De la entrevista a Pedro Sánchez en la televisión de Pedro Sánchez ya se han escrito todas las tautologías que convienen al caso. Si acaso nos sorprendió que nada nos sorprendiera, acostumbrados como estábamos a los conejos que sacaba de su frenética chistera de mago de barraca. Me temo que la granja de asesores ha sufrido un severo episodio de mixomatosis. Ya no quedan conejos en la colina de Moncloa. Será culpa también del cambio climático.
El justiciable más influyente de la política española recibirá hoy en el extranjero la visita del presidente de la Generalitat, que es un hombre muy amable, como los Fernández. El mullido Illa acudirá a Bruselas, se tenderá en el suelo y rogará a Carles Puigdemont que lo pise en señal de penitencia por todas las veces en que lo acusó de haber huido de la Justicia. O por aquella ocasión en que juró que no habría amnistía «ni nada de eso». O por una vida entera de militancia progresista defendiendo que deben pagar más los que más tienen. Todo esto ocurrió en el cretácico, antes de que Pedro necesitase los siete votos de Junts para aprobar cualquier cosa, incluidos los presupuestos generales, que no son cualquier cosa pero como si lo fueran: como el propio papel ya mojado de la Constitución. Empapado en el grasiento escabeche de los mejillones belgas que constituyen desde hace siete años la dieta principal de nuestro prófugo.
Las cosas han ido demasiado lejos hasta para él. Acaba de colgar el teléfono al CNI y las novedades no son halagüeñas. Más bien son una catástrofe. Lo de Pompeya fue una ola de calor comparado con lo que se le viene encima. Tres nuevos informes de la UCO están a punto de filtrarse. Un amplio dispositivo policial se prepara para un registro exhaustivo en Ferraz. Y el juez ultima el suplicatorio de dos aforados socialistas con altas responsabilidades institucionales. Esto ya no se lo pasa ni Rufián.
Todavía hay formas de viajar de incógnito en esta sociedad hiperconectada. Pongamos que un expresidente español necesita citarse en Ginebra con un prófugo de la justicia sin que nadie se entere. Se puede hacer: Suiza es un país habituado a la discreción, lleva décadas guardando los secretos financieros (y políticos) más inconfesables de su selecta clientela. Pero hoy en día el más tonto puede sacar su móvil y hacerte una foto inoportuna esperando en la cinta de equipajes con cara de párroco en un burdel; o saliendo de una tienda de suvenires con una caja de bombones para agasajar a tu interlocutor, que no en vano pertenece a una reconocida casta de pasteleros gerundenses.
El periodismo de investigación está de enhorabuena. Por fin dejará de ser confundido con los bulos de los seudomedios, con las deposiciones de la fachosfera, con el fango esparcido por la máquina del fango. Con el fascismo, en una palabra. Por fin los demócratas residentes en España encontrarán el referente informativo que venía faltándoles hasta la esperada irrupción de Leire Díez en la escena editorial. No todo lo puede hacer Silvia Intxaurrondo.
Cae la tarde en el municipio madrileño de Soto del Real. Sobre el espinazo de la sierra el crepúsculo pone notas anaranjadas que recuerdan al pelo de Trump, la némesis de nuestro presidente. Él ahora disfruta de unas merecidas vacaciones en La Mareta, pero para el arquitecto de sus legislaturas está siendo un verano diferente. No es que le falte tiempo para descansar: es que ahora le sobra. Y no sabe cómo llenarlo.
En enero de 2012 el crucero Costa Concordia naufragó frente a la isla de Giglio, en la Toscana, por navegar demasiado cerca de las rocas. Murieron 32 turistas, pero la prioridad de su capitán, Francesco Schettino, se ciñó en todo momento a procurarse los medios para su salvación personal al precio de abandonar a su suerte al pasaje. El Tribunal Supremo de Italia terminó condenándolo a 16 años de prisión. El barco fue desguazado cinco años después del impacto.
El PSOE es un búnker flotante que va a la deriva. Se marcha lentamente a pique por el boquete que la cercanía a la corrupción de sus oficiales ha abierto en el casco. Pero el capitán pirata se aferra al palo mayor como en los tebeos de Astérix. El hundimiento ya es físicamente inevitable, pero la tripulación no saltará a los botes salvavidas mientras pueda seguir saqueando la nave del Estado. Ahora bien, esa tripulación no es exclusivamente socialista. Tras asistir al pleno monográfico sobre corrupción de este miércoles cabe preguntarse para qué sus socios de singladura borracha forzaron la comparecencia del capitán Pedro Schettino cuando solo planeaban animarlo. Hacerle el boca a boca.
Que el sanchismo sea un paréntesis en la historia de España. Esto ha prometido Alberto Núñez Feijóo, y si es capaz de cumplirlo no haría falta prometer nada más. El discurso del 6 de julio de 2025 será el rasero por el que habremos de medirlo cuando alcance La Moncloa. Es un listón elevado, porque fue un buen discurso. Sus frases provenían de un lugar más fiable que la ideología: del temperamento reconocible de un paisano de Os Peares, mínima aldea que resumen un río caudaloso y un ferrocarril reciclado en museo. No es ciertamente un sitio al que uno va sino más bien del que uno se va. Él se fue pronto de allí camino del internado, y más tarde de la facultad. Luego marchó a Madrid a trabajar en los gobiernos de Aznar, y después volvió para gobernar la Xunta. Pero tampoco la Xunta era su destino final. Se mudó a Madrid para liderar el PP, pero Madrid ha tardado tres años en mudarse a Feijóo, si entendemos Madrid como el rompeolas del poeta: el punto donde se abren y se cierran los paréntesis de la historia. El emigrante conquistó finalmente su trabajosa condición de candidato de todas las Españas el pasado domingo.