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Mariano Rajoy y la gente en general

La frustración que produce la crisis hay que quemarla porque si no se queda dentro y puede uno acabar cualquier noche haciendo un Miguel Ángel Rodríguez. En otros tiempos la frustración nacional sabía canalizarla cualquier dirigente medianamente leído contra un enemigo exterior bien reconocible y acotadito, por ejemplo Las Malvinas o por ejemplo los masones, cuyo cripticismo funcionaba muy bien como una paradójica y desafiante omnipresencia. Pero contra la crisis, con sus causas arcanas y sus resortes remotos, no sabemos cabrearnos de forma plenamente satisfactoria, evacuar digamos un cabreo transitivo, externalizable, escrachante sin miramientos morales, y éste yo creo que es el secreto del fracaso del 15-M y de las huelgas generales. Si la calle no arde como viene pidiendo ilusionado Raúl del Pozo, deseoso de hallar nuevos términos de comparación entre Viriato y algún discípulo entusiasta de Sánchez Gordillo, es porque la calle ha visto que ni con el PSOE ni con el PP: ha visto que esto o se soluciona solo o no lo soluciona ni la revolución. Otra cosa es que intentemos robar jamones de vez en cuando.

Durante un tiempo traté a un ingeniero de caminos pero con vocación de ingeniero social que encabezaba todas sus opiniones diciendo: «La gente en general quiere…» O bien: «La gente en general busca…». Pues bien, la gente en general está mucho menos cabreada con el Gobierno que la prensa, cuyo enojo no obedece sino a su tradicional función de ignorar lo que sucede e imponer lo que le afecta, que aquí y ahora es la extinción de su propio modelo de negocio, de lo cual ni siquiera Rajoy tiene la culpa.

Rajoy es el primer presidente de la democracia que desvincula olímpicamente su agenda política de la opinión pública, lo cual es admirable y cabrea mucho al periodismo, si bien cabrear al periodismo ya no exige los cojones de antaño porque el cuarto poder no es lo que era, debe de andar por el octavo o el noveno lugar. La prueba es que la pinza contra el PP de los dos grandes periódicos a propósito del caso Bárcenas no ha arrancado una sola dimisión, cuando antiguamente bastaba con parecerlo para rendirse al apremio mediático. Ignorar a la opinión pública es la contribución revolucionaria que ha deparado Rajoy a la historia de las ideas políticas; para grabar con letras de bronce sobredorado su nombre en el perenne inventario de la Historia, al político gallego únicamente le ha faltado ya fundar su Gobierno sobre los intereses del pueblo español, y no sobre los del pueblo alemán. Pero tampoco es cosa de pedir peras al olmo, oigan.

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8 mayo, 2013 · 16:39

Urgencia es antónimo de Rajoy

Luis de Guindos reconoce que nunca ha visto un billete de 500 euros y esta declaración debe tranquilizarnos a la mayoría de los españoles, que tampoco hemos visto uno jamás. Para ver esas cosas hay que irse al Madison Square Garden o a la Cañada Real, una de dos, y en ambos casos se recomienda haber sido boxeador, que solo se parece a trabajar en Leman Brothers en las inyecciones de activos tóxicos. A un gobierno se le pide representatividad, y un ministro de Economía español que se precie de representativo no puede haber visto nunca uno de 500 salvo cuando se asoma a Suiza mediante un pantallazo en el iPad implacable de Montoro, que empieza a ser el político occidental más odiado desde Joe McCarthy. Le odian los ricos por rondarles la Sicav, le odian las clases medias por levantarlas de los tobillos hasta que caiga el último tributo y le odian los pobres porque es feo.

Montoro –¡con su incongruencia afectiva o paratimia aquí diagnosticada!-, Guindos y Sáenz de Santamaría formaron el famoso viernes de dolores la troika doméstica de la desesperación a falta de Mariano Rajoy, que no quiere salir para no influir en los mercados. De todos modos Rajoy ha anunciado que comparecerá en el Congreso el 8 de mayo para explicar lo inexplicable y yo he pedido en Twitter que lo haga brotando de un elevador habilitado bajo la tribuna de oradores, como un Michael Jackson del parlamentarismo pop, que sería aquel que sustituye las razones por el espectáculo. Porque aquí las razones, de puro transparentes, resultan inexplicables: del mismo modo que según Lineker el fútbol es un juego simple en el que 22 hombres corren detrás de un balón y al final siempre gana Alemania, la democracia bajo el euro es un sistema de gobierno en el que 17 países miembros jadean en pos del crédito cuya soberanía reside en Berlín.

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1 mayo, 2013 · 13:15