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El lopeteguismo va a llegar

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«No soy yo, eres tú».

El lopeteguismo es un movimiento que todavía no ha nacido pero que quizá deberíamos ayudar a parir. Antes hemos de reconocernos como uno más entre los millones de españoles en bañador que el pasado julio chasqueó la lengua con desaprobación cuando salió su nombre del cónclave sucesorio del Marqués. ¿Lopetegui? ¿Pero qué ha hecho Lopetegui salvo trabajarse a Villar?, exclamamos todos apresuradamente. Como si hacerse amigo de Villar fuera tan sencillo o tan irrelevante. Y sin embargo don Julen, a la paciencia de acumular trienios en la Federación, añade ya dos méritos extraordinarios por opuestos: hospedar a Casillas en el Oporto y desalojar a Casillas de la Selección.

Ustedes saben que el debate sobre Casillas, esa Casillomaquia que duró lo que una legislatura estándar (2012-2016), no fue sino el preludio del bloqueo institucional que tiene congelado el Parlamento pero ardiendo Twitter. Discutiendo sobre Casillas entrenamos los músculos linguales que necesitábamos para poder pedalear ahora en las tertulias sobre el no de Sánchez y el aguante de Rajoy. La controversia casillil acabó formando un coágulo en la portería de la nación que don Vicente no se atrevió a sajar, pese a haber optado ya por De Gea. Pero en cuanto Lopetegui accedió al cargo apartó a Casillas como quien saca las tropas de Irak. El armisticio dio fruto, los litigantes confesaron su agotamiento y de momento parece que al fin ha estallado la paz, reforzada por la buena impresión que dejó el juego del equipo contra Bélgica. El lopeteguismo, por tanto, va a llegar, lo que en España no significa en absoluto que vaya a durar, sino que engendrará su contrario, el antilopeteguismo, y en esa nueva guerra entretendremos el rato hasta el Mundial de Rusia.

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4 septiembre, 2016 · 13:11

Y París fue una fiesta

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Historia.

Las finales nunca son bonitas ni falta que les hace, porque a menudo son el feudo de la suerte, y ya se sabe que la suerte de la fea la bonita la desea. Francia ponía el músculo negro y Portugal una melancolía mal peinada que todo lo fiaba a su comandante. Payet, que lo sabía, aplicó el manual de las finales feas y taló el muslo de Cristiano, ese que creíamos blindado como los pernos del puente de Brooklyn. Lo que no calculó Payet es que Portugal es la tierra de la saudade, y con su entrada criminal acababa de abastecer al adversario del combustible de la nostalgia: debían ganar por su héroe caído, como aquella final de basket que España ganó sin Gasol y por Gasol.

Francia, sobrada de fuerzas, no supo capitalizar la baja de la estrella lusa. Sí, reincidió en el duelo tribal entre Sissoko y Rui Patrício, pero nunca se mascó el gol con verdadera fatalidad, y el principito permanecía escondido en el lado sombrío de su planeta. En cambio Portugal se ahormó sin CR como tropa de resistencia, aunque no parecía capaz de meter un gol ni jugando hasta la tercera venida de Obama a España.

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Coloso luso

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Liderazgos.

La contracultura todavía nos seduce, pero en secreto añoramos el clasicismo, la jerarquía, el primus inter pares que lidera naturalmente la manada. El Gales-Portugal prometía un choque de tribus canónicas, cada una con su macho alfa y el resto de la familia suministrándoles balones con la ansiedad de los leales. Bale y Cristiano, sin embargo, encarnan liderazgos opuestos. El galés carga con el peso histórico de la nación, ha ejercido en esta Eurocopa un caudillaje político, casi de estadista; en cambio el luso no es una deidad indiscutida en su país, soporta la tiranía de su propio yo, que no es pequeño, que crece contra los pitos y la estadística y propone la incomprendida pedagogía de la soberbia por méritos propios: esa odiosa capacidad de pagar siempre en goles el cheque enloquecido que su ego extiende desde el mismo peinado. Una delicada moldura entre gym de Fuenlabrada y cenefa Biedermeier, por cierto.

En el minuto 42 tuvimos un vislumbre de lo que pasaría. Portugal botó un córner y Bale se fue a cubrir el primer palo sin dejar de lanzar miradas nerviosas a su cómplice de BBC. Cristiano no llegó a rematar, pero para entonces Gareth ya estaba temblando bajo las redes. Un descanso y varios penaltis no pitados después, Ronaldo accionó en otro córner los tendones de kevlar que cablean sus muslos para colgarse del aire, cabecear con furia y satisfacer su psicología predatoria.

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7 julio, 2016 · 11:03

Modric, la fuente de la eficacia

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El mejor futbolista de la historia de Croacia.

Hubo un tiempo en que los Balcanes criaban genios al mismo ritmo en que los morteros alteraban el plan urbanístico municipal. Será cosa de la «destrucción creativa», que decía Schumpeter. El caso es que Luka Modric (Zadar, 1985), quien es ya unánimemente considerado el mejor futbolista croata de todos los tiempos, aprendió a jugar al fútbol como todos los niños: en la calle. Solo que en su calle caían a diario un número constante de granadas serbias, y la carrera hasta el refugio formaba parte de un juego al que, no nos engañemos, no todos los niños tienen la oportunidad de jugar.

Modric sobrevivió a las bombas pero por poco acaban con él los ojeadores, según narran Vicente Azpitarte y José Manuel Puertas en su deliciosa biografía Luka Modric. El hijo de la guerra. «Enclenque». «Tiene las piernas muy cortas». «Nunca se desarrollará lo suficiente como para jugar en la élite». Son las frases que se interponían entre aquel manojo de talento dálmata y el Dínamo de Zagreb en el que soñaba debutar. Para cuando lo hizo, los ojeadores ya se habían escondido.

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Literatura y boxeo: homenaje a Alí en el Parnasillo de Herrera en COPE

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9 junio, 2016 · 20:06

Las odiosas Once

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Un Lannister en el palco de San Siro, tras la decapitación.

Resulta tentador buscarle un significado a la vida. El Atlético encontró el de la suya y convierte la disputa de un torneo en una epifanía. Nadie le encomendó la misión de redimir a los hombres de buena voluntad a través del fútbol, pero así es como su parroquia afronta cada partido. Lo prueba el tifo que desplegó en la grada de San Siro: «Tus valores nos hacen creer». Es el equipo de las personas piadosas, de los mensajeros de la paz.

El Real Madrid, en cambio, carece de ambiciones trascendentes: es un club existencialista que piensa que ha sido arrojado a este mundo para ganar Copas de Europa. Y a ello se aplica con insidiosa regularidad, partiendo de un lema lacónico: «Hasta el final, ¡vamos Real!». Son los funcionarios de la victoria, y dejan los lujos morales para quien se los pueda permitir. Por qué filosofar si puedes ganar títulos. Para qué reivindicar la justicia si puedes imponer tu dictadura. Por eso las once orejonas del Madrid pasan por ser odiosas al juicio de los moralistas. Que no tienen nada que ver con los madridistas.

Lo curioso es que Madrid y Atleti contradicen en la práctica sus respectivos discursos. El fundador del orgullo colchonero, Luis Aragonés, nunca pidió vocaciones sacerdotales sino solo ganar, ganar y volver a ganar, aunque a la hora de la verdad no lo logra. En tanto que el Madrid ha perdido mucho el tiempo reivindicando señoríos mientras ganaba copas a traición.

Pensé en todo esto cuando descubrí a Jaime Lannister en la sala vip del estadio al filo de las ocho de la tarde. Cuando vi que su intérprete, Nikolaj Coster-Waldau, conservaba ambas manos -una cerveza en cada una- me extrañé, pero no avisé a nadie por no incurrir en spoiler. En lugar de eso recordé el mensaje que me mandó un amigo madridista en mayo de 2014, recién terminada la final de Lisboa: «¡Somos los Lannister!». Y en efecto, el Madrid siempre paga sus deudas. Lo que ocurre es que las tiene contraídas únicamente con su propia historia. Y no ha nacido todavía el matarreyes que lo apee del trono europeo.

Había muchas otras manos ilustres sosteniendo cerveza o champán en la sala vip de San Siro. Al principio impresiona coincidir en la captura del canapé con Lothar Matthäus, con Fabio Capello, incluso con Pier Luigi Collina; pero a todo se acostumbra uno, al champán con bastante rapidez. Ya el autobús que en la tarde del sábado nos conducía al estadio era todo un poema: te encajonan entre Richard Gere, Pedja Mijatovic, Raúl González y Plácido Domingo y tienes que arreglártelas. Pedja me explicó que a dos horas de la final la tensión echa raíces en los nervios del jugador. Más en un año donde no se ha ganado otro título que pueda justificar la temporada. «Me recuerda mucho al 98», se ponía unamuniano el héroe de la Séptima. El más aclamado por los aficionados que esperaban a la comitiva blanca a la puerta de San Siro fue sin embargo Raúl, al que acompañaba su mujer, que grababa con el móvil las manifestaciones del fervor popular. Gritar «¡Raúl, Raúl!» antes de una final de Champions tiene mucho de impetración.

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30 mayo, 2016 · 11:18

Víspera zen en San Siro

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Con Richard camino de Milán.

En el avión que transportaba al Real Madrid a Milán súbitamente saltó la noticia: han encontrado la tumba de Aristóteles. Es la clase de revelaciones que pueden desestabilizar un derbi, no digamos si es el que culmina una Champions. «Nunca se sabe cuándo se empieza a perder una final», murmuraba entre dientes un directivo del club. Los jugadores, sin embargo, no delataron turbación alguna; confesaré incluso que ninguno llegó a quitarse los cascos para preguntar por Estagira. «Hoy están todavía relajados. Mañana la tensión se cortará por los pasillos del hotel». Relajado se veía también a Florentino. A él el sosiego se le advierte mejor cuando se quita las gafas, que le funcionan como una prótesis del carácter; sin ellas parece que recupera la ingenuidad. Uno, por su parte, solo alivió algo la presión cuando coincidió con Gento en un baño de Barajas y con Amancio en la fila del avión: «Si algo temo del Atleti es su estilo de juego. Y no me refiero a jugar, sino a lo otro, a chocar. A ver si salimos nosotros igual».

Por lo demás fue un vuelo silencioso, lo contrario de lo que esperamos que sea el vuelo de regreso. A bordo, Arbeloa recorre el aparato saludando y repartiendo confianza, cumpliendo un papel de cortesía institucional. Los jugadores, cuando van de paisano, visten ceñido pantalón azul e inmaculada camisa blanca, que tanto contrasta con la determinación que tiene pintada en su cara Casemiro. Y que tan bien casa con las canas de Richard Gere, con quien tropecé en el ascensor del hotel. A punto estuve de rogarle que me llevara de compras.

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29 mayo, 2016 · 13:49

La orilla está en Milán

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Una regencia que funcionó.

Nos estropeó Luis Suárez cualquier veleidad lorquiana a las cinco en punto de la tarde, hora a la que morbosamente fantaseábamos con un torero muerto de grana y azul. Sobre todo nos estropeó la metáfora de Boabdil, al que ya imaginábamos con la jeta de Luis Enrique en Granada, con lágrimas parecidas a las causadas por Tassotti. Quia: poca emoción en los transistores y una pregunta en el aire al filo de las 17.40: ¿a qué limbo van los minutos muertos de las ligas sentenciadas? En la cima de la tabla ha ocurrido lo que tenía que ocurrir, para sordina de maletines y paranoia, y sin demasiada tristeza en Chamartín (porque Milán lo impide) ni demasiada alegría en Can Barça (porque Milán lo impide). El Barcelona es justo campeón.

El sorpasso blanco en Liga exigía del club catalán una colaboración autodestructiva para la que su pistolero uruguayo no está programado. Gran jugador, meritocrático pichichi con el que Cristiano aún quería rivalizar hasta el descanso, cuando Zidane lo mandó al banquillo a rumiar sensatez y a embalsar voracidad para la Final. A la que llega el Madrid con la BBC en forma de miura, con Modric abierto de capa y Keylor perfectamente parapetado desde el caballo.

Odiamos los tópicos quizá porque son verdaderos, y uno sagrado dicta que las ligas se ganan en septiembre como las notas del estudiante aplicado. No lo fue el Madrid hasta que los jugadores se sacudieron el yugo de Benítez, completando una segunda vuelta casi perfecta. Nadie dirá que tras mucho remar hoy se murió en ninguna orilla porque el día D cae el próximo 28.

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15 mayo, 2016 · 16:12

Talismán Arcadi

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Road to Milano.

A Borges no le gustaba demasiado el fútbol porque en toda emoción colectiva veía algo indigno. Así empezó el párrafo de una columna en Clarín a propósito de la fiebre del 78: «En un certamen de fútbol, apodado el Mundial, las autoridades repartieron ropa a la gente, para que los turistas no advirtieran que hay pobres en Buenos Aires». Pobres, ricos, fútbol, columnas y emociones colectivas: no se me ocurrió menú más adecuado que servir a Arcadi Espada, catalán, madridista y nostálgico oficial de Benzema que, sin embargo, jamás había pisado el Bernabéu.

-Eso podemos arreglarlo -prometí.

Pudimos de un modo algo aparatoso: nos sentaron en la fila de Rafa Nadal, cuya paciencia con los selfies merecería puntuar para la ATP. El palco del Bernabéu es un ámbito legendario poblado por criaturas mitológicas que resfrían el IBEX con un estornudo, prenden los puros con billetes prohibidos y componen con la imaginación editoriales sobre acontecimientos que todavía no han provocado. La sala tiene algo de onírica, pues en pocos metros coexisten con naturalidad embajadores y deportistas, jequesas y constructores, Margallo y Cebrián, José Mercé y Cristina Cifuentes, Méndez de Vigo -no confundir con Jorge Mendes, que también estaba- e Isabel Tocino, Djokovic e incluso Florentino Pérez, que nos confirmó que Murray no había podido venir (Murray es del Barça). La media de edad es alta y la media cromática de pelo es cana. El sector glorias nacionales parece testimoniar con su presencia el señorío del club: de Luis del Olmo a Luis María Anson -siempre en forma: un ojo en el canapé, otro en la azafata-, de Lorenzo Sanz a Ronaldo Nazario, que parecía el único interesado en el partido: alternó lo justo y se fue derecho a su localidad. En el Buddah lo hacía al revés.

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6 mayo, 2016 · 10:26