Archivo de la etiqueta: quijotismo nacional

Ruta Quijote IV: Deconstruyendo a Dulcinea

El amor literario ha de tener algo de idolatría.

El amor literario ha de tener algo de idolatría.

Dejo atrás los molinos del cuento y llego a El Toboso a la hora sagrada de la siesta, que es sin duda la mejor para tocar la esencia pesada de La Mancha. Juro que no se oye otro sonido que el zumbido de las moscas, el zureo de las palomas y el trinar de las golondrinas que anidan en la torre de San Antonio Abad, imponente iglesia del siglo XVI. Lo que significa que ya estaba en pie cuando Cervantes ejercía aquí de alcabalero.

Casas encaladas, calles limpias, rótulos literarios en las esquinas, dos mil habitantes durmiendo la siesta. El Toboso es pura coquetería. En la plaza, frente a la iglesia, un Quijote de hierro hinca la rodilla ante una muchacha -casi una niña- del mismo metal. Es una escena de amor cortés, de un platonismo escandaloso en nuestros días. Y no solo hoy: para Cervantes, que tenía casi tanta madera de golfo como Lope, amar de pensamiento y no de obra se antojaba un sindiós, a no ser como pretexto lírico. El amor ideal está muy bien para Petrarca pero no para don Miguel, que escoge a una ruda labradora toboseña para enfatizar su militancia en el realismo. A aquella a la que idealiza don Quijote como «la dulce prenda de mi mayor amargura», la fotografía Cervantes en verso vengativo: «Esta que veis de rostro amondongado, / alta de pechos y ademán brioso, / es Dulcinea, reina del Toboso, / de quien fue el gran Quijote aficionado». No es el perfil de una Laura o una Beatriz, precisamente. Al idealista soldado de Lepanto la vida le ha pagado con más Aldonzas que Dulcineas, y así lo cuenta.

¿Pero en quién se inspiró Cervantes para componer a Dulcinea? Parece ser que en doña Ana Martínez Zarco de Morales -algún erudito local se afanó en demostrar que «Dulcinea» es una crasis de «Dulce Ana»-, hermana de don Esteban, noble propietario de la casona que hoy se ofrece al visitante de El Toboso bajo el reclamo (de nuevo realidad y ficción confundidas) de Casa de Dulcinea. Me alejo un poco para captar mejor los blasones que adornan la fachada y que Azorín encontró hace un siglo arrumbados en un rincón (lo que llenó de tristeza al ya de por sí cenizo periodista). De pronto el suelo cede bajo mi pie derecho. Miro. Nada grave: he pisado una mierda de perro. Su autor está tendido unos metros más adelante, a la sombra que proyecta la pared encalada, la lengua fuera y cierto orgullo de artesano en la mirada. Que la simpar Dulcinea disculpe tan escatológico desaire.

Leer más…

Deja un comentario

6 agosto, 2015 · 16:53

Ruta Quijote III: ¡A los molinos!

"Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento..."

«Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento…»

Sobre el otero que domina la llanura sin límite se levanta el Santuario de la Virgen de Criptana, adonde seguramente peregrinó más de dos veces Sara Montiel, no tanto por virgen como por criptanense. La hija más ilustre para el skyline más inmortal e inmortalizado de Castilla: los diez molinos de viento que coronan el espinazo de la sierra, a cuya falda nace el luminoso barrio blanco de Albaicín, y bajando, bajando, se derrama el pueblo entero. Se sopesó conceder a Sara el título oficial de undécimo molino de Criptana, pero se optó finalmente por encerrar su legado en Culebro, nombre del molino que custodia el Museo Sara Montiel.

A los molinos por fin me dirigí una mañana fundente de junio, sudando la cuesta arriba y echando el bofe en el polvoriento ascenso. Hice una parada en el Pósito Real, almacén de grano del siglo XVI que ofrece una portada plateresca y unos muros de mampostería y sillar que ya no se estilan para almacenar grano ni cualquiera otra cosa. Solo esa añeja profesionalidad renacentista justifica la solidez del edificio, cuyo interior hace las veces de sala de exposiciones, aunque la estructura en madera original vale bastante más que los voluntariosos trabajos del diletantismo comarcal. Tiene, eso sí, una estancia dedicada a hallazgos arqueológicos donde se exhiben denarios de la época de Cicerón y curso legal en aquella Hispania, amén de vasijas, ánforas y hasta cuchillos de sílex de la edad de piedra. Y en otra habitación se muestra una pequeña réplica del retablo policromado de cinco cuerpos que dio lustre a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

-Es que se quemó en la guerra -me informa la encargada.

Hombre, hombre. Se quemó. Qué delicioso uso impersonal del verbo. Creo yo que va siendo hora de contar la historia no solo con sus predicados, sino también con sus sujetos. Lo digo porque cultivo hace años la afición de visitar iglesias de España -y de Italia cada vez que puedo-, y en todas las que fueron víctimas del comecurismo incendiario gastan ese coqueto «se quemó» folletos y letreros, guías y audioguías. Ya sabemos que no las quemó Franco, señora: puede usted decir quién fue, que no vamos a abrir un debate cainita ahora por eso. O quizá hay locos que lo siguen abriendo, yo qué sé, y por eso persiste el eufemismo.

Leer más…

2 comentarios

5 agosto, 2015 · 11:23

Que vienen los literales

Las manos de la literalidad tomando el rábano por las hojas.

Las manos de la literalidad hispánica tomando el rábano por las hojas.

Algunos alcazareños se me han cabreado tras leer el capítulo que a su pueblo dedica mi serie quijotesca. Sabía que ocurriría, porque conozco bien el localismo irreductible del español, impasible ante la destrucción programada de su nación pero capaz de levar milicias populares contra el temerario que les toque la cuna. La razón de que Cataluña no vaya a independizarse de España es que nadie, ni en Castelldefels ni en Rota, sabe muy bien de qué habla cuando habla de España. El enemigo es un puro espectro burocrático. Otro gallo cantaría si Mas dirigiera sus aspavientos contra La Puebla de Almoradiel, o contra Ribadesella, o contra Caravaca de la Cruz. Ahí sí iba a tener esa guerra con la que fantasea. Pero con palos y piedras.

Esta susceptibilidad disparatada en lo tocante a la patria chica se le revela a cualquiera que insinúe que Santa Coloma de Alcafrán no es la viva imagen del edén en su estación florida. En nuestra idiosincrasia jamás cuajó un patriotismo nacional homologable a Europa -ni espadón ni acomplejado-, porque su plaza sentimental estaba ocupada por un demencial instinto terruñero, herencia terca de reinos levíticos y taifas estancas. España es así, y si parece unirse en los mundiales es solo porque nos permite mandar una cámara a Fuentealbilla a ver cómo lo vive el paisanaje de Andrés.

Leer más…

2 comentarios

5 agosto, 2015 · 11:04

Ruta Quijote II: Orgullo y humor del hidalgo

Alcázar de San Juan: el niño y el caballero.

Alcázar de San Juan: el niño y el caballero.

Me recibe Alcázar de San Juan con las campanas de la iglesia de Santa Quiteria tañendo de pura curiosidad: quieren comprobar que no se han derretido. Santa Quiteria es una iglesia barroca ma non troppo, de ese primer barroco que se llamó clasicista (en La Mancha hasta el barroco es austero). En la cercana plaza del ayuntamiento hay apostados un rocín y un asno, y adivinad quiénes están subidos encima. Una creciente obsesión por la iconografía quijotesca me obliga a parar el coche en mitad de la travesía, bajar dejando el motor encendido, tirar cuatro fotos al conjunto escultórico y volver corriendo al coche, temeroso de entorpecer el tráfico. Pero detrás no viene nadie.

El convento de Santa Clara me dará cobijo esta primera noche. De convento quedan el nombre y la disposición de las habitaciones, que sigue el orden cuadrangular de un patio que debió de ser claustro. Del silencio claustral tampoco queda nada: suena Tom Petty a buen volumen, y por ser él se perdona la profanación. En una estancia anexa al convento hay un taller de escritura. Lo han denominado, contra todo pronóstico, Escuela de Escritores Alonso Quijano.

Alcázar duerme la siesta a la hora en que salimos a patearlo, pero la duerme sin la heroicidad que Clarín achacó a Oviedo. Nos cruzamos con lugareños que gastan sandalia y tirantes, muy lejos ya de los recios españoles de hábito y armadura que hicieron noble este municipio. Quien no quiera ver en esta degeneración indumentaria un fin de la raza, es su problema.

El Museo del Hidalgo ocupa una modélica casa solariega del siglo XVI, cuyas estancias se disponen en función del patio central («núcleo irradiador de la convivencia», diría don Íñigo Errejón). Nos gusta la etimología de la palabra hidalgo porque no puede ser más elocuente de nuestra psicología colectiva: el hijo de algo, un noble sin alcurnia demasiado documentada, venido a menos, seguramente empobrecido y nostálgico, pero resistiéndose heroicamente a ser asimilado, diluido en la masa anónima. Esto es un español. Si, según Pla, el catalán es un animal que añora, el español vive para reivindicar su ascendencia en línea recta hasta la pata del Cid («No sabe usted con quién está hablando», sueña con poder advertir el español cuando le contrarían); de donde se deduce la sugestiva idea de que el catalán no es más que una exacerbación sentimental de lo español. Un quijote, o sea. No por nada Cervantes escoge, para Damasco final de su andante caballero, la playa de la Barceloneta.

Alcázar es una villa de fundación romana, donde se han encontrado mosaicos del siglo IV, y a la vez un epítome del disparate urbanístico, que ha sembrado el municipio de adefesios en vertical. La burbuja inmobiliaria no deja de tener su punto de quijotada. El pueblo regala algunos anacronismos conmovedores, como llamar a un taller de zapatería Don Pisotón, u ofertar lápidas fúnebres «de auténtico mármol castellano» a pie de calle: dos tiendas de tumbas en menos de un kilómetro, descubrí. Esta naturalidad con que se nos recuerdan las postrimerías es un vestigio de funebrismo barroco, creo yo, cuando nada nos hacía más ilusión para pisar papeles que una calavera humana.

Leer más…

2 comentarios

4 agosto, 2015 · 14:35

Mi ruta de don Quijote. Honda es Castilla (I)

El caballero ya armado en el patio de su venta-castillo, desafiando al cielo de Castilla.

El caballero ya armado en el patio de su venta-castillo, desafiando al cielo de Castilla.

Ancha es Castilla, pero sobre todo es honda. Sobre la estepa rubia, interrumpida por una geometría verde de viñedos y olivares, planea un cielo infinito: el cobalto prometedor de todos los veranos. Arriba la estela de un avión se desmigaja en grumos parecidos a cabezas de coliflor, y entre penachos de gasa las nubes más cuajadas toman una cualidad tridimensional, como si condujésemos el coche bajo un fresco abovedado de Luca Giordano. Nada, salvo el fluir de las rayas discontinuas, ocurre entre el techo y el suelo de La Mancha. Hasta los molinillos iberdrolos, pese a su chillona modernidad, necesitan del viento para mostrar vida, movimiento, historia en marcha; pero comparecen tan quietos como todo lo demás: si el Espíritu sopla donde quiere, en Castilla y en verano desde luego no ha querido.

En un paisaje así sucede que el tiempo se represa -porque el tiempo, como saben los novelistas, no se percibe sin su huella en el espacio-, toma cuerpo, se adensa y gravita hasta abrir una brecha magnética por la que se precipitan todas las angustias coyunturales del viajero. La Mancha engorda la conciencia de quien la recorre, ahondándola, de modo que este empieza dejar un surco invisible a su paso: es un peso nuevo con el que carga, el peso del tiempo castellano, que a veces puede hacerse tan plomizo que obligue al viajero a detenerse del todo, aunque no quiera. Pero a detenerse en un siglo anterior. A esta sensación quizá se refería Unamuno cuando acuñó el concepto de intrahistoria.

Este viajero se propone parar a finales del siglo XVI y principios del XVII, en concreto. Por ahí andaré. Marcará mi camino un empeño quijotesco: seguir los pasos del ingenioso hidalgo en su doliente andadura castellana, entre la ruta que reformuló Azorín y el itinerario turístico que astutamente propone la Junta de Castilla-La Mancha. A Azorín lo ficha El Imparcial y al poco tiempo su director, Ortega Munilla -padre del filósofo-, lo manda a recorrer pluma en mano los escenarios de la novela de cuya publicación se cumplían entonces 300 años. La España de Azorín no había cambiado demasiado respecto de la de Cervantes, de modo que Ortega le dio ánimos, instrucciones y un revólver pequeñito: «Va usted a viajar solo por campos y montañas. En todo viaje hay una legua de mal camino. Y ahí tiene ese chisme por lo que pueda tronar».

Ahora EL MUNDO lo manda a uno -que cuenta los mismos 32 años que contaba Azorín cuando se puso en ruta- a repetir la aventura cuando se cumplen cuatro siglos de la publicación de la segunda parte del Quijote. Pero a uno, que evidentemente no es Azorín, nadie le ha dado un revólver, ni pequeño ni grande, sino una cámara de media tonelada que más que intimidar a posibles asaltantes sospecho que los atrae como la luz a la polilla. Yo la balanceo en todo caso con fiera expresión, decidido a probar que el impacto de un teleobjetivo sobre el cráneo puede ser tan doloroso como el de una botella de vodka. Pero no creo que haga falta, porque he comprobado que por las aldeas que fatigó la triste figura del héroe no merodean turbas de yangüeses ni cuerdas de galeotes, sino enjambres de japoneses con cámaras mejores que la mía, y las ventas en que el ilustre loco veló sus armas o se repuso de un mojicón hoy ofrecen wifi gratis.

Leer más…

1 comentario

3 agosto, 2015 · 14:29