No fue un periodista deportivo -la estirpe mejor dotada para el epíteto- quien le puso a Julio Rodríguez el sobrenombre de «ángel de Adamuz». Fue Carmelo, el padre de uno de los viajeros a los que Julio rescató del jeroglífico de hierro del primer vagón del Alvia.
El maestro lo ha vuelto a hacer. José Antonio Morante de la Puebla ha vuelto a torear al ganado más difícil, que no es el que embiste en el ruedo sino el que ocupa el tendido. Reaparece antes de que hayan terminado de secarse las mejillas de tantas viudas inconsolables a las que acaba de arruinar la pose de elegía. Pero ellas se consuelan rapidísimo, y ya andan celebrando haber sido estafadas por el genio del burle. Verlo torear de nuevo bien vale el sacrificio de la credulidad.
Ayer a las once de la mañana yo estaba cansado y tenía frío. Un aire pirenaico toma Córdoba en enero, este mes crudo de la Andalucía interior en que se encogen hasta los naranjos y tiritan los olivos. Llevaba desde las cinco en la calle con el micrófono de Cope en la mano junto al centro cívico Poniente Sur de Córdoba, donde dormían (lo intentaban) cincuenta familiares de víctimas que no habían querido ir a un hotel: pensaban que estarían mejor informados del paradero de sus allegados. Se aferraban a la esperanza. Otros aguardaban la noticia que acabaría con la inhumana fase de la incertidumbre y les permitiría abrir el periodo inhumano del duelo.
Hay personas descubriendo ahora que en el Real Madrid manda Florentino Pérez, y todo apunta a que Xabi Alonso es una de ellas. Su proyecto necesitaba paciencia, pero olvidó que la paciencia no es la marca de la casa más laureada del fútbol mundial. Quien desee ejercitarse en la paciencia antes que en la acumulación bulímica de títulos lo mejor es que se haga del Atleti, donde reina una calma geológica gracias a la figura del entrenador vitalicio. Dinástico incluso, si aguardamos pacientemente a la retirada de Giuliano, que activará la sucesión al trono de su padre.
Ojalá pudiéramos detenernos en la felicidad pura del venezolano medio, del caraqueño oprimido y del madrileño de acogida. Ojalá quedarnos a vivir en sus lágrimas de incredulidad, fluido sagrado de la historia, pequeño río de libertad bajando por millones de pómulos morenos después de tres décadas de tiranía. Pero nadie se baña dos veces en el mismo río, tampoco en el justísimo llanto de quien ve a su verdugo esposado al fin, reducido a la ceguera y al silencio, privado para siempre de su insoportable galleo retórico, en expectativa de una lenta pudrición carcelaria. El anhelado castigo del castigador justifica sobradamente unas horas de euforia, pero no demasiadas si la obra del tirano permanece intacta.
Antes de dirigirse hacia el tirador, a Ahmed al Ahmed se le oyó decir: «Voy a morir, díganle a mi familia que he bajado para salvar la vida de unas personas». Si preguntáramos al héroe de Bondi Beach quién le mandó bajar a morir por un puñado de desconocidos, siendo padre de dos niñas a las que iba a dejar huérfanas, quizá respondería que escuchó la llamada de Alá. Pero si preguntásemos al terrorista al que Ahmed logró inmovilizar, quizá respondería que también oyó la voz divina. Solo que a él lo llamaba a la guerra santa contra los perros judíos mientras que a Ahmed, musulmán como él, lo invitaba a dar su vida por esos enemigos ancestrales del islam que celebraban Janucá en la playa. ¿Quién se comportó entonces como un buen musulmán?
Un hombre llamado Pablo Fernández, portavoz de Podemos, está viviendo tiempos duros. No por Podemos -suponemos que también-, sino por la pérdida de sus referentes de juventud. Pablo aduce razones poderosas: «Se muere Robe, se retira Sabina y Calamaro se hace de Vox». No es un meme. Acabo de transcribir su tuit palabra por palabra. Más aún: esa frase fue pronunciada en el solemne escenario de las Cortes de Castilla y León.
Se abre el portón de la abadía milenaria y en el umbral se recorta la menuda figura de Dionisio. Del hábito negro emergen unas manos nerviosas en las que tintinea el manojo de llaves. Me estudia con ojos serios y de pronto sonríe.
-Sígueme, que te enseño esto. Si quieres cambiarle el agua al canario, es ahí a la derecha.