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Los planes de Ancelotti

Illarra, currando.

Illarra, currando.

Bienvenidos sean todos los hijos pródigos a la casa paterna del Real Madrid 2014/2015, donde estos días se celebra la gran fiesta del gol. Bienvenidos todos los que se desencantaron con precipitación temeraria, todos los impacientes, todos los escépticos, todos los que prestaron oídos a clérigos mediáticos que no predican precisamente madridismo. El equipo ha marcado 18 goles en los últimos tres partidos; para ser un equipo mal planificado, como se decía, la marca no está mal. Todavía se puede mejorar, e incluso importar del tenis el recuento por sets, pero de momento el Madrid divierte, ofrece espectáculo, gana cohesión en lo táctico, abre los telediarios del mundo con los golazos de sus estrellas y deja en evidencia a los críticos de primera hora, que por supuesto ya no recuerdan lo que decían hace dos semanas.

Ancelotti lo ha vuelto a hacer y sería recomendable que se le empezara a respetar como merece, aunque tampoco pedimos peras al olmo. Nos basta con la alegría del madridismo, que disfruta del despegue de su equipo en dirección al firmamento, que es su lugar. Solo faltaba rodaje tras un verano marcado por el Mundial y los movimientos del mercado: más o menos la historia de todos los septiembres. Pero Ancelotti nunca llegó a estar tan preocupado como sus fiscales de rueda de prensa, y ahora sabemos por qué.

Citemos solo algunos de sus méritos: la rápida adaptación de James, la recuperación apoteósica de Cristiano, la forma espléndida de Bale, la respuesta entusiasta de los que menos juegan cuando se benefician de las rotaciones y, últimamente, la esperada reivindicación de Asier Illarramendi.

Quiero detenerme en Illarra porque es un jugador que ha padecido de modo especial la urgencia, la presión, la impaciencia y las comparaciones odiosas que conlleva vestir la camiseta blanca, cuyo peso puede aplastar a cualquier recién llegado si no cuenta con la protección inteligente de su entrenador. Cuando algunos ya daban por fracasado a Illarra y consideraban el suyo un fichaje fallido, y cuando la baja de Alonso brindaba la disyuntiva del ahora o nunca, el joven centrocampista ha respondido que sí, que ahora. Su entrada aportó la clave del equilibrio en Riazor, y frente al Elche se hizo definitivamente con el control del medio, basculando sin descanso y permitiendo a Kroos, a Isco y a James desplegar su calidad ofensiva sin preocuparse de su espalda, perfectamente guarnecida por el vasco.

Hoy el equipo está armado en perfecto orden de batalla, dispone de múltiples alternativas tácticas y su potencia de fuego es temida en toda Europa. Y a nosotros nos encanta que a Ancelotti, como a Hannibal, los planes le salgan bien.

(La Lupa, Real Madrid TV, 25 de septiembre de 2014)

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La del pulpo

No lo intentéis en casa.

No lo intentéis en casa.

Magia blanca resultó ser la de las meigas de Riazor, estadio otrora maldito de cuyas redes hubo que arrancar ocho goles como ocho conjuros que abortan con crueldad la misa negra del antimadridismo. Estaban las cajas de turrón de Jijona embargadas en Alicante para que no llegaran hasta el pobre Carletto, cuyo destino pendía de una victoria en La Coruña, donde el Madrid se la jugaba y tal. Aceptando la premisa, el entrenador de la Décima tiene de momento derecho a engullir turrón hasta que se le almendre la ceja. Jugando en tierra celta en la semana del no escocés, las gaitas prohibidas que siempre madrugan su fúnebre son enmudecieron también. Y de qué forma.

Y eso que el partido empezó brumoso como el tiempo para los blancos, un correcalles sin contrapeso que hacía temer lo peor. El Depor se mantenía replegado atrás pero salía a galope sobre las piernas de Isaac Cuenca, el mejor de los gallegos. El Madrid no conseguía asentar su nueva idea de fútbol-control. Pero arriba hay pólvora como para civilizar Irak, señores. Dicen que Arbeloa no sabe centrar pero lo hizo, y si el centro es demasiado alto o demasiado curvo o demasiado fuerte no importa, porque los muslos hidráulicos y el cuello retráctil de Cristiano han sido creados para graduar el centro al remate y no al revés. Al caer de la estratosfera, con el balón ya en la red, se cree que Cristiano pisó un ajo malaje puesto por las meigas, que perdió así su maléfico poder para el resto del partido.

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Keep calm and Real Madrid

Benzema, James y un portero batido.

Benzema, James y un portero batido.

El Real Madrid debutó en la competición de la que es dueño y señor metiéndole cinco goles al Basilea. Algunos titulares sin embargo ya estaban escritos y daba mucha pereza cambiarlos, así que tras la paliza se prefirió hablar de que el Basilea es una banda que está en la Champions al parecer por capricho personal de la Eurocámara. El día que solo ganemos de dos goles habrá que convocar elecciones, supongo.

La pura verdad es que el equipo ha comenzado la Liga de Campeones como el año pasado, es decir, dando espectáculo, y ya sabemos en qué gloriosa cima lisboeta acabó la temporada. Por supuesto se puede mejorar, juntar líneas y aumentar la concentración, pero la noticia, tristemente para el club de conspiradores de la guadaña prematura, es que el Madrid exhibió ante su público algunas de las jugadas de ataque que explican el llenazo constante del estadio y el brillo limpio de sus estrellas cuando cae la noche en Europa.

De esas estrellas yo quisiera ahora destacar dos, que no son Ronaldo ni Bale, porque elogiar el fútbol de Ronaldo y Bale viene a ser como decir que Velázquez es un buen pintor. Yo quiero hablar de James y de Benzema, precisamente porque tienen detractores, de buena o mala fe, que no entienden el raro talento del francés y que se ciegan ante la calidad cada vez más innegable, necesaria, del colombiano.

La historia es vieja y cada año se repite. James no hacía falta, solo es un maniquí de camisetas, es demasiado bajito, es demasiado católico… lo que ustedes quieran. Pero contra el Basilea fue el mejor jugador de blanco, demostrando una capacidad de adaptación vertiginosa, derrochando movilidad y ejecutando la audacia de ese último pase que entronca con la estirpe de los mejores media puntas que han pasado por Chamartín.

En cuanto a Karim, uno ya empieza a desear que nunca le falten detractores, porque cuanto más le critican, más posibilidades tiene de marcar en ese partido. El martes lo hizo con un golazo soberbio, tras una pared eléctrica con Cristiano que no está al alcance de esos nueves puros que algunos reclaman como científicos locos. Por no hablar de la jugada del cuarto gol, que el francés inició.

Paciencia, señores. La Champions ha empezado y el Madrid sigue donde la dejó.

(La Lupa, Real Madrid TV, 17 de septiembre de 14)

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Madrid bubbaloo

Esquema táctico del Madrid en Anoeta.

Esquema táctico del Madrid en Anoeta.

Los filósofos de la posmodernidad creen que vivimos en un tiempo posthistórico, el fin de todos los relatos, la ideología de la crisis de las ideologías. En un tiempo así la política se reduce a fiscalidad: a decidir cuántos tributos recabas y de quién, y cómo los inviertes. De un modo vagamente análogo, el fútbol posmoderno va girando a tiempo sin jugadas, sin carreras, sin cronología: en el fútbol contemporáneo solo empiezan a contar ya las jugadas a balón parado. Muy pronto las prórrogas se desempatarán con saques de esquina, por estimarse el penal demasiado falible.

Cuando ese estadio se alcance, el Real Madrid jugará la Copa UEFA o como la llamen ahora y se lamerá las heridas contra el Standard de Lieja y rememorará las áureas décadas en que ganaba Champions y salía en Forbes. Eso o aprender a defender los balones aéreos; y la primera es la verosímil, de momento.

Un Madrid sin Cristiano completó una primera media hora brillante en Donosti, enseñándonos a los parroquianos más dóciles que la fe puede conciliarse con la razón. El balón circulaba rápido del interior de Kroos al exterior de Modric, de Isco a Benzema, de Bale a Bale con un caño gozoso de por medio. En el minuto cinco, Ramos había introducido el balón en la red al modo en que Monedero dice que Bin Laden “introdujo” (sic) dos aviones en las Torres Gemelas. Fue un remate a un córner botado por Kroos para demostrarnos que no solo Simeone sabe godinizar el fútbol. Con la ventaja de pared, el Real acorraló a la Real en su área con circulaciones de lujo a juego con el color de la camiseta. Un Madrid bubbaloo. El chicle más codiciado de nuestra infancia, una chuche que estallaba en azúcar líquido a la primera masticación. Así fue el golazo del galés: Luka condujo por banda derecha y vio un hueco inverosímil donde aguardaba apostado Gareth; logró estirar el balón hasta allí, Bale lo pasó a su vez por entre las piernas del zaguero y por último lo recogió suavemente para ajustarlo al palo de Zubikarai. Pura golosina.

Pero ay, ese mismo chicle al cuarto de hora se volvía correoso en la boca, su elasticidad moría como la tersura en la cara de una actriz vieja y al cabo nos encontrábamos mascando un filete de posguerra sin sangre ni sensación, una masilla absurda del color de un hematoma incipiente. Soy madridista irredento y no cerraré la analogía. Pero ganas dieron de salir del bar escupiendo.

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Derbi o lucha de clases

Balón parado, épica india.

Balón parado, épica india.

Partido a partido, patada a patada, el Atleti empezó el curso donde lo dejó, con su fútbol miliciano de mara centroamerindia, más que entrenada, adiestrada por el Cholo. Es el campeón de Liga y el tercer equipo más rico de España –¿qué pensará el Mirandés de sus 100 kiletes en fichajes este verano?– pero el único orgullo con que juega es el del resistente trabucaire tipo cura Merino frente a los ejércitos napoleónicos. Y contra el Madrid, pase; lo malo es que hace lo mismo contra un Villarreal.

Di Stéfano en los cuatro puntos cardinales del graderío blanco, acompañado de música de cuerda y un My Way que va perdiendo su poder de evocación por mero efecto del sobamiento. Arrancó el partido, Kroos recibió y fue zancadilleado. En ese aleph quedaban concentrados la declaración de intenciones, la consigna, el programa, el resumen y el colofón. Pero no se redujo a eso la táctica rojiblanca: también zancadilleaban a Cristiano, a Bale y a Modric; que no se diga de la variedad de recursos atlética.

Pero no se puede decir que al Madrid le sorprendiese todo esto. Sabían muy bien la clase de chapapote táctico que sabe verter su rival, y durante toda la primera parte no acertaron a limpiarlo con su triángulo de parabrisas: Luka, Kroos y Alonso. Había ganas de verlos a los tres juntos, un centro del campo jugón como no se recuerda en Chamartín, pero al término de los primeros 45 minutos se hubo de reconocer lo que de whisful thinking había en esas ganas a estas alturas de principio de origen de inicio de temporada. El croata no se movía bajo la almohada a rayas, el alemán era anulado por la milicia india y el vasco tenía el encargo de sostener el equilibrio demasiado atrás como para lanzar el ataque blanco. Se intentó, en consecuencia, penetrar por las bandas, abusando al principio del carril de Marcelo y Cristiano, al que enseguida cerraban el paso dos retiarios de Simeone con pértigas y nunchacos. Bale y Carvajal se abrían mejor paso a machetazos por la banda contraria, anticipando con cuentagotas la fluidez que alcanzarían en la segunda parte. Benzema se limitaba a esperar, como buena célula durmiente.

Para colmo, un par de pérdidas allí donde el pecado es mortal hasta para el papa Francisco propiciaron sendas paradas de Iker, vendido ante Mandzukic y Saúl, a los que faltó convicción para seguir avanzando y evacuaron disparos flojos. Por lo demás, el partido fluía hacia el clásico asedio numantino sobre la portería de Oblak, que no es Courtois pero tampoco Pinto. Al Atleti le quemaba la bola en los pies de un modo chaplinesco. Rifaban el pelotazo hacia su punta croata: si la bajas bien, si no también. Nosotros a lo nuestro. Únicamente en alguna jugada aislada de Koke brotaba la nostalgia de aquel juego inventado por los ingleses en que se avanza pasando o regateando y se intenta marcar gol. Si la presión fuera hermosa, el Atleti sería la Victoria de Samotracia. Pero.

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In Kroos we trust

Reyes de Europa. Más aún.

Reyes de Europa. Más aún.

Sinunaduda partido de muchos quilates –resumía antes de empezar Radomir Antic en ese dialecto escarpado suyo por el que se despeña toda gramática. ¿Cómo se habrá hecho entender entre tantos equipos españoles como ha entrenado? Junto con el origen del euskera, queda el misterio verbal de Rado para arqueólogos del indoeuropeo.

El Real Madrid empieza la temporada a la altura vertiginosa de su mito, ganando con suficiencia al Sevilla en la campiña galesa que primero vio corretear al niño Gary Bail (en antiqués). El de Cardiff no pudo marcar en su tierra pese a que lo intentó con esa machacona inocencia de sus carreras sustanciales, donde el balón parece mero accidente y el viento silba en su diadema de dama de Elche celta.

Hierro se pinzaba el índice y el pulgar en el banquillo con la mirada tensa y racial, que no tiene nada que ver con la de Zizou. Carletto mascaba chicle; lo mascaría también sobre un vehículo anfibio en Omaha.

Comenzó el Madrid encadenando fallos primorosos en defensa, a un millón el fallo, pero no tardó nada en asentarse y ponerse a desplegar ese juego que, con Kroos y James, ya no podrá ser del todo igual al que detonaba la BBC. Será complementario, pero a nadie se le oculta que, sin renunciar a la tendencia genética a la verticalidad, este Madrid mejorado por el medio deberá perfeccionar la técnica costurera de la circulación paciente y la posesión con sentido. Otra opción es turnarse para que en cada partido se ocupe de marcar los goles una línea distinta, tal es la versatilidad del potencial ofensivo blanco.

Pero un jugador como Kroos es de los que imponen el estilo. Anoche parecía que hubiera ganado no ya la Décima, sino incluso la Novena y la Octava. Qué imperio. Que alemanidad admirable en el criterio siempre correcto para cambiar el juego, para posicionarse, para meter la pierna cuando se debe. Qué bueno es Toni Kroos. Y qué barato, coño.

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13 agosto, 2014 · 10:30

Juanan: año uno

Arbeloa con la Décima y una camiseta con el icono ya del vanpalomaainismo: la Union Jack y la canción de Oasis favorita de Dick.

Arbeloa con la Décima y una camiseta con el icono ya del vanpalomaainismo: la Union Jack y su canción favorita de Oasis.

Estando en Galicia de vacaciones me pidió Juan G. Leániz, de la web Meritocracia Blanca, que participara junto a Hughes en el podcast de la noche del 25, día de Santiago, aniversario de la desgracia de Angrois que segó la vida de Juanan, Van Palomaain o Dick para el madridismo tuitero. Aunque tenía un compromiso esa noche -en concreto cenar en Pontevedra con Jabois, Tallón y Cabeleira, en otra gratísima velada gallega- no quise dejar de participar de algún modo, así que grabé y envié unas palabras de tributo y memoria que este podcast reproduce a partir del minuto 4:18, y que complementan quizá el recuerdo que aquí ya dejé escrito de él, con la pena aún caliente. Recomiendo, si se tiene tiempo, oír la tertulia entera, porque Hughes, Antonino y Juan glosan con libertad y buen sentido el fenómeno de las amistades digitales en el mourinhismo, el carismático influjo que sobre él ejerció Van Palomaain (del puro underground a las abiertas celebraciones de Arbeloa) y, sobre todo lo anterior, la figura polifacética, irreductible y entrañable de Juan Antonio Palomino: madridista genial, tuitero inolvidable.

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Los cuatro predicados del madridismo

Madridismo. Lisboa, mayo de 2014, Praça da Figueira.

Madridismo. Lisboa, mayo de 2014, Praça da Figueira.

El madridismo es una identidad proteica, lo que quiere decir que se puede predicar de diversos modos.

Hay un madridista rilkeano o biológico que explica su afición remontándose de forma inexorable al tiempo detenido de la infancia, la tarde cristalina en que su padre lo llevó a conocer el Bernabéu. Este madridista es un niño grande cada domingo, o cada sábado o cada miércoles, según le apetezca ubicar el encuentro del Real Madrid al capo televisivo que fume más puros en un momento dado. Cuando decimos rilkeano no queremos decir poético, porque la poesía –la literatura– exige el intento individual de nombrar las cosas por primera vez, sino más bien angelical bajo su aspecto feroz de hooligan fiel a un ritual gregario, un sudor coral, un cántico formulario, una masticación común de pipas o cacahuetes.

Nuestro primer tipo de madridista es por tanto bueno y sentimental, y siempre tiene disculpa porque vive en la sencilla verdad de que el fútbol es la patria del hombre contemporáneo, de que el Real Madrid conforma su identidad menos cuestionable y de que la cabalgada de Bale despierta en la memoria el reflejo inmediato de sus propias carreras sin norma en el patio del colegio. Llegado el momento llevará a su vástago al Bernabéu una tarde solar que cristalizará en la retina infantil, y perpetuará así un sentido de pertenencia que pasa de generación en generación según el canon bíblico del pueblo elegido. Esta es la categoría mayoritaria, obra bruta de la genética.

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12 junio, 2014 · 14:16