Entre los signos que manifiestan un nuevo renacimiento de la fe entre nosotros suele citarse el disco de Rosalía, la película de Alauda Ruiz de Azúa y el premio Princesa de Asturias del filósofo católico Byung-Chul Han; pero inexplicablemente nadie ha mencionado todavía el papel determinante de Pedro Sánchez en la revigorización de la creencia. Desde Tertuliano, apologeta cristiano del siglo II que no ocultó a los romanos la irracionalidad de su credo sino que la reivindicó («Credo quia absurdum»: «Creo porque es absurdo»), nadie había exigido un salto de fe parecido a sus correligionarios.
Hasta la invención del smartphone la política era un lugar razonablemente inaccesible. No solo eso: también era afortunadamente indeseable. Un pasatiempo aburrido del que se ocupaban periodistas especializados en trance de divorcio, académicos desertores del claustro, víctimas de la selección natural en las pistas de baile y aquel delegado de clase con gafotas de carey que quería seguir siéndolo de mayorcito, más la porción habitual de fanáticos y pícaros. La política atraía solo a cuñados bajo sospecha y sociópatas por diagnosticar, y gracias a eso los políticos se permitían no romper en populistas desorejados. Los portavoces parlamentarios podían incluso hacer su trabajo pensando en las necesidades reales del país a medio plazo, no en la inmediata satisfacción de los instintos tribales del espectador. Porque la atención social no estaba precisamente puesta en el trámite de enmiendas a un proyecto de ley, ni la vida política era una sesión continua de zascas telerreales seleccionados por el algoritmo para alimentar la burbuja ideológica de cada dueño de un smartphone. Se tenía confianza en que unos presupuestos terminarían aprobándose. Y quizá gracias a que nadie miraba mucho se terminaban aprobando.
Si la agonía del marianismo quedó cifrada en el bolso sedente de Soraya, el final del sanchismo se anuncia en el bolso falso de la hija de Yolanda Díaz. El bolso se nos presenta así como el alfa y el omega de un periodo español más accesorio que sustantivo. Que una familia comunista recurra a complementos de mercadillo a mí no me parece tan mal como a su propio Gobierno, que difundió una compaña ceñuda contra los productos falsificados sin reparar en el ejercicio de autoinculpación. Porque el Gobierno de coalición progresista es en sí mismo un gigantesco bolso falso, un Luis Vuitón tendido sobre la manta de un senegalés de la Gran Vía.
Me interesó la distinción entre torpeza y maldad que ensayó el dimisionario Mazón en la esperanza de ser recordado antes por la primera que por la segunda. Y es probable que tal plegaria sea atendida a medida que se enfríe su cadáver político, y con él los odios encendidos por su numantinismo kamikaze. Con el tiempo la gente se referirá a Carlos Mazón como aquel efímero presidente valenciano que tuvo que dimitir porque la riada mortífera de 2024 le pilló alargando el almuerzo con una periodista rubia. Nada menos, nada más.
Aquella mañana Pedro se levantó, se compró unas gafas de existencialista francés en una farmacia y acudió a divertirse al Senado de España, país del que le han hablado tanto que ya sentía ganas de visitarlo. Al parecer se celebraba allí esos días una comisión de investigación porque miembros relevantes del partido, la familia y el gobierno del presidente de aquel país estaban procesados por corrupción. Estas cosas nunca han dejado de asombrar a Pedro, que se indigna a la hora del desayuno cuando se entera por la prensa de las andanzas de gente tan desahogada.
La agonía del sanchismo es como el tazón de cereales de nuestra infancia: en realidad no quieres que se acabe nunca. Por eso estas últimas sesiones de control (¿cuántas quedarán? ¿trece? ¿diecinueve?) hay que llevárselas despacio a la boca, saboreando el copo de maíz inflado recubierto de chocolate industrial, ralentizando la ingesta con la melancolía anticipada de un subgénero literario que hemos practicado jubilosamente y que va tocando a su fin: el de la narración del cinismo político desorejado. Unos años delirantes donde todo fue científicamente mentira. Una plaga de desvergüenza que no sabremos si ha puesto huevos hasta que nazca otro gobierno.
La fusta de doña Miriam Nogueras restalló este miércoles en las nalgas del monstruo de Frankenstein, que se puso a temblar no precisamente de placer masoquista sino de miedo a una eutanasia fulminante. El Gobierno de coalición corrupta o de corrupción coaligada se propone durar hasta el último día de la legislatura, pero eso será si la portavoz de Junts no cumple una amenaza que levantó murmullos en la cámara: «Habría que hablar menos de cambios de hora y empezar a hablar, señor Sánchez, de la hora del cambio». Ingenioso quiasmo que mi pinganillo me devuelve traducido así: «O nos das algo ya para frenar el auge de Aliança Catalana o nos planteamos una moción de censura instrumental con PP y Vox para mandarte de regreso a esa casa de Pozuelo que te pagó Sabiniano con el sudor de otras frentes. Y de lo que no es la frente». Más o menos.
La escalada verbal entre partidarios de García Montero y de Muñoz Machado confirma la agudeza sociológica de Woody Allen, que descubrió que los intelectuales son como la mafia: solo se matan entre ellos. Por entrar y salir rápido de la polémica digamos que no existe tal polémica. Que no procede combate alguno entre polemistas de tan desigual pesaje. Entre un poeta del régimen que montó en un taxi a un endecasílabo (y lleva décadas pasándole al Estado la factura de la carrera) y el último humanista capaz de conciliar con idéntico rigor el cervantismo de fondo, la historiografía hispanoamericana o el derecho administrativo. Pero yo no venía a hablar de intelectuales sino de mafiosos, que últimamente me merecen más respeto.