Dos amigos que habían peregrinado a Jerusalén para la Pascua caminan de vuelta a su pueblo discutiendo acaloradamente. Saliendo de la nada un tercer hombre se les une y les pregunta el motivo de su disputa. Los otros se sorprenden. ¿Eres el único en toda la región que no se ha enterado? Lo de aquel profeta, poderoso en obras y palabras. Muchos decían que era el mesías, pero ya han pasado tres días desde que lo crucificaron.
Quizá sea exagerado afirmar que Mario Vargas Llosa ha muerto, porque pocos escritores quedaban vivos con la inmortalidad tan garantizada. Asistió en vida a su propia canonización en la improbable gloria de las tres academias: la Española porque su destino fue la lengua castellana, la Francesa porque metabolizó el magisterio de Flaubert mejor que los franceses y la Sueca por un Nobel de justicia, limpio de ese esnobismo pueril por el que demasiado a menudo los suecos se hacen los suecos ante las candidaturas más obvias. Y aún podríamos añadir la academia de los estudios universitarios que amerita su legado monumental. Recuerdo nuestra emoción de alumnos de primero cuando fue anunciado en la Complutense a principios de siglo y el profesor suspendió la clase, naturalmente: su asignatura se hacía carne y venía a vernos.
A Madrid siempre lo han definido mejor los de fuera, a veces con la palabra, otras veces con la técnica y siempre con su desvelo, con su confusión de recién llegado y su orgullo de madrileño fetén pasados cinco minutos. Fue un gallego quien localizó el aire de la ciudad en algún punto entre Navalcarnero y Kansas City, y fue otro quien se ocupó decididamente de que dejara de ser ese lugarón manchego poblado por subsecretarios para romper en metrópoli moderna. El rompeolas de todas las provincias, desde la entraña misma del monumento que él imaginó y hoy ejerce de consistorio, devuelve ahora el caudal de su gratitud a Antonio Palacios cuando se cumple siglo y medio de su nacimiento.
La democracia en Hispanoamérica es un triste oxímoron que se ha prestado mejor al realismo mágico que al rigor de la historiografía. Santiago Muñoz Machado ha tenido que dedicar mil páginas a compensar ese desequilibrio. El resultado se titula efectivamente La democracia en Hispanoamérica (Taurus), un empeño colosal que sigue el modelo de Alexis de Tocqueville, a quien la parte sur del continente le importó bastante poco. Al fin y al cabo era francés. Pero un español cabal no deja de sentir como propio el cíclico fracaso del constitucionalismo liberal en aquel hemisferio consanguíneo que ya no comparte rey pero sí cultura, lengua, religión y afectos. Lo escribió Nicolás Gómez Dávila en uno de sus punzantes escolios: «La mejor crítica de la colonización española son las repúblicas suramericanas». La buena noticia es que la metrópoli se está esforzando tanto por converger políticamente con sus antiguas colonias que quizá pronto todos los hispanos volvamos a agruparnos bajo el signo unánime del caciquismo.
La noticia de que las enfermedades más reputadas de nuestros reyes no se debieron a la consanguinidad habrá decepcionado a los republicanos de corazón. Pero analizados todos los encastes dinásticos desde don Pelayo hasta Felipe VI, las conclusiones de la genetista Teresa Perucho parecen irrefutables: patologías tan monárquicas como la gota o la sífilis no fueron fruto de la herencia sino de la amoralidad. Y la amoralidad está al alcance de cualquiera, mientras que debías ser un rey o un palurdo para casarte con tu prima.
En el Valle del Jerte están a punto de florecer al unísono un millón y medio de cerezos. Al pie de la sierra de Gredos hemos visto anteayer esos árboles sagrados ocupando las terrazas de un graderío natural como tenores de un coro mudo, con las ramas cargadas de ramilletes listos para el estallido inminente que se espera el día de San José. Durante unos pocos días, más bien horas, la naturaleza se recreará en su propio poder. Deparará el espectáculo de una belleza delicada y violenta al mismo tiempo, capaz de inspirar el haiku de un poeta o destrozar los nervios de un hiperestésico. No siendo una cosa ni la otra, el turista de mochila e Instagram trata de ajustar al máximo las fechas de su reserva en Plasencia y alrededores en busca de la foto definitiva.
Una de las formas más nobles de la melancolía española es el suspiro liberal. El canon estético de esta emoción tan nuestra lo fijó Goya exactamente un siglo antes de la pérdida de Cuba y Filipinas, otra memorable cosecha de frustración patria. Pero en 1798 el imperio aún malvivía. Desterrado a Gijón tras su caída en desgracia, Gaspar Melchor de Jovellanos retorna fugazmente a Aranjuez y Goya captura el estado de ánimo del exministro -también es el suyo- para cifrar el triste destino del reformista español. Jovellanos nos dirige una mirada vencida, apoya su cráneo privilegiado en la palma izquierda, el codo sobre la mesa, la mano derecha aferrada a la ley agraria que las nacientes dos Españas se negaban a aceptar. Demasiado afrancesado para unos, demasiado castizo para otros, de la boca entreabierta del ilustrado se escapa un suspiro que ya nunca cesará. Si un romántico alemán como Caspar David Friedrich se abisma ante el espectáculo de la naturaleza, un romántico español como Goya se abisma ante el espectáculo no menos salvaje de la política.
Era la metáfora perfecta, casi obvia, para explorar la representación de un tiempo y un espacio. ¡La escalera interior de un bloque de pisos! El no-lugar por donde suben y bajan los trabajos y los días, las pasiones inútiles de las vidas vulgares. Pero el caso es que solo se le ocurrió a Antonio Buero Vallejo. España como una escalera a lo largo de tres décadas: de 1919 a 1949. El antes y el después de una guerra civil, el durante interminable en el que se consumen sus inquilinos-ciudadanos.