Aquí mi almuerzo en una terraza de Málaga con Manuel Alcántara, leyenda viva del articulismo patrio, último eslabón de la cadena dorada que conecta con Larra, Ramón, Camba, Ruano y Umbral. Me acompañaban mis camaradas Hughes (ABC), Teodoro León Gross (El Sur) y Rafa Porras (El Mundo Málaga). Lo más memorable, creo, fue la fuerza inesperada con que me apretó en el abrazo de despedida, que me dejó temblando un poco. Grande, maestro. Vuelvo pronto.
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Quevedo, preso en León
Aquí una nueva entrega sonora de El Parnasillo, esta vez con Quevedo como protagonista: hicimos el programa de Herrera desde León, y nos alojamos en el sublime Parador, en su día horrible cárcel donde penó cuatro años don Francisco por espía.
Sócrates debe morir
Sócrates no puede pasar de moda mientras nos empeñemos en vivir en democracia. E incluso los súbditos de todas las tiranías –más exitosas históricamente que las democracias, sin comparación- han consolado durante 2.500 años su falta de libertad en los diálogos platónicos que construyeron la figura perenne de un titán, y sin embargo ciudadano ateniense. “He de confesar que me siento tan cerca de Sócrates que casi siempre estoy en lucha con él”, escribió Nietzsche, uno de los padres de la posmodernidad en que vivimos. Que no hace falta ser un atrabiliario filósofo alemán para sentirse interpelado por la vida, las ideas y el método revolucionario de Sócrates viene a probarlo Gregorio Luri (Navarra, 1955) en este ensayo de lectura tan magnética como enjundiosa. Pues Luri, que no en vano ha combinado la docencia con la filosofía, logra una escritura plena de rigor y pedagogía, demostrativa de que no hay pasión tan absorbente como el debate de ideas.
Este libro no es otra biografía intelectual del fundador de nuestra tradición filosófica, sino una suerte de thriller filosófico-judicial: el autor, que tiene metabolizada la obra platónica y segrega su jugo con toda naturalidad, nos sienta en el tribunal que ha de juzgar a Sócrates junto a Platón y Jenofonte, Alcibíades o Meleto, de quien parte la acusación terrible: Sócrates ha de ser ejecutado porque no cree en los dioses atenienses y corrompe a la juventud.
¿Matar o no a Sócrates? Esa es la cuestión. Y Luri sabe que, con la ley democrática en la mano, Sócrates debe morir. Su predilección por lo bueno o lo verdadero sobre lo propio o lo nuestro –la identidad comunitaria– actúa como un disolvente sobre los lazos que tejen la convivencia en la polis griega. Si todo hombre se para a cuestionar la justicia o bondad de las leyes, se abona el terreno para la subversión. Porque la idea clave del pensamiento socrático (y de todo pensamiento) es la autonomía intelectual y moral del individuo frente a la comunidad. Y la autonomía resulta tan peligrosa en el siglo de Pericles como en el de Merkel.
“El Sócrates histórico fracasó porque Atenas necesitó protegerse de su presencia. El Sócrates platónico ha triunfado porque siguió habiendo jóvenes deseosos de rememorar su palabra, y porque Platón consiguió convencer a los atenienses de que la filosofía es el mayor bien para el ciudadano y para la ciudad”, concluye Luri. El admirable martirio de Sócrates –que renuncia a una defensa persuasiva ante el jurado porque prefiere la coherencia–, no desprovisto de temple irónico y en guardia crítica hasta el fin, depara más de una lección al hombre emocional de nuestra sociedad terapéutica, donde Sócrates sigue muriendo.
(Revista Leer, número 265, Septiembre 2015)
Un siglo de ‘La metamorfosis’
Aquí nueva entrega de El Parnasillo, conmemorando los 100 años de la publicación de La metamorfosis, del bueno de Kafka. Como tenía a don Víctor García de la Concha compartiendo estudio, la sección ha quedado un poco corta, así que el análisis kafkiano continuará la semana que viene.
Reseña excesivamente generosa de La granja humana a cargo de mi querido Adolfo Torrecilla, que fue la primera persona que me empleó como periodista; en concreto para escribir reseñas literarias, a mis tiernos 19 años.
Maquiavelo 2015
Pla adoraba a Maquiavelo porque en época de superstición se ciñó a los hechos, y porque bajo la ola petrarquista escribió prosa de pura observación, que es la única forma no perecedera de vanguardia. Maquiavelo es el colmo del realismo que el tierno socialdemócrata preferirá llamar cinismo. Pero alguien tiene que decir la verdad de vez en cuando.
El sábado en el Coliseo Carlos III de El Escorial el actor Fernando Cayo puso en pie al mismo Niccolò di Bernardo dei Machiavelli en metamorfosis fidedigna pero vigente, enjundiosa pero vibrante. Desgranó las verdades sin caducidad de El príncipe en el soliloquio que desde el siglo XVI ha retumbado en la mente de todo estratega ambicioso. Porque el modo de conducirse de los hombres -la gran premisa maquiavélica- no cambia jamás. Sea cual sea el régimen con que se gobiernen o la sigla que los cobije. Extraje cuatro ideas definitorias, una para cada partido en liza.
1) La ocasión: Podemos. Para alcanzar el mando el príncipe debe aguardar la ocasión, que consiste siempre en un momento catastrófico de la patria. El asalto al poder sólo es posible desde un estado general de postración, real o propagandística. Sólo cuando ha persuadido a Florencia de la absoluta corrupción reinante logra Savonarola instaurar su inflexible teocracia. Claro que al poco tiempo el fraile ceñudo es quemado en la hoguera de la propia vanidad, de la cual va bien servido Iglesias Turrión.
Benítez en Alesia
La pasada campaña no se recordará por el fútbol primoroso que desplegó el Madrid de James hasta enero, ni menos por el pecado de chulería y contraataque que madrugó la condena de Lucho; se recordará por el triplete del Barça. El fútbol está concebido por empiristas, y aunque los argentinos le añadieran la lírica y el barrio sabemos cómo acabó lo de las Malvinas. Porque lo sabe, Florentino ha fichado a Benítez, un hombre de la casa pero graduado en el extranjero con una fórmula anticastiza, eficiente, compacta: escasamente madridista. Pero los madridistas necesitamos un título como los diabéticos insulina y los títulos, empezando por el Mundial de España, se logran tapiando tu portería.
Para eso se ha despedido a Casillas -mal, como compete a las leyendas-, se ha encomendado la puerta a brazos ágiles y se ha blindado el compromiso de la zaga, capitaneada por Ramos y enriquecida con Danilo. Y se apuntala el medio con Kovacic, quien solo por ser paisano y alumno de Lukita esperanza nuestros corazones. «Yo haría un equipo completo de mercenarios yugoslavos, obedientes y letales», me confesó el otro día un hombre del presidente. Raza criada en el plomo.
Benítez es un táctico, justo lo que no era Ancelotti. ¿Significa eso que corremos el riesgo de acabar presentando los partidos del Madrid al festival de Sundance en la categoría de habla no inglesa? No creo, por dos razones: porque la BBC gozará de libertad creativa arriba y porque tampoco estamos seguros de que la koiné en que se entienden no sea el inglés. Si el Bernabéu está mal acostumbrado a valorar solo las goleadas épicas y las remontadas agónicas, habrá que educarle el gusto en la defensa zonal, el control de los tiempos, la basculación en línea, la puñetera defensa del balón parado y demás farmacopea de pizarrín. Que luego bien que se hacen selfies con la copa.
Simpatía por Iglesias
Repasa uno este verano la historia de griegos y romanos y constata que en materia de poder no hemos sido capaces de inventar un solo vicio. ¡Qué envidia de Tucídides o Livio, que pudieron hacer la crónica política de su país sin que nadie les pisara los temas! El entusiasta de Juego de Tronos que añada a su militancia HBO una cierta curiosidad intelectual y se aventure en los estertores del siglo de Pericles, o en las intrigas sangrientas que sucedieron a la pax augusta, comprobará que el tal Martin no es como mucho otra cosa que un hábil sastre de tramas ya sucedidas. Miento: creo que en ningún episodio hemos visto a un rey que, tras matar a su mujer embarazada de un patada abortiva en el vientre, en un acceso de nostalgia se case con un joven cuya cara le recuerda a la difunta, y al que castra para asemejarlo aún más. El tipo se llamaba Nerón. Los romanos comentaron al enterarse: «¡Ah, si su padre hubiese hecho lo mismo…!».
De todas estas historias, gracias a las cuales he sobrellevado ese penoso trance de bajar a la playa que nos impone un tétrico mandato de felicidad social, me ha divertido especialmente la breve experiencia bélica del poeta Horacio. Nuestro Quevedo comparte con Horacio hasta sus achaques, y desde luego su talento satírico. Pero Quevedo tiró de espada siempre que pudo con tanto arrojo como vocación, mientras que Horacio encarna el paradigma del intelectual purista, que no arriesga ni se mancha, parapetado en su severidad virgen de acción.
Se encontraba Horacio en Atenas estudiando y allí coincidió con Bruto, que por entonces ya había hincado el puñal miserable en su genial padrastro y combatía a su legítimo heredero, Octavio. A Bruto le cayó en gracia aquel joven de aguda labia y le concedió por las buenas el mando de una legión. Se comprende con ese criterio que Bruto perdiera la batalla. Se vio el sensible Horacio en el fragor de la pelea, tiró yelmo, escudo y espada y echó a correr de vuelta a Atenas, donde se puso a componer una exaltada pieza sobre la necesidad de dar la vida por la patria.
Balance interior de una quijotada
Nueve meses de invierno y tres de infierno, dicen por aquí. No sé si es la misma ola de calor de todos los veranos, pero padecerla sobre la llanura manchega desquiciaría a Alonso Quijano y a Mariano Rajoy. Por eso finalizamos nuestro viaje en Ruidera, que es el gran oasis de Castilla. El origen mítico de sus famosas lagunas se cuenta en el capítulo XXII de la segunda parte: en la cueva de Montesinos tenía el mago Merlín encerradas a quinientas personas, pero «se apiadó de Ruidera y sus siete hijas y dos sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas lagunas que ahora en el mundo de los vivos y en la provincia de La Mancha las llaman las lagunas de Ruidera».
Su paisaje es un bálsamo para mentes recalentadas. En algunos puntos el agua es tan turquesa como en Ibiza, con la ventaja de que aquí uno no necesita dejar de ser humano para gozarla. El silencio es total, solo roto por el canto de las aves y el extemporáneo quejío flamenco de unos gitanos en vena de domingueros. El olor a tomillo y a romero que perfuma la estepa es sustituido por la atmósfera fresca de un pantano, y las langostas y los saltamontes son relevados por libélulas y mariposas. Da gusto terminar aquí, flotando en el llanto legendario de las hijas de Ruidera. Se me ocurre que la fecundidad final de este paraje metaforiza el nivel de vida interior que uno ha logrado embalsar en esta semana de nomadismo, ajeno a toda noticia que no datase del XVII.
A la mañana siguiente, antes de volver a Madrid, me acerco a la cueva de Montesinos en pos de la última alucinación. Es una abertura abrupta en mitad del monte; una reja candada nos cierra el paso, pero aún es posible descender hasta la boca y aventurarse unos metros en su interior rezumante, calizo, espeso. Lagartos y polillas, pero ni sombra de los murciélagos que decoraron la estancia onírica del héroe en uno de los pasajes más inquietantes y modernos de la novela. De aquella cala en lo mágico en que contempló espíritus caminando por palacios de cristal saldrá don Quijote un poco más cerca de saber quién es realmente, al modo en que los viajes ácidos -cuentan- pasean al consumidor por su yo más íntimo e incomunicable. Por eso queríamos concluir aquí: porque el llano recorrido durante días prepara los anhelos reprimidos que nutrirán visiones en la cueva de Montesinos. Esta caverna es la Ítaca no tanto del caballero como del lector que ha procurado identificarse con las tierras, los hombres y los ánimos que explican su cuerda locura. Después de este lisérgico colofón ya solo quedan los sueños. Y los sueños, sueños son.














