
Vigilia blanca.
Ya que los ultras no dejaron dormir a los jugadores del Madrid, los jugadores del Madrid decidieron presentarse en el campo de empalmada y cerraron la eliminatoria sin pestañear. Uno no gana tres Copas de Europa en cuatro años si no sabe administrar bien sus vigilias. De este modo la sorpresa se la llevan todos los que te habían dado por dormido. Y no les culpamos, porque Zidane es hombre tan sosegado que lleva a equívocos fatales. Hay que imaginarle como la mantis religiosa que primero se confunde con la planta sobre la que reposa y un minuto después aparece devorando tranquilamente a su presa, que muere antes de empezar a saber qué falló. De ahí la cara de Emery, por quien deberíamos empezar a llevar un lazo todos los demócratas.
Ahora ustedes escucharán más mofas de Emery que elogios a Zidane. De súbito el PSG habrá perdido toda su capacidad de intimidación y habrá vuelto a ser el eterno conglomerado de mercenarios sin pedigrí reunidos a golpe de petrodólar. Pero eso en cristiano se llama lanzada a moro muerto, y que el jeque Al-Khelaifi me perdone. Si París fue una siesta es porque el entrenador francés planteó una malla en el centro de campo tejida por la ubicuidad de Casemiro y sujetada por Lucas y Kovacic, y el partido entero quedó retenida en ella.
Queríamos ver al Madrid en Cornellà para confirmar si el David de Tabarnia, que esta temporada ya ha tumbado a Barça y Atleti, se enfrentaba a un Goliath creíble como el que prometía el reciente reencuentro de la BBC con la pegada perdida. Pero Cristiano se había quedado en casa y, en lugar del tiburón, Zidane apostaba por la economía colaborativa del centrocampismo y sus finos estilistas, que es como tratar de suplir un gran banco con la fusión de varias cajas: una estrategia voluntariosa aunque arriesgada. Pero eso hizo Luis de Guindos y ahora vicepreside el Banco Central Europeo.
Mira que lo del Real Madrid en las noches de Champions ya no debería cogernos por sorpresa. Mira que llevan siglos los poetas advirtiéndonos de que la muerte y el amor son la misma cosa. Pero no lo habíamos entendido del todo hasta ayer, con el Bernabéu oscilando entre el sexo y la ceniza, entre San Valentín y la Cuaresma. Finalmente el Madrid se ajustó a los cánones litúrgicos y pasó de la penitencia a la resurrección, como suele hacer varias veces en una misma eliminatoria.










