Como lo que ha dicho Felipe VI sobre el papel de España en la Conquista es la verdad histórica, expuesta con esa mezcla de rigor y sencillez que llamamos pedagogía, se le han cabreado los partidarios de la ficción ideológica, que suele exponerse con esa mezcla de ignorancia y paranoia que llamamos activismo.
Ocurrió el miércoles a la salida del velorio de Raúl del Pozo donde tanto nos divertimos en su nombre, porque él no soportaba a los solemnes. Estábamos Latorre y yo saliendo de Casa Ciriaco, que juntó a comer al todo Madrid bajo la mirada burlona de Camba, atento a la dispar comensalía desde su retrato de la pared. Que yo recuerde había un general, dos poetas de periódico, un capitán de novela, nuestra concejala de cultura, una estrella de rock en la intimidad, el valido del presidente y la última comunista del país.
Hay unas elecciones el domingo, por si usted no lo sabía. Podemos considerar esta campaña en sordina como un sincero tributo a la proverbial austeridad del carácter castellano. O podemos reconocer que es difícil competir por la atención ciudadana cuando estalla una guerra en Oriente Próximo y el presidente de tu país sale de la cabina de La Moncloa convertido en superhéroe, según doctrina sentada por Ana Redondo: quién mejor que una ministra de igualdad para reconocer al primus inter pares de la democracia.
Escribió una vez Raúl del Pozo que ya no pensaba ir a ningún entierro más que al suyo. Finalmente ha cumplido su palabra. Ha subido a la barca y ha cruzado la laguna dejándonos clavados en tierra, escurriendo la contraportada del periódico como un pañuelo empapado, mirando su nombre alejarse hacia la orilla de la leyenda.
Desde el confort de un Madrid tibio y libre que ya estira los dedos para tocar la primavera da cierto rubor pronunciarse sobre la muerte de Ali Jamenei: ni que optáramos a un goya. Quien sí optaba a uno era el director de cine iraní Jafar Panahi, encarcelado dos veces por los ayatolás y detenido muchas más por significarse políticamente. Ciertamente, en virtud de algún arcano antropológico que no guarda particular relación con la inteligencia o la cultura, las gentes del cine propenden a la injerencia política de cacharrería en mayor medida que los escultores efímeros o los críticos gastronómicos; pero hay una sutil diferencia entre criticar al poder para solidarizarse con la oposición, como hace Panahi, y criticar a la oposición para solidarizarse con el presidente, cómodamente instalado junto a su imputada esposa en el patio de butacas para constatar el satisfactorio grado de penetración de su propaganda en el solícito sector del cine plurinacional del Estado español.
Lleva razón José Ignacio Wert: a quien hemos desclasificado esta semana es a la esposa de Tejero. Se llamaba Carmen Díez Pereira, y su angustiosa actuación durante las horas en que su marido estaba dando un golpe de Estado constituye la mayor revelación de esta semana de memoria desclasificada. Es verdad que el Gobierno anda pulsando botones con la compulsión frenética con que se persigna un cura loco, y seguramente rehabilitar la imagen de Don Juan Carlos no entraba entre las prioridades de su maniobra de distracción. Pero eso no quita para que del humo de su penúltima cortina emerja doña Carmen como un personaje rotundo en busca de autor, un paradigma macizo de esposa española que va desapareciendo de este mundo como lo hicieron inexorablemente nuestras abuelas.
Cómo no iba a fracasar el golpe si su esquema operativo plagiaba el trazo de una viñeta cómica de Forges. La primera certeza que va perfilándose a medida que se despeja el humo de esta desclasificación es que el país de las asonadas decimonónicas ya solo sabía repetirlas como farsa. En cuanto a la segunda, la albergábamos pero ahora la reverenciaremos: Juan Carlos I (JCI, diría Gistau) se comportó como el demócrata providencial que los historiadores serios ya nos advertían que había sido. De hecho, en los papeles de aquellos salvapatrias de garrafón queda aún mejor que en los libros: ahora sabemos que los propios golpistas culparon enseguida al «Borbón» del fracaso de la intentona. Los que no habíamos nacido en aquel febrero ahora limpiaremos el retrato de su anciano padre hasta que de la lámina empañada por el crepúsculo de su ejecutoria emerja el héroe cristalino.
No sé qué habría votado el zaragozano Fernando Esteso este domingo. Lo fácil es decir que habría optado por Vox, pero para eso hace falta vivir la política como un drama o como una epopeya: musas graves que se toman a sí mismas demasiado en serio, único vicio en el que no incurrieron nunca los actores del destape.