Cuartel de la Montaña que no soporta haber llegado tarde a su cita con la Historia: cuando empezó a opinar, la democracia española ya estaba hecha. Para seguir sosteniendo su ilusoria identidad de combatiente, esa húmeda mitomanía de antifa de Ikea, necesita que los gobiernos de PP y Vox reproduzcan sus personalísimas fantasías de dominación y resistencia. Y si no las reproduce, peor para los hechos. En el tuit premoderno de un esbirro de Buxadé avistan el vuelo del Dragon Rapide, por más que la incompetencia de Vox (literalmente: falta de competencias) amenaza seriamente con frustrar su sed de épica.
La entrevista de Feijóo en El Hormiguero comenzó bajo una enorme tensión: la posibilidad terrible de que Pedro Sánchez irrumpiera en cualquier momento con unas gafas, llamando Pabliño al presentador y silbando la melodía de Verano azul. Su afán de foco ha alcanzado tal grado de paroxismo que no hay en este instante ningún podcast universitario a salvo de una llamada personal de La Moncloa.
Cuando el PSOE presumía de ser el partido que más se parecía España no fundaba tal vínculo en la clase social, pues el obrerismo perdió sentido hace tiempo en las sociedades posindustriales, sino en la diversidad territorial. Desde que Feijóo tomó las riendas del PP -dejando la rienda larga por contraste con el centralismo casadista-, y sobre todo desde que el 28 de mayo los españoles retiraron abrumadoramente el poder territorial al PSOE para confiárselo al PP, el partido que más se parece a España es el liderado por un gallego flexible y templado que ha hecho del respeto a los acentos singulares de la nación su paradójica seña de identidad.
La legislatura que nació de un drama en Cataluña merecía agonizar con una farsa en Madrid. Con un candidato emblemático del consenso propuesto por un partido entregado a la fabricación de disensos. Con un presidente que cerró ilegalmente el Parlamento imponiendo el filibusterismo mediante respuestas kilométricas a preguntas no formuladas. Con una vicepresidenta sin partido que trata a sus votantes como a párvulos y luego abronca a un anciano que pagó con cárcel la lucha por la democracia que ella heredó. Con una condenada por terrorismo reprochando un «error histórico» al coautor de los Pactos de la Moncloa. De este destrozo de la política institucional, degradada a superposición chillona de relatos divisivos, solo se sale de dos maneras: escarbando más hondo en la disolución populista o regresando a la edad falible pero adulta de los políticos que primero hacían y luego narraban. No al revés.
La velocidad con que Macarena Olona ha cambiado el papel de verdugo de los ajenos por el de víctima de los propios impresiona un poco, pero no tanto a cuantos estamos acostumbrados a juzgar la política española como el vodevil frenético en que se convirtió hace una década. Uno parpadea y la tragedia ha mutado en farsa, los bufones anecdóticos reescriben el drama central y el actor protagonista es degradado a secundario mientras el secundario domina la escena. Un secretario general del PSOE que se presentaba como liberal termina gobernando como un peronista. Un líder del PP que prometía devolver el pulso ideológico al partido se estrella contra quien mejor materializó esa promesa en Madrid. Un vicepresidente comunista obsesionado con el poder real prefiere entregarlo con tal de volver a ser un agitador. Los votantes que elevaron a la cima demoscópica a un candidato centrista según iba definiendo su proyecto lo hundieron en semanas por definirlo demasiado.