Me escribe gente espantada con lo que está pasando y no entiendo por qué. Comprendo la depresión de mis amigos de izquierdas -los que aún vinculan su identidad política con la igualdad, no con el paquete que marca el timonel-, porque les han robado el partido y las causas por las que lo votaron. Pero me sorprende que mis amigos liberales y conservadores se dejen llevar por cierto pesimismo paralizante. Incluso me enfada. ¿Pensabais que la democracia es natural como el yogur o gratis como la radio? ¿Leísteis que el precio de la libertad es la eterna vigilancia en una taza de café con leche de soja?
Discípulo de Octavio Paz, referente del liberalismo hispanoamericano, azote de AMLO y director de ‘Letras Libres’, Krauze acaba de ingresar en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Desde ella seguirá tendiendo puentes entre España y América.
¿Qué supone para usted el ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas?
Un gran honor, que agradezco a mis colegas. Pero también supone una responsabilidad: la de seguir tratando de construir puentes de entendimiento y comprensión entre México, Hispanoamérica y España.
Alguien dijo que escribir en periódicos es llevar cada día flores a nuestra propia tumba. Como los hombres que fuimos, como las mujeres que amamos, los artículos de prensa están por naturaleza excluidos de toda participación en el mañana. Y ahora que nace noviembre parece más difícil creer en la inmortalidad de un oficio que tanto tiene de oficio de difuntos. Pero no porque las flores se marchiten dejamos de regalarlas, y no porque las frases caduquen al paso frenético de la actualidad renunciaremos a extraerlas del cerebro o a bombearlas desde el corazón en la esperanza de que el lector unte nuestra idea en la tostada y trasiegue una metáfora con el café.
No es habitual que el gran creador coincida con el teórico sutil. Pocos escritores son minuciosamente conscientes de la fórmula literaria que ponen en práctica, de sus deudas y su novedad. Italo Calvino pudo hacerlo porque se apoya en el punto de equilibrio entre clasicismo y vanguardia. Su obra crítica versa a menudo sobre el primero, pero la originalidad de sus narraciones bien merece la etiqueta de experimental.
Calvino resolvía la aparente contradicción citando a Raymond Queneau: «El clásico que escribe una tragedia observando cierto número de reglas que él conoce es más libre que el poeta que escribe lo que le pasa por la cabeza y que es esclavo de otras reglas que ignora». Frente a los tópicos de un romanticismo trasnochado, nuestro ensayista sabía que el respeto a la estructura permite la libertad. Sus ficciones son artefactos perfectamente medidos, pero causan un efecto de improvisada ligereza que disfrazan de juego el significado.
El más leído de nuestros novelistas no habla nunca de escribir novelas: habla de hacerlas, con orgullo fabril. Esa consumada artesanía se aquilata ahora con El problema final, la feliz incursión en el género detectivesco clásico de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), que enreda al lector en un juego perverso y elegante de la mano de un Holmes conradiano y un Watson español. Una novela magnética, técnicamente perfecta, que envasa la nostalgia no como una queja amarga sino como un aroma delicioso. Un retorno a la inocencia.
Todo escritor tiende a pensar que su último libro es lo mejor que ha escrito. ¿Cuál es su listón interior, esa obra de referencia con la que se mide cada vez que se pone a escribir una nueva?
Una novela corresponde a un momento y a una intención. No hay mejor novela como tal: cada una responde a lo mejor que puedes o quieres hacer en un momento dado. El club Dumas (1993), por ejemplo, es una buena novela. El pintor de batallas (2006) es mi novela, digamos, más seria, más densa, más importante como novela. Pero cada novela me pide el momento en el que está escrita, así que no puedo decir si una es mejor o peor. Quizá mejor técnicamente sí, pero tu mejor novela no es tu última novela. Hay autores que están muertos y no lo saben, los mataron los lectores o ellos mismos se suicidaron hace años y no se dan cuenta. Por eso es tan importante estar pendiente de los lectores. Pero no de los amigos, que nunca te dicen la verdad. Hay que salir fuera, mirar librerías, no encerrarte, mirar cómo te ven y darte cuenta de cuándo el lector, que es el juez auténtico, empieza a aburrirse de ti. Cuando un escritor dice «Oye, es que a mí el público me da igual», o miente o no se entera. Porque el público es tu espejo. Aunque el lector de verdad no enjuicia una novela sino una obra en su conjunto.
De Ignacio Aldecoa (Vitoria, 1925-Madrid, 1969) conocíamos sus cuentos, encaramados con razón a lo más alto del canon narrativo no ya de la Generación del 50 sino de las letras españolas del siglo XX. Pero esta lujosa edición de sus cuatro novelas a cargo de Hipólito Esteban Soler reafirma y amplía la talla literaria de quien fue quizá el escritor mejor dotado de su tiempo junto con Ferlosio, y al que solo una muerte prematura privó de cuajar una obra más imponente.
Francia es un paraíso, escribió Sylvain Tesson, poblado por gente que cree vivir en un infierno. De esa errónea percepción nacería la pertinaz inclinación del francés a la poesía de la revolución ante que a la prosa de la reforma. Pero lo que estamos viendo en las calles de Francia no es una revolución, fenómeno que teóricamente subordina la violencia a un propósito político, sinootra veda abierta de vandalismo.Fue un obispo de Blois, Henri Grégoire de Tours, el primero en usar esa palabra en un discurso de 1793 donde comparó los asaltos a las iglesias durante la Revolución francesa con el saqueo de Roma a manos de los vándalos en el 455. Por su labor en defensa del patrimonio se considera a Henri Grégoire el padre del conservacionismo: no en vano la hermosa Blois era la sede de la monarquía francesa antes de Versalles.
A finales de noviembre de 1781 la tripulación del Zong, propiedad de un sindicato negrero de Liverpool que cubría la ruta entre Ghana y Jamaica, tomó la decisión de arrojar por la borda a 142 esclavos africanospara poder cobrar el seguro de 30 libras por cabeza que la póliza estipulaba, alegando que así salvaban el resto de la mercancía: otros 300 esclavos. El primer día arrojaron a 54 mujeres y niños; el segundo, a 42 varones; en los días sucesivos se deshicieron de varias decenas más. Una vez en Jamaica los tripulantes del Zong reclamaron la compensación por la pérdida. Si se celebró un juicio llamado a sacudir las conciencias del sedicente siglo de las luces fue únicamente porque la aseguradora se negó a pagar.