Archivo de la etiqueta: fascismo son los otros

Las uvas de la ira europea

Éxodo.

Éxodo.

Sería hermoso que Europa acelerase su eterno proceso de construcción gracias precisamente a una urgencia desgarrada de solidaridad, como sucedió en 1945. Que ahogase con un manto espeso de humanismo el eterno retorno de la xenofobia. Pero me temo que la solidaridad, como repite sin vergüenza el nacionalismo, tiene sus límites. Limita concretamente con el interés propio, y esto es así más o menos desde los tiempos de Caín, santo patrón de la lucha de clases y de la agencia tributaria propia. En realidad la Unión Europea es un artefacto de civilización tan extraordinario en la historia universal de nuestra infamia que no puedo concebir que aún se discuta su pertinencia o se añore el status quo de Utrecht, el del Estado-nación aduanero y autárquico. La victoria de los segundos en la pugna entre atávicos e ilustrados es siempre provisional y no está garantizada, menos en un continente cuyos bosques abonan los cadáveres del país vecino.

-Europa habrá fracasado si prevalece el miedo. Europa habrá fracasado si prevalecen los egos -concluía el artículo de Juncker publicado ayer en EL MUNDO.

Me gustó el artículo del presidente de la Comisión porque aunque empezaba sumándose a la llantina general, enseguida pasaba a la concreción de soluciones, a las cifras, a los hechos, a la política común de asilo, al desprecio de los «dedos acusadores» que dispara el populismo por vendimiar en unos comicios las uvas de la ira. Ira comunista e ira nazi: el odio al que tiene más y el odio al que tiene menos -que a esto se reducen ambos extremismos- explican que a Merkel, canciller del país que más inmigrantes acoge y mejor los trata, deba soportar que unos la tengan por déspota y otros por traidora. No es la UE todavía la utopía de Moro ni el sueño de Erasmo, pero ambos humanistas estarían orgullosos de conquistas tan improbables como Schengen o el euro.

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28 agosto, 2015 · 12:13

La flaqueza del ‘koncejal’

Ética y estética.

Ética y estética.

Se queda con el acta, claro, su pedacito de cielo presupuestario tomado al asalto por la gracia de D’ Hondt. Gracias a la (in)decisión de doña Manuela, mamá grande del jacobinismo tuitero, financiar la nómina del koncejal Zapata se convertirá durante los próximos cuatro años en otra estoica prueba de resignación democrática para el pueblo de Madrid, que después de padecer la afasia señorial de Botella debe pechar con esta neocasta en sandalias a la que llaman candidatura de unidad popular. Hay más participación ciudadana en el ranking final de Eurovisión que en la confección de las listas de Ahora Madrid.

Pretende doña Manuela disculpar a Zapata como a un nieto díscolo, pero sabemos que le escribía los discursos, que practicaba el deporte cívico del escrache y que recibió toda su formación jurídica en la facultad del movimiento okupa. Esta es la cantera. Los jeremías madrugan el apocalipsis bolchevique, como si Cibeles fuera el Palacio de Invierno, pero sospecho que la legislatura de Ahora Madrid -veremos si la termina- será tan pobre en épica como rica en la picaresca de una vertiginosa adaptación a la moqueta: no es que no restauren la guillotina, es que los pillan y se clavan al sillón como un Chaves cualquiera. A uno no le sorprende que los heraldos de la decencia entreguen antes la coherencia que el cargo desde que leyó en Pla la sentencia que resume el siglo XX: «Cuando les das el poder a los virtuosos, todo el mundo se muere de hambre». Todo el mundo menos los miembros del politburó.

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M. C.

Doña Manuela, vista por los nuevos Murillos.

Doña Manuela, vista por los nuevos Murillos.

La justicia poética, que acierta más que la demoscopia, viajaba en el féretro de las Trinitarias: aquellas tachuelas oxidadas que formaban las iniciales «M. C.» no revelaban la ubicación cierta de Miguel de Cervantes, sino el advenimiento municipal de Manuela Carmena. Toda venida mesiánica es acompañada por señales y prodigios que la arqueología revelará a su debido tiempo, pero de momento contamos con el extraordinario relato que Negre y Sánchez han ofrecido a los lectores de EL MUNDO. Me refiero a la Operación One Girl, según la bautizó el eurocomunista Jesús Montero, que vendría a ser el Torcuato Fernández-Miranda de la Segunda Transición en marcha. El calenturiento platonismo de Montero, con doña Manuela en el papel de Beatriz, convierte la cooptación de la candidata podemita en una canción lírica de hielo y fuego, si bien esperábamos que la aurora democrática llegara de la mano de una khaleesi más lozana.

Quia. Bien mirado, ¿qué mejor cartel que una abuela entrañable, con el corazón exhausto de tanto luchar, a quien solo un desalmado podría negar el voto? Sabíamos que doña Manuela había militado en el PCE, fundado Jueces para la Democracia y sobrevivido a los atentados de Atocha; pero ahora de ella sabemos cosas que vosotros no creeríais, de puro angelicales. La historia es tan redonda, el perfil tan idóneo, el designio tan noble y la resolución tan apoteósica que no entenderíamos que Montero no anduviese ya negociando los derechos del biopic con la Paramount: M. C.: la candidata que emocionó a Spielberg.

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Sinceraos, ‘Lomanas’

Jardiel, obrero de la pluma.

Jardiel, obrero de la pluma.

Para retratar de una vez el fariseísmo de la opinión pública suele recordar Ruiz Quintano una confesión de Dumas: «Yo tengo dos opiniones de la Virgen: una para los periódicos y otra para los amigos». En España siempre fue tendencia presumir de cristiano viejo y vivir como pagano, o bien blasonar de rojo sensible y vivir como señorito facha; el truco es que nunca coincida la opinión privada con la mediática, y cuando el juego se descubre sentimos un bochorno como el del malabarista cuando se le caen los platillos en mitad de la función. Bajo la vigilancia insomne de la corrección política la cosa no ha hecho más que empeorar, y ya en campaña la hipocresía nacional se extrema hasta el delirio.

Así tenemos a Esperanza Aguirre -que sabemos que concita el voto más tradicional del PP- descargando su imagen conservadora sobre la chepa de Cristina Cifuentes, quien sí milita en el PP más por azar que por doctrina. Aguirre blasona de liberal pero un liberal es aquel que no necesita repetir a cada paso que lo es, porque sus obras cantan. Pablo Iglesias viaja a la socialdemocracia desde su puerto ideológico (y financiero) en el marxismo tropical, pero no puede decirlo muy alto para que no se le cabree el patrón bolivariano ni pierda por un calculado centro los votos de la izquierda radical en que militó siempre. Y luego está Albert Rivera, a quien acusan de indefinición ideológica porque su programa no es enteramente socialdemócrata ni tampoco liberal, sino un poco de los dos. Pero Rivera no es un hipócrita, porque lleva a gala desde el principio la disolución de las dos Españas en un eclecticismo enriquecedor, más por razones generacionales que teóricas. Pretender destruirle por no ser rojo ni azul es como descartar a un mediocentro por saber atacar y defender a la vez. «Jamás he sido hombre de derechas o de izquierdas. Me gustaron siempre ideas inherentes a los dos bandos: el sentido reverencial de la tradición de las derechas y el sentido porvernirista del progreso y la libertad genuino de las izquierdas», escribió Jardiel Poncela en 1947. Cuando en el Madrid del 36 un escritor comunista amigo suyo le advirtió de la conveniencia de alinearse así fuera retóricamente con el comunismo, Jardiel contestó: «Si no creo en Dios, ¿cómo voy a creer en Lenin?».

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El Rh de ‘Txitxirivitxe’

Estética de un asesino.

Estética de un asesino.

Claro que dónde mejor va a estar José Ignacio de Juana Chaos que en un país que entierra a 25.000 asesinados al año, si los entierra. EL MUNDO localizó ayer al serial killer vascongado en la venezolana aldea de Chichiriviche -¿Txitxirivitxe?-, y sus fotografías atestiguan una fusión tan coherente con el paisaje moral chavista como la niebla londinense evoca la silueta del Destripador. El miserable comercio que regenta, el eterno rictus de alma condenada, las impunes manos en los bolsillos, el vientre convexo que fue cóncavo cuando el preso no quería comer, pues haber penado 1,3 años por cada homicidio se le antojaba suficiente penitencia. En pocas fisonomías como la del carnicero guipuzcoano resulta tan tentador asociar la estética a la ética: esas bermudas, esas canillas cerúleas, esa jeta de patíbulo dibujan una apostura rigurosamente digna del canon gudari que considera épico descabezar a niñas con Goma 2.

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Café, copa y puro

La revolución... del ¿bótox?

La revolución… del ¿bótox?

Se está poniendo imposible ser rico en España. No es que la prosperidad tenga aquí larga tradición, pero pocas desgracias se ciernen hoy sobre el español como tener que conducir un Cayenne o mudarse a Puerta de Hierro. Incluso evadir impuestos, que siempre se consideró de buen tono, despierta raras suspicacias en las portadas de los diarios a los que continúan suscritas las lounges del Barrio de Salamanca, donde por cierto arrasa Podemos como antaño la baba de caracol, con la ventaja de que votar lila permite al lomanismo expiar cómodamente la vergüenza por los golpes que la vida no le da.

Todo cosmético trabaja por definición sobre la epidermis de los problemas y así Podemos ficha a Falciani como experto fiscal, suponemos que por expreso deseo de Monedero: ten cerca a tus amigos pero más cerca a un espía de cuentas suizas. A su derecha, el PSOE anuncia que publicará las declaraciones de bienes y actividades de todos sus candidatos para que veamos que ninguno es rico. ¡Qué diferencia con el socialismo babilónico de Solchaga convocando alegremente al pelotazo! Si no fuera por Monedero, esta ola de plutofobia amenazaría con clausurar la ancha veta de la picaresca hispana, cuando hidalgos hambrones salían a la calle en ayunas pero con unas migajas de pan calculadamente dispuestas en las comisuras de la boca. Ahora se trata más bien de hacerse perdonar cualquier indicio de éxito, un poco a la manera de Foxá, quien teniéndolo todo -puesto de embajador, fama literaria, fortuna y una esposa guapísima- tuvo que inventarse que padecía una aparatosa enfermedad para que los caínes de guardia le dejaran tranquilo.

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Una cortesía de Sostres.

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Canta la cólera, Merkel

Los hechos (al fondo) y las promesas.

Los hechos (al fondo) y las promesas.

Cabe esperar de un dramaturgo talentoso una recreación del encuentro de ayer entre Wolfgang Schäuble y Yanis Varufakis. Algo como el vibrante drama que Jean-Claude Brisville extrajo de la entrevista que en 1647 mantuvieron en la celda de un convento parisino René Descartes, padre del racionalismo, y Blaise Pascal, apologeta de la fe. Porque, si no me equivoco, de la negociación entre la ortodoxia alemana y la menesterosidad griega depende el futuro modelo de Europa.

Los cartesianos de Merkel defienden una postura tan razonable que se hace imposible discutirles el mando de la plaza euro: ellos trabajaron, crecieron, acumularon, prestaron y exigen la devolución de lo prestado. Son las hormigas protestantes de Europa y advierten de que, si respetan la voluntad del pueblo griego expresada en las urnas, aún respetan más la voluntad de inversores y contribuyentes expresada en la mengua de sus bolsillos. Pago, luego ordeno.

Frente al muro de la razón pura, Varufakis apela a la emoción, al argumento empático con un ribete de impertinencia: «Ninguna otra nación puede comprender la situación en Grecia mejor que Alemania». Como diciendo: ahí está Amanecer Dorado; si mi país se nazifica la culpa será de Berlín, como entonces. De este modo escasamente sutil, Varufakis, contra lo que predica su aplaudida virilidad de estibador financiero -las 50 sombras (en el balance) de Yanis-, esgrime el chantaje moral del victimismo, lo que tiene muy poco de varonil.

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De columnas, lectores y flamencas

Si una tarde cualquiera un chateo.

Si una tarde cualquiera un chateo.

El editor de LEER, entusiasta y temerario Borja Martínez, tuvo la ocurrencia quizá orwelliana de convocarnos a Juan Soto Ivars y a mí en un coloquio virtual en Whatsapp bajo su batuta moderadora. Fue el pasado 12 de enero y yo entonces aún no había fichado por El Mundo, de modo que técnicamente éramos compañeros de El Confidencial. La cosa fue divertida, tengo que reconocerlo, más allá de que sienta un precedente terrible que podría terminar con varios géneros periodísticos y al menos un par de sectores industriales, amén de la paciencia más franciscana.

Os dejo el experimento, que quizá sirva para saciar algunas malsanas curiosidades.

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