Quizá vaya siendo hora de revisar aquella frase de Salihamidzic, cuando Múnich era un castillo custodiado por un dragón llamado Kahn: «Al Madrid si le presionas se caga en los pantalones». Por más que la cara de Heynckes luciera tan tersa como en la Séptima, si no más, lo cierto es que el tiempo ha pasado, un puñado de orejonas han crecido en las vitrinas blancas y ahora las heces del miedo -por muy alta que hagan la presión- las pone el Bayern.
¿Cómo explicar, si no, las lesiones de Robben y Boateng? El miedo es un sentimiento caprichoso y a veces se aloja en músculos distintos del esfínter, como por ejemplo los abductores. Y eso que en la primera parte no hubo razón para el pánico alemán porque el Madrid cedía a la presión local, fallaba despejes y controles y recelaba de James, que llevaba la venganza cosida a la zurda. De ahí nació la contra que cogió a Marcelo flotando en una dimensión alternativa y que Kimmich finalizó con la ayuda de Keylor, un portero tan religioso que a veces confunde la caridad con la concentración. Pero el madridista sabe que maldecir a Marcelo y Navas suele ser el paso previo del más amargo arrepentimiento: lo puede desatar una volea cruzada al filo del descanso del brasileño o una sucesión de paradas inverosímiles del costarricense. Lo cierto es que el gol del Bayern llegó en el mejor momento del Madrid y el de Marcelo cuando los centros al área de Keylor llovían como bombas V2. Al partido le había llegado el empate antes que la lógica, y eso nunca es buena señal para un alemán.

Todos hemos soñado con marcar un gol de chilena. Me refiero a una chilena perfecta, una chilena rara como una gema, como el oro de los buscadores febriles. La chilena es el último ochomil de los remates, el himalaya del gol. El cabezazo imperial, la falta ajustada, el disparo por la escuadra e incluso el taconazo burlón son golazos de ley. Pero la chilena es lo máximo, todos los niños sueñan con ella, y cuando dejan de ser niños alargan la infancia figurándose que aún tienen edad para marcarla si les llegara el balón adecuado.

Queríamos ver al Madrid en Cornellà para confirmar si el David de Tabarnia, que esta temporada ya ha tumbado a Barça y Atleti, se enfrentaba a un Goliath creíble como el que prometía el reciente reencuentro de la BBC con la pegada perdida. Pero Cristiano se había quedado en casa y, en lugar del tiburón, Zidane apostaba por la economía colaborativa del centrocampismo y sus finos estilistas, que es como tratar de suplir un gran banco con la fusión de varias cajas: una estrategia voluntariosa aunque arriesgada. Pero eso hizo Luis de Guindos y ahora vicepreside el Banco Central Europeo.
Mira que lo del Real Madrid en las noches de Champions ya no debería cogernos por sorpresa. Mira que llevan siglos los poetas advirtiéndonos de que la muerte y el amor son la misma cosa. Pero no lo habíamos entendido del todo hasta ayer, con el Bernabéu oscilando entre el sexo y la ceniza, entre San Valentín y la Cuaresma. Finalmente el Madrid se ajustó a los cánones litúrgicos y pasó de la penitencia a la resurrección, como suele hacer varias veces en una misma eliminatoria.






