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La barbarie de los programas de cocina

El espejo del alma.

El espejo del alma.

Cómo que qué tengo en contra de los programas de cocina. Lo tengo todo en contra, todo. Hubo un tiempo en que la afición culinaria delataba al bon vivant, en que comer bien iba indisolublemente aparejado con hablar bien, en que las madres repetían que en la mesa y en el juego se descubre al caballero. Pero la tele ya no enseña nada de eso sino al señor Chicote, un Sancho Panza con mandilón situado a mil jodidas millas de ser un caballero en la acepción que manejaba Brillat-Savarin, fisiólogo del gusto, francés perfecto que fundó la moderna literatura culinaria.

Me enoja esta moda menestral de los programas de cocina que infestan la parrilla televisiva de las cadenas privadas pero sobre todo de las cadenas públicas: ¿qué eso de que los contribuyentes depauperados estemos pagando la confección de unos platos suntuosos que no nos vamos a comer? ¿Cómo vamos a seguir embaulándonos tristes sándwiches y latas de Litoral frente a una pantalla cargada de suculencias inaccesibles cocinadas por chivos expiatorios de la dictadura del reality?

Todo lo empezó Ferrán Adrià, cuyo restaurante postinero era frecuentado por respetables hombres de letras de la derecha y de la izquierda –a partir de los 3.000 euros al mes se suavizan todos los extremos ideológicos: las dos Españas quedan perfectamente soldadas–, personas que sabían conversar. Personas que habrían leído El libro de la cocina española de Néstor Luján, quien postuló en este autorretrato esa necesaria correlación entre las funciones vitales de nutrición y relación: “Me gusta comer, beber, hablar con los amigos, y no creo haber sido un mal conversador. Soy enemigo de la intolerancia y de la perfección, de los predicadores de las dietas y de los administradores de las depresiones saludables. Adoro a la gente inteligente, porque pienso, alarmado, que tener ideas pronto será considerado como una enfermedad de psiquiatra”. Pero Arguiñano jamás será capaz de balbucear nada parecido a esto, y al genial Adrià –decimos genial Adrià como decimos bella Afrodita– una noche de juventud se le cayó toda su capacidad dialéctica en el puchero del nitrógeno líquido.

¿Y no actuarán de oficio los psiquiatras nacionales alarmados como Luján ante esta morbosa exhibición pantagruélica en un país de parados? ¿Qué clase de anémicas mentes sancionan en los audímetros esta opulencia empalagosa de comida por la tele a todas horas? Todo colectivo humano se obsesiona con aquello que tiene prohibido: el comunista con el dinero, el meapilas con el sexo, el nacionalista catalán con lo español, el parado con la comida. Ahora todos abrigan deseos de ser chef, y yo digo que esa pulsión es la misma que llevaba al hidalgo del Lazarillo a colocarse un reguero artificial de miguitas en las comisuras de los labios para echarse a la mísera calle de la España renacentista a fardar de atracón.

Pero quizá sea más sencillo que todo eso. Quizá sea simplemente que mientras cocinas y comes no tienes que pensar gran cosa, algo que siempre asusta al público. Es como programar un documental en donde los protagonistas no zigzaguean por la sabana tras una gacela de Thomson sino que pelan patatas o escalfan huevos. Un producto meramente animal, vaya.

Hace un año y medio cubrí el III Congreso de Mentes Brillantes al que, en un innecesario alarde de ironía macabra por parte del organizador, fue invitado como conferenciante estrella el amo de El Bulli. Tras oírle encadenar penosamente una abrupta ringlera de fonemas, en una crónica que titulé “La Bullipedia no es una logopedia”, escribí esto: “Concederemos que Adrià cocina bien porque yo no distingo un fogón de un orinal, pero eso no prueba sino que cocinar bien exige aptitudes intelectuales muy inferiores a las que demanda la emisión de un discurso articulado, mínimamente inteligible, equiparable al menos en eficacia comunicativa a la gestualidad rudimentaria de los niños-lobo, ya que no al sofisticado sónar de los delfines”.

Padecemos en esta hora una fiebre de televisión gastronómica que cabe atribuir también a la muerte reciente de todos los guionistas españoles. En su defecto, sale barato montar realities de cocinillas aficionados y dejar que sus rencillas miserables se derramen sobre el altar público de la santa audiencia.

La etnología ha dado noticia de cierta tribu suramericana cuyos miembros se escondían para comer, cada indio tras un árbol, horrorizados ante la posibilidad de que otro compañero les viera meterse cosas en la boca. Nosotros, menos sofisticados, hemos aceptado practicar una actividad tan grosera como comer en compañía unos de otros a cambio de satisfacer un peaje de urbanidad y buenas maneras, la primera de las cuales estipula que la comida ha de funcionar siempre como un accidente aristotélico de la conversación, que es la verdadera sustancia. Y he aquí que va la tele y eleva la manduca a centro y fin de su prime time, mientras los espectadores aplauden y salivan.

Una sociedad que sacraliza de este modo la cocina, que la vacía de su dimensión humanista –la filosofía nació en los banquetes, incluso el amor platónico nació en El banquete–, es una sociedad de animales que se figuran heraldos del sibaritismo. Cuando en la mítica Síbaris no habría sitio para Chicote, porque los gritos estaban prohibidos a fin de no perturbar la placidez vital de los sibaritas. El materialismo zafio de Master Chef no tiene nada que ver con La casa de Lúculo de Julio Camba, y la expulsión del programa de un aspirante no cabe en la sentencia de Cunqueiro según la cual “un fracaso coquinario equivale a un fallo en el meollo mismo de la civilización cristiana occidental”.

Mucho me temo que de la civilización de Cunqueiro solo queden las sobras. Pero a mí no me importa porque yo, como Rajoy en las cumbres, soy un decidido partidario del tupper.

(Publicado en Suma Cultural, 11 de enero de 2014)

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El cañón contra el mosquito

La oposición insiste en que España es el coche de Rajoy que avanza hacia el precipicio en Rebelde sin causa. Rajoy conduce su coche con don Tancredo de copiloto y parece inmune a todo vértigo. Con él pretende emparejarse Artur Mas, la persona, que lleva de copiloto a Artur Mas, el político, y entre ambos se entabla un diálogo artúrico ininteligible, de hecho equivalente a la dicción de Luis Moya. Desde fuera, apostada en el borde mismo del barranco se halla Rosa Díez con la bandera de cuadros: su función consiste en levantar acta del momento justo en que descarrilará el Estado. Así por ejemplo a cuenta de la elección compadreada de vocales del CGPJ, que Díez explica con la teoría del pacto entre bomberos que no se pisan la manguera ante el incendio bipartidista de la corrupción:

–UPyD va a dar esta batalla hasta el final. Esto se ha hecho con obscenidad y alevosía.

Todos sospechamos que la vocación de partido antipartidos de UPyD durará lo que tarde en pisar moqueta, pero entretanto la voz cafeínica de la lideresa magenta zumbará en los oídos de Rajoy, a quien solo Rosa Díez logra enrabietar como ya le gustaría a Artur Mas.

–Deje de agredir a esta Cámara, que con el 93% de los votos sancionó el procedimiento vigente. Sea usted un poco más modesta.

Contestada Díez, el ademán impasible regresa al rostro de don Mariano y no se le crispa lo más mínimo cuando el tribuno Cayo le pide que tenga por Navidad un detalle con los españoles y dimita. Se relaja tanto el gallego cuando le mientan la dimisión que incurrió en un paralelismo sintáctico con aquella solemnidad funesta de Zapatero:

–España no es como usted la pinta, señor Lara. Hoy estamos mejor que el año pasado pero peor que el año que viene.

Cuidado con según qué vaticinios, presidente, que la última vez que un inquilino de la Moncloa construyó esa frase estalló la T-4. Lo cierto es que detecto en Rajoy un conato reprimido de triunfalismo económico que puede cursar con imprudencias y abusos retóricos muy alejados de su imbatible estilo tancredista, como cuando le ha reprochado al dirigente de IU que se encontrara en Cuba mientras él celebraba la Constitución. Cuando se cañonea al mosquito el público se pone siempre de parte del mosquito, fenómeno que resume la personalidad y el destino de Cristóbal Montoro. Al ministro de Hacienda le inquirió un diputado opositor por su afición al uso arrojadizo del secreto fiscal y Montoro respondió que cada vez que le habla un socialista recibe una lección de humildad y moderación. Es tan incurable el sarcasmo en Montoro como la afasia en Messi.

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18 diciembre, 2013 · 17:53

Madrid, rompeolas de todas las basuras

La Justicia en España no es ningún cachondeo sino un salón victoriano de caballeros que ponderan las virtudes del garantismo entre chupada y chupada a la pipa de ébano. Solo así se explica la premura exquisita en la aplicación del enjuague estrasburgués a los Dexter de la boina o la generosidad franciscana con el jefe de máquinas y el capitán del Prestige, que no en vano atiende por Apostolos. Tanto gritar nunca mais para acabar así y con Rajoy remontando en las encuestas. A veces, por debilidad, se deja uno llevar por esas gotas de sangre jacobina, pero en la calle y en el Twitter te engordan tanto la expectativa que la decepción termina resultando indefectible.

De todos modos, ahora que parecen sellados del todo los hilillos del caso Prestige en Galicia podría ser buen momento para retomar la protesta higiénica en Madrid, que no tendrá mar pero nada en chapapote. La mierda empieza a superar tal nivel que en National Geographic ya se plantean redimensionar la Meseta Central y elevarla a la categoría de cordillera. Entretanto, Ana Botella culpa a los líos privados que se traen concesionarias y sindicalistas, que han hecho de Madrid el teatro público de su agria polémica salarial. Botella, por lo menos, no se ha ido a Lisboa, algo es algo, pero modestamente opinamos que podría hacer más. Incluso podría aprovechar para irse a su casa.

Si usted quiere un aumento o pretende contener la rebaja salarial decretada por su jefe no se va a la Cibeles y defeca en la corona de la diosa. Pero eso es porque usted no tiene la suerte de pertenecer al gremio de los barrenderos sindicados, los cuales configuran el verdadero pilar de la democracia y no el periodismo, que de hecho esparce más que recoge.

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14 noviembre, 2013 · 11:55

Urgencia es antónimo de Rajoy

Luis de Guindos reconoce que nunca ha visto un billete de 500 euros y esta declaración debe tranquilizarnos a la mayoría de los españoles, que tampoco hemos visto uno jamás. Para ver esas cosas hay que irse al Madison Square Garden o a la Cañada Real, una de dos, y en ambos casos se recomienda haber sido boxeador, que solo se parece a trabajar en Leman Brothers en las inyecciones de activos tóxicos. A un gobierno se le pide representatividad, y un ministro de Economía español que se precie de representativo no puede haber visto nunca uno de 500 salvo cuando se asoma a Suiza mediante un pantallazo en el iPad implacable de Montoro, que empieza a ser el político occidental más odiado desde Joe McCarthy. Le odian los ricos por rondarles la Sicav, le odian las clases medias por levantarlas de los tobillos hasta que caiga el último tributo y le odian los pobres porque es feo.

Montoro –¡con su incongruencia afectiva o paratimia aquí diagnosticada!-, Guindos y Sáenz de Santamaría formaron el famoso viernes de dolores la troika doméstica de la desesperación a falta de Mariano Rajoy, que no quiere salir para no influir en los mercados. De todos modos Rajoy ha anunciado que comparecerá en el Congreso el 8 de mayo para explicar lo inexplicable y yo he pedido en Twitter que lo haga brotando de un elevador habilitado bajo la tribuna de oradores, como un Michael Jackson del parlamentarismo pop, que sería aquel que sustituye las razones por el espectáculo. Porque aquí las razones, de puro transparentes, resultan inexplicables: del mismo modo que según Lineker el fútbol es un juego simple en el que 22 hombres corren detrás de un balón y al final siempre gana Alemania, la democracia bajo el euro es un sistema de gobierno en el que 17 países miembros jadean en pos del crédito cuya soberanía reside en Berlín.

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1 mayo, 2013 · 13:15