Ciudadanos antes que afiliados quedan pocos en su partido. Poquísimos. Pero si no lo calló ETA tampoco va a hacerlo el miedo a los expedientes intimidatorios del sanchismo. Redondo Terreros sigue siendo un ejemplo de coherencia, lo mismo solo que acompañado.
¿Está resuelto el expediente que le abrió el PSOE?
El expediente concluyó hace casi un año con mi absolución, después de mis alegaciones. Quedó abierto el de Leguina.
La enfermedad infantil del izquierdismo es el nominalismo. La ilusión de que la fea realidad desaparece cuando le cambiamos el nombre o cuando dejamos de nombrarla en absoluto, como el monstruo que acecha en la oscura habitación del niño se esfumará, piensa, en cuanto meta la cabeza bajo la manta. Un niño se diferencia de un adulto en que todavía no se atreve a llamar a las cosas por su nombre, así que les inventa otro. Y la misma diferencia separa a la izquierda de la derecha cuando la izquierda se resiste a crecer y cuando lo único que tiene la derecha es la razón. En ningún lugar como en España se entabla tan claramente esta dialéctica de sordos.
Ha pasado el tiempo y tu derrota es completa. Siempre se te dio bien acuñar fórmulas eficaces, pero al monstruo de Frankenstein que denunciaste en 2016 se le han borrado las costuras. Nadie sabe ya dónde termina el PSOE y dónde empieza Podemos. Cuando a los diputados socialistas les preguntan uno a uno por Junqueras, el grupo parlamentario se alza unánime y contrito para implorar el perdón del sedicioso. Si a la militancia le das a elegir entre Otegi y Feijóo, no dudará en dar la espalda al PP -con el que firmaste el pacto antiterrorista- para fundirse en un abrazo con tu viejo enemigo. Advertiste de que vencida la banda comenzaba la batalla del relato, pero tu secretario general le ha entregado la pluma del BOE a Batasuna para que reescriba esa historia que empezó con la cabeza baleada de un guardia civil de tráfico en Guipúzcoa y acaba con la Guardia Civil de tráfico fuera de Navarra.
Los ufólogos de ese fenómeno paranormal llamado sanchismo han advertido una progresión acelerada de la curvatura entrópica en la fase final del mandato. Esto significa que el sanchismo se estaría curvando a gran velocidad sobre sí mismo, como la espalda de un anciano prematuro,lastrado por la culpa que él no puede sentir pero sí sus votantes. De seguir esta tendencia, el sistema que gira en torno a Sánchez quedará encogido, bunquerizado como una cochinilla galáctica o un agujero de gusano que aspirará a la izquierda española. A Fidel la historia no lo absolverá, pero a Pedro seguramente lo absorberá.
La suelta de violadores favorecida por el Ministerio de Igualdad está contribuyendo a extender la opinión de que Irene Montero debe dimitir. A mi modo de ver, la salida de doña Irene del Gobierno supondría un error fatal que coronaría el himalaya de errores fatales que viene levantando esta larga legislatura del desaliento, y que amenaza con hacer perder el juicio a los españoles minutos después de que hayan perdido la esperanza.
Verás, Pedro. No eres el primero que se alía con delincuentes para tomar el poder. El catálogo suramericano de Netflix está repleto de casos como el tuyo, y a la serie que aún protagonizas solo cabe pedirle que narre tu auge y tu caída con la máxima fidelidad. En la primera temporada se te ve acusando de rebelión a los golpistas y prometiendo el endurecimiento de la pena por referéndum ilegal. En la segunda se ve al mismo actor en otro papel, traicionando al bloque constitucionalista y vendiéndose al separatismo para ganar la moción, en la esperanza de gobernar un día en solitario. En la tercera ya has renunciado a emanciparte y asumido que los españoles no te quieren tanto como tus caseros, de modo que pasas a compartir su relato (no hubo sedición sino desorden) y sus enemigos: los jueces que los condenaron por okupar la casa de todos. Con los ojos enrojecidos y el pelo cenicientoculpas al PP del alzamiento de tus socios contra todos los españoles. Inventas una homologación impertinente para un código de 1995 tras abusar de una medida de gracia de 1870. Y montas un falso dilema entre la Cataluña de 2017 y la de 2022 olvidando la de 2002, con Aznar en La Moncloa, cuando Artur Mas juzgaba «anticuada» la independencia. Todo tú eres mentira, Pedro. Falso como una pesadilla que se acaba.
Empieza a cundir el convencimiento de que Pablo Iglesias se cortó la coleta para que no le estorbara el manejo del piolet. Cuando renunció al escaño a la vez que a la cabellera todos pensamos en los arquetipos del indio o del torero: imágenes del fin, de descabello o retirada. Pero Iglesias, en un claro ejemplo de maskirovka soviética, se estaba yendo para quedarse. Quería el poder sin sus horarios, consciente de lo difícil que resulta conciliar la responsabilidad de un cargo electo con la ingesta masiva de series de televisión. A medida que su melena sansoniana se extinguía, la de Yolanda Díaz ganaba volumen y brillo. Demasiado brillo, concluyó pronto su arrepentido mentor. En el campamento preelectoral de Galapagar aún conocido como Unidas Podemos ha sonado el grito de guerra, y en la mejor tradición de la extrema izquierda se trata naturalmente de una guerra civil.
Esperábamos una salida en tromba de Sánchez contra el PP, un maltrato verbal a doña Cuca propio de un rapero al que le acaban de retirar el patrocinio de sus zapatillas. Nada de eso. El presidente estuvo manso frente a la oposición y medroso bajo el látigo de sus socios: algo está pasando que de momento solo saben en Moncloa. ¿Se habrá torcido el rodaje de la serie? ¿Será la investigación de la BBC sobre la matanza migratoria en la frontera con Marruecos? ¿La recesión viene peor de lo esperado? ¿Las encuestas platean las sienes de los barones? ¿Puigdemont prepara podcast?