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La mastectomía nacional

Espero no ser el único que advierte tremendos paralelismos entre la mastectomía de Angelina Jolie y la posición política de Mariano Rajoy. Ambos fenómenos se presentan a mi imaginación febril tan relacionados que he de realizar un severo esfuerzo de sindéresis para no acabar escribiendo sobre la mastectomía de Rajoy y la toma de postura de Angelina.

Veamos. La mastectomía es la remoción de una o ambas mamas de manera parcial o completa. Tras averiguar que su probabilidad genética de padecer un cáncer de mama ascendía al 87%, Jolie, de acreditada audacia, decidió literalmente cortar por lo sano. Muerto el perro se acabó la rabia. Ahora no tiene glándulas mamarias, sino cuidadosas reconstrucciones huecas, y al parecer ha logrado salvar los pezones. Da cuenta de su odisea quirúrgica en el New York Times, desde donde hace un llamamiento a otras mujeres para que sigan su ejemplo, ignorando que las mastectomías preventivas con resultado satisfactorio –de alguna lograda vistosidad– no están al alcance de cualquier economía, y cuando lo están no salen en el Times; todo lo más en el Interviú.

Rajoy es un hombre cuyo programa electoral ha sido sometido a una remoción por Bruselas, más completa que parcial, y sus sorprendentes efectos también salen en los periódicos. La remoción programática de Rajoy igualmente obedece a razones preventivas, pues los análisis le diagnosticaron altísimas probabilidades de rescate si no se prestaba a la dolorosa cirugía que tanto se le critica. Nos encontramos, por tanto, ante una política mastectomizada, que ha renunciado a sus atractivos más rotundos para conjurar la negrura de un futuro previsible. Ahora bien: el futuro previsible siempre se guarda un margen nada desdeñable de imprevisibilidad, y de esta forma desembocamos en el atributo semántico que según Sáenz de Santamaría mejor definía a Rajoy y que ha desaparecido, así como ha desaparecido el atributo morfológico que mejor definía a Jolie.

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15 mayo, 2013 · 11:56

Las damas de hierro también lloran

Único llanto documentado.

Único llanto documentado.

[Escribí en La Gaceta lo que reproduzco a continuación el 17 de septiembre de 2012, día en que Esperanza Aguirre anunció entre lágrimas su dimisión. Las lágrimas de Aguirre, como las de Chuck Norris, curan el cáncer, pero no se le había visto llorar hasta la fecha, siquiera bajo una balacera hindú o un helicóptero grávido. De aquellas lágrimas -hoy queda claro que prematuras-, mezcladas con el polvo de la mentira programática, bajan hasta Génova los actuales lodos de la división interna. Ingenuo de mí que pensé que Aguirre, efectivamente, se estaba despidiendo]

Las damas de hierro también lloran, pero nunca lo harán por frivolidades como una balacera terrorista en Bombay o un accidente de helicóptero. Esperanza Aguirre sólo llora cuando dimite y por eso sólo la veremos llorar una vez en la vida. A una dama de hierro se le quiebra de veras la voz cuando se despide de sus periodistas más incisivos, como ella misma reconoció. Y en esa nostalgia anticipada de la emboscada mediática revela Aguirre su temple anacrónico de auctoritas sin complejo, de político previo a los sonrosados tiempos del gabinete profiláctico. ¡Dimitir en una rueda de prensa con preguntas, dejarse preguntar entre lágrimas hasta que enmudecen los preguntadores atónitos! Fue el postrer desafío torero de Aguirre a Rajoy, alérgico a la modalidad interrogativa del lenguaje y al propio concepto de curiosidad civil, de modo que el alivio cierto que bajo los chorretones de la emoción constatábamos en la lideresa ha coincidido por primera y última vez con el alivio superviviente de Mariano, ingeniero mayor del puente de plata.

¿Por qué se va Esperanza? En España, y esto en el caso de tener mucha vergüenza, uno se va antes de que lo echen. Pero con la garantía de tantas mayorías absolutas –Madrid es de derechas, no hay mucha vuelta de hoja– como veces siguiera presentándose, no queda más remedio que abundar en la excepcionalidad política de Aguirre, que sonreía traviesa al blandir su triunfo final:

—Lo llevaba pensando hace mucho tiempo. ¡Y no se ha filtrado! ¿Se han dado cuenta ustedes?

Aguirre era sobre todo una forma de estar frente al toro de los medios que ya no veremos más. Nadie para, templa y manda igual entre los correveidiles alcornoqueños y veletas que nos va dejando la partitocracia. Aguirre se quedaba de pie en la trayectoria menos airosa, como Belmonte, y o te quitabas tú o había cogida. Un periodista sabía que había cogido a Aguirre porque normalmente quedaba peor que ella. Ella dominaba el arte de cavar trincheras y hacer levas de partidarios, y también el de acoger conversos y no dejar prisioneros. Son habilidades bélicas propias de los viejos y heroicos juegos de tronos que ofertan de primeras el pacto y de últimas la guerra y no al revés, como se hace ahora. Imaginamos a Aguirre pactando con el oncólogo como en el chiste del paciente que aferra al dentista de los huevos:

—¿Verdad que no vamos a hacernos daño, doctor?

Personalmente opino que el cáncer es una de las razones fundamentales por lo que apareja de cansancio vital incompatible con el navajeo trapero del puesto. Aguantar, con escasas compensaciones y la vanidad colmada, no tiene sentido pero irse en la victoria está al alcance de altiveces en peligro de extinción. No quiero decir que la enfermedad constituya el motivo fundamental porque ante esta adversaria eso sería sobrevalorar al cáncer; y el apacible retorno a la familia, a estas alturas de vivencia en el poder, supone para Aguirre antes un aprendizaje horaciano del beatus ille que una añoranza sentida. Pero en el fondo yo creo que Esperanza Aguirre se va para darse el gustazo definitivo de mirar las caras de tonto que se les quedan a sus enemigos, desposeídos súbitamente de todo argumentario, es decir, de chivo expiatorio, con el vídeo Marquesa Antisocial, toma VII a medio montar.

Aguirre dice adiós con un pasado cumplido, un presente de huelgas y un futuro de rescate. Su mutis exhausto parece sobrellevar discretamente una certeza terrible: la vecindad de novedades testimoniables preferiblemente desde casa, lo cual quiere decir más o menos que vamos a morir todos y pronto. Ella se va y deja al articulismo huérfano de sus micrófonos indiscretos y sus rajadas gloriosas que actuaban sobre la jodida disciplina de partido como esa palanca de hierro que Sam Spade profesaba en El halcón maltés como epistemología favorita:

—Mi método para averiguar las cosas es arrojar, violenta e impredeciblemente, una barra de hierro en medio de la maquinaria. Por mi parte, no tengo inconveniente, si tú estás segura de que las piezas, al saltar, no te van a hacer daño.

Yo, que no la voté, la voy a echar de menos a diario.

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Mariano Rajoy y la gente en general

La frustración que produce la crisis hay que quemarla porque si no se queda dentro y puede uno acabar cualquier noche haciendo un Miguel Ángel Rodríguez. En otros tiempos la frustración nacional sabía canalizarla cualquier dirigente medianamente leído contra un enemigo exterior bien reconocible y acotadito, por ejemplo Las Malvinas o por ejemplo los masones, cuyo cripticismo funcionaba muy bien como una paradójica y desafiante omnipresencia. Pero contra la crisis, con sus causas arcanas y sus resortes remotos, no sabemos cabrearnos de forma plenamente satisfactoria, evacuar digamos un cabreo transitivo, externalizable, escrachante sin miramientos morales, y éste yo creo que es el secreto del fracaso del 15-M y de las huelgas generales. Si la calle no arde como viene pidiendo ilusionado Raúl del Pozo, deseoso de hallar nuevos términos de comparación entre Viriato y algún discípulo entusiasta de Sánchez Gordillo, es porque la calle ha visto que ni con el PSOE ni con el PP: ha visto que esto o se soluciona solo o no lo soluciona ni la revolución. Otra cosa es que intentemos robar jamones de vez en cuando.

Durante un tiempo traté a un ingeniero de caminos pero con vocación de ingeniero social que encabezaba todas sus opiniones diciendo: «La gente en general quiere…» O bien: «La gente en general busca…». Pues bien, la gente en general está mucho menos cabreada con el Gobierno que la prensa, cuyo enojo no obedece sino a su tradicional función de ignorar lo que sucede e imponer lo que le afecta, que aquí y ahora es la extinción de su propio modelo de negocio, de lo cual ni siquiera Rajoy tiene la culpa.

Rajoy es el primer presidente de la democracia que desvincula olímpicamente su agenda política de la opinión pública, lo cual es admirable y cabrea mucho al periodismo, si bien cabrear al periodismo ya no exige los cojones de antaño porque el cuarto poder no es lo que era, debe de andar por el octavo o el noveno lugar. La prueba es que la pinza contra el PP de los dos grandes periódicos a propósito del caso Bárcenas no ha arrancado una sola dimisión, cuando antiguamente bastaba con parecerlo para rendirse al apremio mediático. Ignorar a la opinión pública es la contribución revolucionaria que ha deparado Rajoy a la historia de las ideas políticas; para grabar con letras de bronce sobredorado su nombre en el perenne inventario de la Historia, al político gallego únicamente le ha faltado ya fundar su Gobierno sobre los intereses del pueblo español, y no sobre los del pueblo alemán. Pero tampoco es cosa de pedir peras al olmo, oigan.

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8 mayo, 2013 · 16:39

Urgencia es antónimo de Rajoy

Luis de Guindos reconoce que nunca ha visto un billete de 500 euros y esta declaración debe tranquilizarnos a la mayoría de los españoles, que tampoco hemos visto uno jamás. Para ver esas cosas hay que irse al Madison Square Garden o a la Cañada Real, una de dos, y en ambos casos se recomienda haber sido boxeador, que solo se parece a trabajar en Leman Brothers en las inyecciones de activos tóxicos. A un gobierno se le pide representatividad, y un ministro de Economía español que se precie de representativo no puede haber visto nunca uno de 500 salvo cuando se asoma a Suiza mediante un pantallazo en el iPad implacable de Montoro, que empieza a ser el político occidental más odiado desde Joe McCarthy. Le odian los ricos por rondarles la Sicav, le odian las clases medias por levantarlas de los tobillos hasta que caiga el último tributo y le odian los pobres porque es feo.

Montoro –¡con su incongruencia afectiva o paratimia aquí diagnosticada!-, Guindos y Sáenz de Santamaría formaron el famoso viernes de dolores la troika doméstica de la desesperación a falta de Mariano Rajoy, que no quiere salir para no influir en los mercados. De todos modos Rajoy ha anunciado que comparecerá en el Congreso el 8 de mayo para explicar lo inexplicable y yo he pedido en Twitter que lo haga brotando de un elevador habilitado bajo la tribuna de oradores, como un Michael Jackson del parlamentarismo pop, que sería aquel que sustituye las razones por el espectáculo. Porque aquí las razones, de puro transparentes, resultan inexplicables: del mismo modo que según Lineker el fútbol es un juego simple en el que 22 hombres corren detrás de un balón y al final siempre gana Alemania, la democracia bajo el euro es un sistema de gobierno en el que 17 países miembros jadean en pos del crédito cuya soberanía reside en Berlín.

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1 mayo, 2013 · 13:15