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En Marivent despachando, que es gerundio

El presidente del Gobierno mantuvo con el Rey el tradicional despacho de verano en Palma de Mallorca. No sólo es la primera frase de los teletipos sino también su titular. Podría decirse asimismo que es un planteamiento, pero también un nudo y, lo que ya es abiertamente dadaísta, un desenlace. Despachar con el Rey es una acción política de estío que los medios presentan en forma intransitiva, tautológica, inmanente, concluida en sí misma como una sentencia de Parménides o Spinoza. El ser es, dijo Parménides; cada cosa se esfuerza por perseverar en su ser, dijo Spinoza; con el Rey no se despacha nada sino que sólo se despacha, en general, dicen los medios en verano. De hecho, el titular debería construirse en gerundio, forma no personal del verbo que enfatiza el hecho y desprecia al sujeto: «En Marivent despachando, que es gerundio».

A nadie por tanto parece importarle demasiado el contenido del despacho de Don Juan Carlos cuando Mariano Rajoy se mete en él. No me refiero ahora a la rueda de prensa posterior que protagonizó Rajoy –y una rueda de prensa de Rajoy, dado lo poco que se prodiga en el género, empieza a ser noticia desde la mera formalidad de su convocatoria–, donde el presidente anunció que el Gobierno no tomaría en Gibraltar medidas ilegales y que espera que la cosa no vaya a más. Nunca está de más enterarse de que tu presidente no emprende ilegalidades a bombo y platillo, pero ustedes comprenderán que semejantes proclamas equivalen informativamente a señalar que los perros seguirán mordiendo a los niños mientras confiamos en que no se les ocurra morder también a sus padres.

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12 agosto, 2013 · 12:40

Gibraltar para los ingleses

Mucho me temo que al final se enfríe el asunto y nos quedemos sin guerra contra Inglaterra. Hace ya demasiados años que los españoles no entramos en guerra contra Inglaterra, incluso contra nadie ajeno a nosotros mismos, y eso no puede ser sano. Inglaterra nos ganaría, por supuesto, porque a los ingleses –en boca de Churchill– sólo los vence el Real Madrid, tradicionalmente poblado de extranjeros talentosos, pero la decisión de convertir Gibraltar en el Vietnam de mi generación nos mantendría ocupados mientras termina la crisis y encontramos empleo. Una guerra thatcheriana pero a la inversa ahorraría a este Gobierno mucha vergüenza, como es la de cargar con un 60 por ciento de paro juvenil en menores de 25 años. Cuando se tiene esa edad lo más indicado es estar haciendo el amor o la guerra, y quizá ahora estemos a tiempo de desplazar a un contingente de feos a convertir La Línea de la Concepción en la Línea Maginot. Del paro a la leva, de la frustración al honor marcial: ¡menudo golpe de efecto, don Mariano!

En Europa la guerra ha estado muy mal vista en las últimas décadas, pero todas las modas son pasajeras y es de esperar que pasado el tiempo del aburrimiento y desaparecida la UEFA acabemos matándonos de nuevo entrañablemente. De momento, sin embargo, todo se ha reducido a un cruce de llamadas entre Cameron y Rajoy, y yo creo que hay pocas acciones más ignífugas, más antibelicistas, que llamar a Rajoy. Si Kim Jong-un llama a Rajoy, lo siguiente que hará al colgar el teléfono será cambiar misiles por bicicletas. Fue Rajoy el tipo que inventó el famoso refrán que reza: dos no se pelean si uno no quiere. Así que me malicio que Margallo está envidando sin cartas.

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8 agosto, 2013 · 16:14

Brey absoluto

En un Senado ultramundano y paralelo al nuestro debatieron esta mañana Bertrand Russell, Friedrich Nietzsche, Alexander Pope, Catón el Viejo y Ketama sobre la contabilidad del Partido Popular, empleando para apuntalar sus diatribas citas célebres de Mariano Rajoy, Rosa Díez, Cayo Lara y Alfred Bosch. Durante horas se entregaron a una orgía de comillas completamente ajenos al hecho de su inexistencia real, pues todos esos sabios muertos eran en realidad los otros de Amenábar, y la verdadera Nicole Kidman a esas alturas se hallaba en otro Senado de indudable granito planteándole al presidente español veinte preguntas incontestadas en la voz cafeínica de la líder de UPyD. Durante toda la mañana reinó la confusión entre el universo ficcional y el valle de lágrimas parlamentario, con puertas espaciotemporales entreabiertas que condujeron a la indistinción concluyente de Animal Farm, donde al final ya no se distinguían los cerdos de los hombres. Cuando finalizaron sus citas, sin embargo, Rajoy todavía estaba allí, se diría incluso que menos extinguible que antes, pues a la dieta de dinosaurio le beneficia lo mismo la carne porcina que la humana.

El microrrelato cruzado de Monterroso y Orwell que hoy se representó en el palacio de la Plaza de la Marina Española tuvo la encomiable virtualidad de mandar a los españoles de vacaciones con la lista de lecturas recomendadas ya hecha. Para que luego digan que la política no sirve para nada y que no le hemos encontrado todavía una función útil al Senado: sustituir al Congreso en obras del mismo modo que las citas de autoridad sirven para suplir al propio pensamiento en ruinas. Sólo cabe esperar que a los aguilillas de Standard & Poors les pillara el debate haciendo balconing en Mallorca o tendremos que refinanciarnos donando órganos.

Veamos. Arrancaba la matinal con ambientazo periodístico entre el deseo constituyente y el fastidio por la obligada cesura vacacional. Reporteros de toda glaciación, desde la Santa Transición hasta la desdichada casta del becariato Apple. El hemiciclo rebosante, con madera funcional en lugar de frescos tiroteados y ganas de convertir aquello en la madre de todos los plenos por ver de variar algo la escaleta condenada al penúltimo incendio y a la consabida ola de calor. Pero quia. Rajoy no estaba por la labor de dar otro titular que dos palabras ciertamente novedosas y necesarias: “Me equivoqué”. Él puso a Bárcenas, sí, pero también lo depuso. Sobre los sobres, negación y amparo en el proceso judicial. Y renovación fervorosa de los votos en la presunción de inocencia, con catecismo escrito por el propio padre Alfredo en escándalos simétricos y contrarios. En la réplica aún estuvo más firme, con esa fuerza parlamentaria que no sabemos dónde guarda cuando se baja del atril, desactivando en el repaso a la triste figura de su opositor toda sospecha personal, que para eso tiene el IRPF pulcro a la vista de todo el mundo, y si alguien del PP no lo tiene, que lo diga Ruz. Moragas seguía sobre los apuntes argumentales la evolución de su pupilo y la vice Sáenz de Santamaría aplaudía con la izquierda contra la mesa mientras tomaba apuntes con la derecha. Todo muy en estilo de preparador de oposiciones.

–No soy un compendio de virtudes como usted, señor Pérez Rubalcaba, pero soy una persona recta y honrada. No me piden explicaciones: me piden que me declare culpable, pero no lo voy a hacer porque no lo soy, y por eso no voy a dimitir.

Fin de la cita. Y gran decepción, claro, porque el guión no era ese. El guión que le tenían escrito a Mariano establecía que titubeara, que anunciara purgas, que se contradijera entre lágrimas, que dimitiera de una vez, coño. Pero ya va siendo hora de que los medios reconozcan que llevan años subestimando brutalmente a este político que los va a sobrevivir a todos sin una mala multa de parquímetro en el debe, a falta aún de saldar el haber. Opino que se equivoca insistiendo en la disyuntiva yo o el caos, pero de momento a Rajoy no le mueve ni Dios, y Bárcenas, Rubalcaba y Pedro J juntos le inspiran tanto miedo como a Justin Bieber la pérdida de tres fans. Hoy seguramente deseaba finiquitar el aquelarre cuanto antes para enterarse de la cifra barajada por el traspaso de Bale.

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1 agosto, 2013 · 19:32

El ala oeste de Soto del Real

El encelamiento de los medios con Bárcenas –que no es sino la amorosa correspondencia del encelamiento de Bárcenas con los medios– amenaza con privarnos de un verano pendientes de Gareth Bale. El verano informativo fetén lo ha presidido durante toda mi vida la expectativa de un fichaje estelar del Real Madrid, y ha tenido que v enir Bárcenas con su moleskine por fascículos a jodernos la ilusión. En eso yo era exactamente como Rajoy: en verano sólo leía la prensa deportiva. Ahora nos hemos distanciado, y mientras yo consumo mi episodio diario de ala oeste de Soto del Real, don Mariano continúa plácidamente enganchado a las pedaladas inalcanzables de Froome.

El circo siniestro de Bretón también ha sido felizmente clausurado con la condena del psicópata de córneas alucinadas, al mismo tiempo por cierto que se ha cerrado el fichaje de Illarramendi, y en ambos casos era tan obvio el desenlace que los becarios del periodismo estival han podido al fin estrenarse titulando por la sobada paráfrasis a Gabo: “Crónica de una condena/un fichaje anunciada/o”. Uno no se siente periodista hasta que no ha titulado así una pieza.

Pedir una moción de censura con la moleskine de Bárcenas en la mano equivale a levantar al sol una copa de chardonnay por la igualdad de todos ante la ley, la salvaguarda fáctica de la presunción de inocencia o cualquier otra sonrosada fantasía emanada de la aldea del arce de nuestra democracia. Leo a colegas de columna que señalan la valentía de los jueces Castro, Alaya o Ruz como retenes estatales del escurridizo Montesquieu, pero yo creo que en tiempos jacobinos como los que soplan no entraña enorme arrojo apear al potentado de su pompa ni coincidir con la sed de hoguera del sufrido, depauperado y rencoroso pueblo llano. Castro cuenta con el aplauso enardecido del republicanismo en boga; de la sala de Ruz se filtran los audios de las tomas de declaración en un remedo estival y desenfadado de court show que convierte la Audiencia en una spin-off de aquel Veredicto que presentaba Ana Rosa Quintana (¿no sospechan ustedes que los sms acabarían decretando la libertad del pinturero Bárcenas, del mismo modo que los gatoadictos concedían invariablemente el Gato al Agua a Mario Conde?); y únicamente la Alaya, con su tiesura pulcra y ese trolley tremebundo que parece contener los retratos desencajados de los dorian gray del chavismo, ha padecido de veras la presión ambiental de una tierra moderadamente atávica que si algo odia más que a un señorito, puede ser a una señorita.

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14 julio, 2013 · 20:54

El procónsul Rajoy en el circo de Bárcenas

Cortafuegos alrededor de Rajoy, titulaba la prensa global en español presuponiendo que Rajoy sea un político combustible como esos ministros de los que sentencian los analistas: “Está muy quemado”. ¿Puede quemarse Rajoy? ¿Es Rajoy inflamable? Todo apunta a que no, aunque por si acaso sus ministros han salido al unísono a poner, precisamente, la mano en el fuego por él. Todos los fuegos al fuego, diría Cortázar, cuyo cuento homónimo principia justamente con un procónsul haciendo el saludo romano –facha, concluirían los memoristas históricos de Zapatero– y fantaseando con su propia estatua:

–Así será algún día su estatua, piensa irónicamente el procónsul mientras alza el brazo, lo fija en el gesto del saludo, se deja petrificar por la ovación de un público que dos horas de circo y de calor no han fatigado.

Rajoy tiene algo de estatua pero no parece tampoco un procónsul fascista, contra lo que piensa Izquierda Unida, que pide elecciones anticipadas porque ha leído el dietario contable de un tesorero codicioso. A los diarios de Trapiello nadie les hacía ni caso en la pasada edición de la Feria del Libro, al punto que Trapiello hubo de abandonar la caseta en que (no) firmaba porque le habían plantificado al lado la concurridísima barraca del puto Master Chef, pero hay que ver qué de lectores cosechan los apuntes de Bárcenas. Cuando salga la edición en Orbyt, Dan Brown puede echarse a temblar. Ambos autores, sospecho, tuercen en su escritura más por la imaginación que por la documentación. Ojo, Jabois, que en cualquier momento Bárcenas se abre un blog plagiario desde la cárcel titulado «Apuntes en sucio».

En las tertulias quien más y quien menos tiene hecho ya su curso acelerado en Barcenología Aplicada, que unos aplican al acoso y derribo del Gobierno y otros al ajardinamiento del cortafuegos. Bárcenas podría venir de Barcino, nombre de Barcelona de cuando su esplendor comercial entre íberos y fenicios, y desde luego ha quedado en Suiza acreditada la condición fenicia de Bárcenas. De otra cosa, por el momento, no hay constancia.

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11 julio, 2013 · 14:25

Rajoy: «Mira cómo tiemblo, Bárcenas»

Bárcenas pena en el maco y los medios insisten en sentar el culo del Partido Popular sobre un volcán de indiscreción vengativa, pero todavía no han apostado a sus reporteros bajo los ventanales de Génova para grabar los suicidios en cadena de portavoces, secretarios y bedeles.

–Como cante Bárcenas, verás. La cárcel suelta la lengua. Están todos metidos hasta el culo.

Eso piensa la calle y eso se esfuerzan buenamente los medios por alimentar. Pero uno aquí sólo advierte el desmesurado influjo de la ficción en la sociedad moderna, que yo achaco a las noches de claro en claro que pasan ahora los periodistas absortos en las series de la HBO, lamiéndose las heridas de un tiempo ingrato. La realidad, señores, se llama Mariano Rajoy, y se trata de una realidad tan gris y predecible y refractaria al suspense como lo es la realidad real, para curarnos de la cual se inventó precisamente la narrativa.

Con Bárcenas en el trullo, Rajoy puede estar tan nervioso como la Duquesa de Alba con la crisis. ¿Cuántas veces habremos de glosar la impasibilidad mariana, el fenómeno más fascinante de la política española desde la irrelevancia zapaterina? No es que Rajoy esté por encima de lo que suceda en su partido; es que está por encima de lo que suceda en su sistema nervioso, y eso a mí me parece admirable. Yo pienso que Rajoy va a ver pasar todos nuestros cadáveres por delante de La Moncloa, incluyendo el cadáver de la crisis. Y ni siquiera lo va a celebrar, por no regalar titulares a tontas y a locas.

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30 junio, 2013 · 18:11

Wert y Montoro alcanzan la propiedad conmutativa

Algo tendrá que hacer, señor Posada, con las acreditaciones de los periodistas que van quedando y madrugando para cubrir sus sesiones de control en el Congreso. Como por ejemplo -no nos pongamos tampoco demasiado originales- cursarlas. Cada mañana de miércoles sobre el hall de la Carrera de San Jerónimo planea la sombra de la Lubianka, pero no por el terror que inspiran sus mortecinos funcionarios, sino por su inoperatividad como de agrimensores kafkianos. Nos venían advirtiendo de que el modelo de la Transición se estaba agotando; lo que no sabíamos es que lo que viene después es la perestroika. En todo caso, no descarto el día en que los reporteros debidamente acreditados puedan acceder a la sede de la soberanía nacional sin distinción de credo, raza, orientación sexual. De momento seguimos soñando, como Luther King.

Cuando por fin me senté en la tribuna de prensa, Soraya Rodríguez estaba llegando puntual a su cita con el género de la diatriba. Ahora bien: en el extremo opuesto del chorro no estaba su tocaya azul, frustrando así la reedición semanal de la sorayomaquia. En la orilla de enfrente comparecía, serenísimo, el propio Mariano Rajoy, a quien la portavoz socialista se estaba dirigiendo en un tono más modulado del que reserva para la vicepresidenta, si bien tampoco se puede decir que se deshiciera en elogios al plan de becas del Gobierno:

–Mire cómo tiene el patio, señor Rajoy. ¿Por qué desea que los alumnos de menos renta no puedan estudiar? ¿Adónde quiere mandarles? –desliza, sugiriendo destinos inefables, no sé, una fábrica de Nike en Bangladesh.

Y a continuación, apuntando al escaño de José Ignacio Wert con el dedo pero sin dignarse a mirarle, como si señalara un experimento genético, remonta triunfalmente la cadena de mando para zanjar la autoría del engendro:

–Él es ministro porque usted le nombró. Sigue de ministro porque usted no le cesó. Usted se esconde tras un plasma pero el señor Wert debe volver a las tertulias, de las que nunca debió salir.

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26 junio, 2013 · 18:34

A Montoro le falta un sicario

Esta semana Cristóbal Montoro se va a reunir con las autonomías de los cojones para que rule la navaja de Ockham de la reforma de la Administración, medida la más pertinente entre las que debía adoptar el Gobierno de Rajoy desde su llegada a La Moncloa, y que le venían exigiendo ya hasta desde las páginas del Marca. Ockham, con ese talante empírico tan juicioso de los ingleses, no entendía la bulímica necesidad de multiplicar entes que tenía la metafísica escolástica, una de cuyas máximas me ha sido de gran utilidad en mi aún corta vida de columnista: «Cuando llegues a una contradicción, haz una división». A base de ramificaciones, el árbol de la ontología se volvió tan frondoso que no dejaba ver ni el bosque ni el árbol ni a Don Pimpón detrás del árbol, y ante jungla tan intrincada formuló el fraile franciscano su célebre principio de economía del pensamiento: «En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta». Montoro, que por lo gárrulo de sus comparecencias no parece haber leído a Ockham, sin embargo ha hecho desfilar su política económica sobre el filo de la navaja filosófica, y si primero nos tajaron el Estado del Bienestar, ya iba siendo hora de que ahora se tajaran a sí mismos el Estado a secas.

El problema es que sólo desde el Estado central se advierte con claridad la hipertrofia arbórea de la cosa pública. Los barones se miran al espejo y, si no se atreven a compararse con una sílfide de Miss USA 2013, desde luego justifican cada una de sus adiposidades presupuestarias como absolutamente vitales para el saludable funcionamiento del organismo autonómico de los cojones. A esos cuerpos mórbidos debe enfrentarse esta semana el Estado central armado de un bisturí. Pero ay, Cristóbal Montoro no es Furio Giunta, el sicario más expeditivo de la familia Soprano. A Furio lo podías mandar a cobrar el pizzo de un comerciante remolón y te traía el fajo regado en escarlata y de propina un vistoso llavero confeccionado con las orejas del moroso. Don Cristóbal no es Furio y Monago, que vendría a ser el Júnior de Montoro, lo sabe. Y así no hay manera de dirigir una familia de la vieja escuela.

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24 junio, 2013 · 11:41