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Benítez o la llegada del Mesías

De la ley a la ley.

De la ley a la ley.

Según el chiste judío, el oficio más seguro del mundo es el de vigilante de la llegada del Mesías. Pues bien: el oficio más inseguro del mundo es el de entrenador del Real Madrid, cuya duración es tan quimérica como la conquista de todas las ediciones de Champions que resten hasta el fin de los tiempos. Y aún ganándolas todas, seguramente el equipo lo haría con un míster diferente cada dos años, como máximo. ¿Por qué es así el Madrid?

En realidad no es una característica privativa del Madrid. Si nos pusiéramos filosóficos, actitud temeraria cuando se mete uno en un bar (que eso es hablar del Madrid), diríamos que la sociedad del espectáculo es una superestructura del consumismo que acelera el deterioro de la imagen pública, y hay pocas imágenes en Occidente más expuestas al fuego devorador de la opinión pública que la del entrenador de turno del Real Madrid Club de Fútbol. El circo mediático se alimenta de la novedad con bulimia destructiva y trata a profesionales como estrictos fusibles: solo sirven mientras dan luz. Lo intentó explicar Casillas: «Hay gente que sencillamente se cansa de tu cara». No es tan sencillo en tu caso, Iker, pero algo de eso hay, más allá de que a los 34 se pierden los reflejos y, definitivamente, la esperanza de aprender a salir por alto. Sobre el modo en que una leyenda devino un quiste, el santo un traidor, el Jekyll de la campechanía un Hyde de la delación podríamos escribir un libro, pero ese descenso a las sentinas del cainismo merengue y la venalidad periodística no está pagado.

Iker no es ni mucho menos el mayor culpable del año en blanco, y cada minuto que pase fuera del Madrid -si toma este verano la decisión correcta- contribuirá a restituirle la devoción que merece su mito erguido en Glasgow y Suráfrica. Que es uno de los grandes lo prueba el hecho de que se va a ir mal, lo mismo que Di Stéfano o Raúl. Dejando de lado su (no) concurso, el Madrid de Ancelotti funcionó tan solo a ráfagas, algunas épicas, pero el problema del huracán cuando amaina es que deja una calma insoportable. El bar sí la soporta, incluso la ama, y por eso se evacuan estos días en las barras de la capital comentarios como el que oí esta mañana: «Yo no lo habría echao, era formal y educado como el que más». A este respecto evoca Hughes el consejo sabio de su preparador: «Si por las mañanas, camino del despacho, el personal es simpático y te da los buenos días, es que lo estás haciendo mal». Y si te aplaude la prensa especializada, ya no digamos. Ahí está el caso de Luis Enrique, desahuciado por la prensa culé y hoy el español con más capacidad de ajustar cuentas pendientes desde Fernando VII.

Cómo no iba a caernos bien Carletto, por favor. Qué hombre tan admirable y qué entrenador tan guadianesco, capaz de la gesta de Múnich y de las capitulaciones ante Barça o Atleti. La pura verdad -y uno, sin ser periodista deportivo, alguna fuente tiene en ese club- es que Ancelotti perdió la confianza de la directiva cuando dejó ir la Liga de 2014 que redondeaba un triplete para la historia: el primero del Real Madrid. El cabezazo de Ramos (y sobre todo el siguiente de Bale, del que se habla menos) amarró al buen Carlo al banquillo, y el vistoso juego de la primera vuelta de esta Liga parecía que lo atornillaba. Pero un odioso axioma del fútbol determina que esto es como acaba, nunca como empieza. Y la temporada la acabaron los jugadores en el pasillo que va del diván del psicólogo a la enfermería del fisio. Nada nuevo en la esquizoide historia blanca, porque el mandato fijo de la excelencia no puede arrojar mentes equilibradas. Ancelotti la tiene, y esa ha sido su tumba en un club que vive del vértigo perpetuo; Mourinho no la tenía, y ha sido el más longevo en el puesto en lo que va de siglo.

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Ancelotti y los servicios prestados

Por CR, se queda.

Por CR, se quedaba.

Algunos madridistas -y sin embargo ciudadanos con derecho a voto- sospechamos que esa jornada de reflexión que tanto le sobra a la víspera electoral sí procedería al término de una temporada en blanco. Y no digo que no se acabe botando al entrenador fracasado, sino solo que se haga después de haberlo meditado formalmente.

Carlo, o agradeces los servicios prestados o te los agradecemos nosotros –cabría parafrasear el chiste de La Codorniz.

Ancelotti está sentado sobre la silla eléctrica y al otro lado del teléfono no hay un gobernador compasivo sino algo más inflexible que la troika: un bar de madridistas frustrados. Tengo escrito que el populismo no lo inventaron los políticos televisivos sino el banquillo del Madrid, que para la idiosincrasia española cumple desde hace años las funciones odiosas de la casta, o sea, del chivo expiatorio, ese buen amigo. Y no va a hacer falta que el Barça consume su triplete para que a Ancelotti le broten barba y pezuñas, o ceja de cordero dispuesto para el sacrificio. Si el Madrid despide a los entrenadores cuando ganan, el que presente un año vacío ya puede dar gracias de que no se le ponga a recorrer peñas con una ouija.

Ancelotti ha dado cuatro títulos en dos campañas, entre ellos la Décima. ¿Por qué lo echa Florentino?, me preguntan. ¿Por qué fichar a Rafa Benítez, cuyos métodos de matemático jansenista le sientan a un vestuario de estrellas como la lija al culo de un bebé? ¿No es volver a Mourinho, al que se echó por eso? Y si se fuerza a Benítez a relajar su disciplina, ¿de qué sirve un Benítez desbenitizado? Coronando el silogismo volvemos al principio: ¿por qué echar a Ancelotti?

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Al basket lo que es del basket

La Novena.

La Novena.

-Oye, ¿y el Madrid de basket también genera antimadridismo?

La disciplina impenitente de la tertulia lo tiene a uno habituado a repentizar contestaciones, pero esta vez no supe qué responder. Por un lado pienso que el equipo de baloncesto, pese a su gloria equiparable -la Novena soplando en la nuca de la Décima-, se hace más simpático, sus hazañas resultan más ecuménicas, sus títulos siembran más adhesiones sinceras que semillas de resentimiento. Pero pienso también que entre el monoteísmo del fútbol y las confesiones menores de la idolatría deportiva media una distancia insalvable por cuyo camino se van atemperando los odios como las euforias. Y esta es la causa de que hoy tenga tanta razón el antimadridista que empatiza con el título impoluto de los chicos de Laso como el madridista que no termina de consolarse con la Euroliga en el día en que el Barça canta el alirón.

El madridismo circunscribe al parquet la posibilidad de la alegría esta primavera, dejando al margen el pichichi de Cristiano, que alegra lo que alegra y nada más. Y repetir que no basta no deja de enmascarar alguna forma de desprecio al trabajo ejemplar de los Chacho, Rudy, Nocioni, Carroll, Llull y compañía: han tenido que pasar ¡20 años! y perderse dos finales seguidas para asir esta copa.

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Razones del corazón tan blanco

Pregherò.

Pregherò.

Sólo al Madrid le es dado presentarse en unas semifinales con cinco delanteros y ningún portero, según la opinión autorizada, pero todas las apuestas a favor. Ganar con una alineación de especialistas en su puesto es como escribir una novela con argumento: lo hace cualquiera. El Madrid es la vanguardia de Europa, y la vanguardia es hija de un poeta llamado Apollinaire que combatiendo en la Gran Guerra recibió un puñado de metralla que se le alojó en el cráneo, alterando su sistema hormonal: desarrolló pechos que daban leche blanquísima, y acabó muriendo de gripe española. Un madridista típico.

El Madrid cae o vence de estos modos épicos y pintorescos que empiedran su leyenda. La eliminatoria reclamaba esa rara comunión que solo concede el madridismo cuando lo amenaza un largo verano sin título nuevo. Entonces el enigma del Bernabéu se aclara, se pone ecuménico, admite la búsqueda del bien común y coloca los medios en sintonía con el fin. Unidad, rugido, caldera. No hay beso más caro que el del Bernabéu pero cuando lo da, lo da de verdad. Y así salieron los jugadores. Derechos a Verdún.

Nunca se disparó tanto a puerta, ni se acosó tan sostenidamente a la Juve. Arriba brillaba una baliza, rotulada en francés. Y qué primera parte impartió Karim, en disciplinas tan varias como la media vuelta con disparo, el control orientado más asistencia, el remate a la salida de un córner, el tiro lejano, la conducción en contragolpe y la caligrafía constante de un fútbol quirúrgico, inteligente, bellísimo. Benzema o la eficacia de la estética. Benzema o la negación del populismo.

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Corre, Gareth

Dijeron de Zátopek que corría como si llevara un cuchillo clavado en el pecho. Más que un corredor heterodoxo, él fue un existencialista con problemas de atletismo: agonizaba olímpicamente, y parecía que cada uno de sus pasos podía ser el último.

Bale. Corriendo.

Bale. Corriendo.

Alan Sillitoe, en cambio, corría por conciencia de clase. No era japonés sino británico, pero hizo de su soledad de corredor de fondo un sacerdocio obrero a la japonesa, de modo que accionaba sus piernas como palancas de subversión. Cada metro ganado declaraba una huelga contra el hambre impuesta, con la rabia insolente de la juventud.

En cuanto al cansancio auténticamente nipón de Murakami, se trata de celebrar esa penitencia un poco boba del que se agota por narcisismo: por sentir ese bienestar privado que procura al hombre próspero un interludio de sufrimiento gratuito. Es una vanidad de red social con filosofía de galleta china. Y a lo peor, con libro y todo. Es el sudor intrascendente que se suda en la era de la cultura pop, fecunda en idolatrías: el running como religión que hace del chándal una casulla y que sustituye el sursum corda por unos estiramientos, antropocentrismo ful que no pasa de los isquiotibiales.

Gareth Bale es otra cosa. El jugador galés del Real Madrid ha impuesto un nuevo paradigma en el arte de correr, y es hora de que se diga. Gareth Bale es un niño eterno y macizo que corre por encima de sus posibilidades, y muchas veces de las de sus compañeros. Bale no calcula cuando echa a correr: no mide sus pasos, no los acompasa a la longitud y anchura del campo de juego. Su campo de juego es el mundo, como debe ser la niñez. Solo así se logra ridiculizar a Bartra en aquella carrera gloriosa que dio al Madrid la Copa del Rey el año pasado. Solo así se llega a la portería en el momento exacto en que cae la bola repelida por Courtois a tiro de Di María para detonar la salva legendaria de la alegría en Lisboa.

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A Berlín por Omaha

Colombia rindió Camas.

Colombia rindió Camas.

Se sabe que estamos en mayo porque Carletto masca sensiblemente más rápido y la mirada de Hierro en el banquillo se torna vidriosa. Tras la tercera pérdida de balón de Ramos en el medio, el locutor sentenció la temeridad del dibujo blanco con una tautología: «Ramos es un gran defensa central…». También Casillas es un gran portero, tanto que las previas se empeñaban en equipararlo a Buffon, pero el italiano paró un dron de Kroos mientras que, a la primera que pudo, Iker se exhibió tembloroso como teta de novicia. Marcelo completaba la generosidad en el dislate con su alegre anarquía Motown, Pepe y Varane se disfrazaban puntualmente de bruja Befana para hacer regalos a los delanteros bianconeros y Carvajal concedía un penalti tan previsible que estaba contado ya por Hermida. Para redondear el guión marcó Morata, a quien en la grada del Bernabéu están reivindicando a toda prisa erigiéndole un pedestal sobre cáscaras de pipa.

Podríamos extendernos sobre la debilidad defensiva del Madrid si su aturdimiento ofensivo no reclamara igualmente nuestra atención. Cuando Cristiano abusa de la finta retórica está delatando la advertencia de Blake: el que desea y no actúa, engendra la peste. Su gol incalculable fue un invento del niño macondiano que es James, cuya zurda es un machete para desbrozar catenaccios y su mente un perpetuo estado de gracia. Pero necesita reparto para montar su obra. Bale tenía bastante con mantener sujeto el gemelo a la pierna mientras corría, y acabó sustituido por Jesé. Y en ausencia del añorado deshollinador francés, Ancelotti se encomendó a Chicharito. No soy capaz de recordar una ocasión, aunque el equipo mantuvo la fe y trabajó la presión en circunstancias francamente hostiles. Ya lo de chutar a puerta es como salir investido en primera votación: no está la cosa para esos lujos.

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Y sigue siendo el rey

Fe azteca.

Fe azteca.

Con dinero el Madrid, y sin (tanto) dinero el Atleti, en el fútbol uno no siempre hace lo que quiere, ni su palabra es la ley; pero anoche un delantero venido de México, sin trono (aunque con reina), permitió que el Madrid siguiera siendo el rey. Javier Hernández, devoto y luchador, sin la exquisitez letal de Karim, con el fuego que en el francés nunca prendió, acometió una y otra vez la portería blindada de Oblak y su plegaria fue finalmente atendida.

Corría el minuto 38 cuando Robinson definió la situación con la solemnidad de un hispanista: «No tiene continuidad el juego del Atleti». No lo habría expresado con mayor circunspección el finado Raymond Carr. Nosotros creemos sin embargo que en la discontinuidad de su juego consiste precisamente la continuidad del estilo rojiblanco, y hace muy bien en no interrumpirla con ambiciones asociativas, no hablemos ya de marcar un gol. Mediada la primera parte Simeone pidió a los suyos intensidad, que ya sabemos lo que significa, y si alguien lo olvida sale Raúl García.

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Master Chof

Bale creando un héroe.

Bale creando un héroe.

Vestía Simeone de negro riguroso en recuerdo de Günter Grass, pero antes de que se cumpliera el cuarto de hora ya había empapado en sudor la camisa a fuerza de brazadas enérgicas, que es su forma de reclamar intensidad en el césped o invocar respaldo en la grada. ¿Qué pasaba para que el Calderón necesitase de estímulo contra el Madrid? Pues que el Madrid olvidaba las demasiadas cuitas de los últimos derbis y se plantaba en el Manzanares como antaño: con el estandarte SPQR del campeón de Europa. Aleluya: presión alta, concentración defensiva, control del balón que reduce al córner fortuito y al remate lejano la mejor ocasión del rival. Al descanso los de Ancelotti solo habían suspendido una asignatura, precisamente la troncal: la pegada. Cada vez que Bale falla un mano a mano se funde un neón en Times Square. Oblak, justo es decirlo, se doctoró en la parada a bote pronto: anoche parecía capaz de despejar un balón de rugby, un dron, una intención de voto.

El Atleti no quiso o no supo plantear un partido premoderno de esos suyos en los que el balón parece cuadrado a fuerza de no rodar, aunque Mandzukic hizo cuatro faltas en ocho minutos, lo que ha de merecer algún reconocimiento. Lo que mereció en realidad fue un codazo cortante de Ramos al inicio de la segunda mitad que lo desquició, como siempre nos desquicia un poco la vista de la propia sangre. Al croata lo tuvieron que recomponer en banda como al San Juanito de Miguel Ángel. Pero hay que decir que no fue un partido violento. Pese al altísimo ritmo, se apreciaba en los jugadores un metafísico sentido del tiempo: quedan 90, no nos volvamos locos. Exceso de tacticismo que lastró la amenidad de la segunda parte. Más de uno se puso a pensar en Master Chef.

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