Archivo de la etiqueta: Genios absolutos

El Prometeo negro

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Un hombre siempre se levanta.

Hace ya mucho que la muerte besó la lona, noqueado por el mito. Y hace menos que su memoria personal, destruida por el Parkinson, fue fiada a la memoria colectiva, la que alza monumentos a sus inmortales. ¿De quién es Muhammad Ali? ¿A quién pertenece su leyenda? ¿A los negros, al boxeo, al pop, a las voces de la contracultura? No hay identidad que pueda reclamarlo en exclusiva porque Ali es orgullo de una raza más amplia: la de los hombres libres.

Nunca supo el ladrón que le robó la bicicleta a los 12 años el inmenso favor que nos hizo. El fuego ya ardía en él, una rabia indefinida y cósmica que el policía que atendió su denuncia supo encauzar por el aliviadero reglamentario: un gimnasio de boxeo. Allí aprendió Clay no ya a defenderse, sino a ofender de palabra y de obra. Creció guapo e ingenioso, ordenando con criterios apolíneos cien kilos de músculo y varias toneladas de egolatría que sólo unas piernas hechas para el claqué podían desplazar con tanta gracia. Golpear y ser golpeado le parecía una ordinariez, así que perfeccionó su propio estilo: el baile ingrávido, la esquiva elástica y ese jab larguísimo que ejecutaba girando sutilmente el guante al impactar, para cortar la piel de su adversario. La lengua de la serpiente. El picotazo de la abeja cuando deja de zumbar.

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5 junio, 2016 · 13:58

El amor caníbal de D’Annunzio

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D’Annunzio, el primer narciso satánico.

Ya su nacimiento fue heroico y maldito, pues venía el niño con tres vueltas del cordón umbilical alrededor del cuello. Sobrevivió a esa y a emboscadas aún peores, la mayoría de ellas tendidas por su propia, retorcida egolatría. Triunfó en todo -en el periodismo, en la literatura, en la guerra, en el amor- y sobre todos. Conquistó la cima de la estética y paseó por las simas de la inmoralidad. La nación le concedió unánime el sobrenombre de Il Vate, y eso fue mucho antes de que Mussolini le otorgase el principado de Montevenoso después de haberle llamado, preso de admiración, «el Juan Bautista del fascismo», digno de los funerales de Estado que le organizó. Si bien el aludido, siendo diputado, prefería el sencillo título de «candidato de la belleza».

Bajito, alopécico y cargado de hombros, tuerto tras el accidente del avión que pilotaba, su voz y su palabra sobraron para domeñar a las masas como para rendir a mujeres de toda extracción, del palacio lampedusiano a la escena teatral. Con mechones de sus cabelleras -se decía- confeccionó el relleno de la almohada sobre la que reposaba todas las noches, después de beber buen vino de una copa -se decía- fabricada con el cráneo de una joven que se había suicidado por amor. Su nombre de pila era Gaetano Rapagnetta, pero el mundo lo conoció como Gabriele D’Annunzio (1863-1938). Satánica majestad, pero de veras.

De un molde entre Byron y Bonaparte, a D’Annunzio no le bastó con ser considerado el mejor poeta desde Dante: tuvo que ponerse al frente de 2.000 hombres, reconquistar Fiume a Croacia y fundar allí un estado protofascista, una especie de Síbaris o Nínive de orgías cotidianas con acentos marciales, saludos a la romana -él los recuperó- y uniformes luego imitados al por mayor. La editorial Fórcola ha publicado sus crónicas periodísticas y su correspondencia amorosa con Barbara Leoni: si, para muchos, las primeras fundan el género de la moderna crónica mundana, la segunda instituye el canon del amor fou, y quizá no ha sido superada como monumento de la literatura epistolar erótica.

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16 mayo, 2016 · 12:58

Bajad a Cervantes de ahí

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Plaza de las Cortes, 1835.

Por la exposición conmemorativa de la Biblioteca Nacional supe que Miguel de Cervantes fue el primer civil español al que se colocó encima de un pedestal, en la madrileña plaza de las Cortes. Ahí sigue desde 1835, años antes de que llegasen a custodiarle las espaldas los leones de bronce del Congreso. Que Cervantes estrenara en España la condición de hombre monumental mejora nuestro estereotipo de ingratos culturales, pero empeora decididamente a Cervantes. Es preciso bajar a don Miguel de la peana. Es preciso boicotear todos los universales simposios perpetrados en su nombre. Urge pagarle de nuevo con el trato familiar, irreverente incluso, con que los lectores del XVII respondieron a su disparatada criatura, recreada en los festejos aldeanos por puro regocijo, no para justificar una partida presupuestaria.

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23 abril, 2016 · 20:02

El Empecinado, o el orgullo del arroyo

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El héroe en el pincel de Goya.

Ganar una guerra es la manera más segura de escribir la historia, según quiere el famoso adagio. Pero pocos hombres legaron, además de su nombre al panteón de guerreros ilustres, también su apodo a la psicología popular, al mismo tiempo que su peculiar táctica de combate al vocabulario universal de la estrategia bélica. Estas tres hazañas juntas le fueran concedidas a Juan Martín Díez, el partisano que venció a Napoleón empecinándose en una guerra de guerrillas antes de despertar del sueño de libertad y toparse con Fernando VII, que traía consigo las cadenas para su pueblo y la horca para su héroe.

De niño me fascinó la vida de este guerrillero de fiero mostacho y vida trepidante, siempre entre la gloria y la condena, ese brusco vaivén tan español y tan siglo XIX. Quizá todo empezara por el libro que mi padre me regaló en mi primera Feria del Libro: Fray Perico, Calcetín y el guerrillero Martín, donde el fraile ficticio y el combatiente histórico cruzaban sus destinos en plena Guerra de la Independencia. Hubo un tiempo en que los niños no solo leían, sino que se les daba a leer cuentos sobre la historia de España y no solo magia con hormonas. De Barco de Vapor al episodio nacional que Galdós le dedicó fui saciando mi curiosidad y alimentando una púber vocación de emboscador de franceses sin reparar en que mi país ya había entrado en la OTAN, y por tanto Francia era nuestro aliado.

Le llamaban “empecinado” por el cieno o pecina que perfumaba las aguas en descomposición del riachuelo que atravesaba su pueblo natal: Castrillo de Duero, provincia de Valladolid. Me encanta el simbolismo del detalle: a uno de nuestros héroes decimonónicos más indiscutibles le recordaban cada vez que le llamaban que era hijo del fango, un paria del arroyo, pero cuando fue ascendido a mariscal firmaba “Empecinado” con el orgullo crecido. Esa raza ya no se estila.

Se conoce que un soldado gabacho violó a una del pueblo y por ahí no pasó. Tirando de amigos y familia, Juan Martín armó una cuadrilla y se echó al monte a hacer la guerra por su cuenta, como buen español. Más tarde se enrolaría en el ejército regular, pero algunas batallas perdidas le persuadieron de regresar a su método, que se reveló eficacísimo: su dominio del terreno por todo el frente castellano le permitía tender emboscadas, interceptar correos, apresar convoyes y convertir en general su nombre en una pesadilla para los mandos napoleónicos. Cuando uno de ellos atrapó a su madre para exigirle que se entregara, el hijo capturó a cien franceses y respondió que o soltaban a mamá o los fusilaba a todos allí mismo.

Lograda la victoria continuó la guerra por medios políticos, pero esa trinchera exige más fortuna que coraje. Liberal comprometido con la Pepa, partidario de Riego, gobernador de Zamora, desterrado a Portugal con la restauración absolutista, el rechazo del título nobiliario con que fueron a sobornarlo terminó de enojar a Fernando VII. Todavía camino del cadalso logró romper las esposas y arremeter contra la soldadesca realista; reducido con una maroma, el golpe de soga al cuello fue tan violento que sus alpargatas salieron despedidas.

Goya lo retrata como el héroe que fue: paleto hasta la nobleza, irreductible hasta el martirio. Empecinado.

(Publicado en La aventura de la historia, número 209, marzo de 2016)

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6 marzo, 2016 · 9:30

Muckrakers. Orígenes del periodismo de denuncia

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‘Muckrackers’, en Ariel.

Durante las primeras dos décadas del siglo XX en Estados Unidos nació, se desarrolló y murió un movimiento periodístico formado por hombres y mujeres que confundieron la pluma con un rastrillo, el periódico con un capazo de inmundicia, el mundo político-financiero con una parcela abonada y la denuncia con el único género urgente al que debía entregarse un reportero con sensibilidad social y talento expositivo. Fueron los muckrakers, cuyas piezas fijaron a golpe de escándalo el canon del periodismo de investigación, y propiciaron algunas reformas de esas que sí justifican la condición de garante de la democracia que tan gratuitamente se arrogan plumillas de sigla o tertulianos de show.

Vicente Campos entrega una antología imprescindible que no solo selecciona sino también aporta el contexto sociopolítico y el perfil biográfico de cada articulista. El lector acaba inmerso en una época fitzgeraldiana de magnates intocables, editores lunáticos y reporteros orgullosos, decididos a barrer la porquería de América desde la Olivetti.

Fue Roosevelt quien acuñó el término de muckrakers -“rastrilladores”- en un discurso de 1906 donde revuelve interesadamente el periodismo digno que señala a los corruptos con el sensacionalismo de los “daltónicos morales” que solo miran al suelo y nunca al cielo del sueño americano. Los muckrakers no eran activistas ni militantes ideológicos más allá de una vaga adscripción progresista: eran reformadores vocacionales de clase media o alta con acceso a los salones donde los capos de los trusts se repartían la nación comprando a los legisladores, adaptando las leyes a sus intereses empresariales, sometiendo a sus trabajadores a condiciones dickensianas y diseñando estafas para saquear al contribuyente.

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1 febrero, 2016 · 12:08

La gana de ir a La Alcarria

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CJC 1946: haciéndose escritor paso a paso.

Al viajero le ha dado la gana de ir a la Alcarria porque es un hermoso país, lo primero, y porque hace 70 años que Camilo José Cela lo recorrió durante nueve días, y en 15 lo puso en su prosa hecha de obviedad y fatalismo, esa prosa donde las cosas son sencillamente lo que parecen porque no pueden ser de otra manera, lo cual es terrible, si se mira bien. Nosotros no bajamos de la calle de Alcalá y tomamos un tren de madrugada en Atocha, sino que conducimos nuestro Volkswagen Polo y vamos anotando mentalmente las mutaciones que el progreso ha obrado en el paisaje según se sale de Madrid por la autovía de Zaragoza.

Atravesamos polígonos horrendos en pos de la España profunda cuyo corazón salió a rascar don Camilo. Torrejón, Azuqueca, Alcalá, Meco… Y al fin las primeras montañas, caprichosos pliegues de arcilla fruncidos como el papel de estraza. Dos ciclistas animan el belén con los colores chillones de sus maillots pedaleando en paralelo a la autovía, y un cernícalo se suspende porque ha visto o ha creído ver algún ratón. Pasado Valdenoches no tardamos mucho en avistar la mole del castillo de Torija, primera etapa de la andadura celiana y de la nuestra. Ofrece Torija a la entrada una bonita picota del silgo XV, restaurada con tanto lucimiento que está pidiendo que le ahorremos al último corrupto la pesada burocracia del garantismo. Pero lo mejor de Torija es su plaza de soportales castellanos, con el ayuntamiento a un lado y al otro -por si acaso- el castillo imponente de los Mendoza, en cuya torre del homenaje han dispuesto el único museo del mundo dedicado a un solo libro: Viaje a la Alcarria.

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21 enero, 2016 · 11:55

Quién pudiera escribir como Stevenson

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Stevenson, a los mandos.

Nació con el don de narrar, y por eso los aborígenes de Samoa, entre los que se retiró a morir antes de tiempo, lo llamaron Tusitala: «el que cuenta historias». A Robert Louis Stevenson (1850-1894) le debe la historia universal del relato dos cimas tan felices como La isla del tesoro o El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, pero la misma gracia que bendice sus narraciones articula sus pensamientos. Que el Stevenson ensayista resulta tan asombroso como el Stevenson narrador es algo que Borges y Chesterton -dos de sus apóstoles más devotos- conocían de sobra, pero a esa buena nueva le faltaba cabal difusión en castellano.

De subsanar tal deficiencia se ha ocupado la editorial Páginas de Espuma, que acaba de publicar la obra ensayística del escocés, espigada principalmente de colaboraciones en prensa de la época. La editorial agrupa estos textos en forma de trilogía –Escribir, Viajar y Vivir-, cuyos tres tomos y más de mil páginas acotan una biografía tan breve por culpa de la tuberculosis como productiva. Un monumento editorial.

Se ha reproducido mucho aquel aforismo suyo: «Es mejor caminar lleno de esperanza que llegar». La máxima vale también como preceptiva del arte del ensayo que es, desde Montaigne, el género de la fluencia y la ondulación: de la elasticidad del pensamiento sin meta clara pero con paso honesto. La prosa de Stevenson recuerda un poco a la de Zweig en su capacidad proteica para hilar la observación aguda y el recuerdo personal con la cita de autoridad, siempre bajo el mandato cortés de resultar ameno. El lector agradece el tono vitalista y disfruta de la suavidad con que se le pasea del registro dramático al humorístico. Posee Stevenson el sentido del ritmo como si hablara: piensa narrando, aderezando la idea con la imagen. Y no se resiste a insertar anécdotas, ni a amueblar la imaginación del lector con pinturas precisas de ambientes y caracteres.

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5 enero, 2016 · 10:46

«La ironía total lleva al nihilismo»

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El clasicismo aporreando al tertuliano-centauro. Museo de Historia del Arte, Viena.

La entrevista tuvo que hacerse en tres sesiones, en tres bares de tres hoteles de Madrid, pues coincidió con la publicación en El Mundo de una conversación con Montoro, con firma en un recuadro del entrevistado, y, claro, durante tres días su móvil no paró de echar humo: llamadas de la redacción, llamadas del ministerio, llamadas de las televisiones… Sirva lo anterior no como composición de modo ni de lugar ni de tiempo, en todo caso de personaje: Jorge Bustos, un periodista que lo mismo es capaz de un scoop que hace moverse el suelo del partido en el Gobierno que de llegar al punto final de una columna sin esfuerzo aparente, que de frecuentar las tertulias del prime time sin parecer un tertuliano, que de estrenarse como autor -y aquí va la razón de esta entrevista- con un libro de ensayo. Un libro que huye del recurso facilón del refrito recopilatorio, del manual de autoayuda del que solo se alimenta de galletitas chinas y de frases de almanaque, del comentario a mil fotos en blanco y negro de Steve McQueen y Audrey Herburn, del relato nostálgico de uno que aprendió a escribir en los cuadernos de caligrafía Rubio. La granja humana, en fin, lecciones amenas de Filosofía -y de Política, y de Literatura, y de Sociología…- profunda.

 -Quien llegue a su libro por sus columnas y, al revés, a sus columnas por su libro, ¿se llevará una sorpresa o verá en el trayecto una lógica continuidad?

-No debería llevarse una sorpresa, creo. El libro pretende conectar con el género canónico del ensayo, de más aliento que la columna, y la columna es, a su vez, un subgénero del ensayo. El resultado de esos dos vectores son los ensayitos de tres o cuatro páginas de los que está compuesto el libro, en el que he tratado de huir de cierta tendencia al academicismo aplicando el tono ligero del columnista pegado a la actualidad.

 -¿Cree haberlo logrado?

-En un primera versión del libro no. Porque cuando me llaman para hacerme el encargo, enseguida pienso en Ariel como la gran editorial del mundo académico y fijo en mi cabeza un lector ideal al que me quiero dirigir, un catedrático campanudo cuya aprobación debo merecer. Cuando enseño en Ariel lo que llevo escrito, me dicen que lo rehaga. En su momento, me cabreé bastante. Pero ahora entiendo la labor benéfica del editor.

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18 noviembre, 2015 · 12:15