Archivo de la etiqueta: farsantes tamaño Coelho

El diván de Montalbán

MVM y su hijo, DVS, en la hora del esplendor en la hierba.

MVM y su hijo, DVS, en la hora del esplendor en la hierba.

El hijo único de Manuel Vázquez Montalbán firma en propia declaración este «acto de expiación paternofilial» que cae sobre el indefenso ataúd de su padre como un último perno inclemente, desmañado, comido por óxidos varios y compatibles: el arrasador complejo de inferioridad, el ajuste de cuentas freudiano, el arranque sentimental, el memorialismo cainita, la autocompasión patética, el desahogo contra terceros, el comentario político, el acceso lírico, el brindis al sol felliniano y hasta alguna parrafada de sintaxis madura. Todo ello cabe y se sucede sin concierto en estos Recuerdos sin retorno que le han dejado publicar a Daniel Vázquez Sallés, contra el que no tenía uno nada antes de leer su libro.

El autor, quizá por encargo lucrativo, quizá animado de una generosidad filial en la efeméride del primer decenio sin el padre de Pepe Carvalho, afronta la escritura de una obra que debiera por íntimas razones haber observado un proceso más serio de elaboración, un propósito más claro de destino o, al menos, debiera su desnortado autor haber contado con una piadosa asistencia editorial, así sea por la limpia memoria del patriarca. No es que Vázquez Montalbán salga malparado de estos recuerdos filiales, ni tampoco más explorado de lo que ya estaba por el propio autobiografismo solapado de Montalbán, ni elucidado en sus posibles incoherencias, como esa de ser a un tiempo terca ama de llaves del comunismo español y teórico pionero del nuevo gourmet de clase media-alta. El delicado género de la carta al padre, para ser literatura de observación y no documentalismo de niño perdido, exige la afirmación de una nueva personalidad mediante la reivindicación orgullosa, o bien el ajusticiamiento a lo Kafka; pero la obrita digamos compuesta por el vástago de Manuel Vázquez Montalbán no hace ni una cosa ni la contraria: explota desde la portada el apellido paterno para acabar endilgándonos la confesión más idiosincrásica que original de un varón barcelonés en plena crisis de los cuarenta, hijo de padre talentoso a quien el cielo y la genética se negaron a transmitir el don, dóciles al inflexible aforismo: Quod natura non dat, Salmantica non præstat.

El texto vale como documento elocuente del tema del padre no intencional. Si Vázquez Sallés se propuso emprender un paseo proustiano por el tiempo compartido, en la práctica sólo se lame las heridas de una vida marcada (para bien y) para mal por el hierro de un papá titánico, castrante. Así los Panero. En este caso, el relato en primera persona traslada la voz de un hombre aplastado por la relevancia del destinatario al que se dirige. Unas veces lo defiende de un Arcadi Espada o un Vidal-Folch implacables con los turistas del ideal. Otras veces le reprocha su incapacidad para el cariño, o la existencia vicaria a la que la fama del padre tiene condenado al hijo: «En este planeta de los simios, no soy el puto mono de feria al que pueden lanzar cacahuetes cada vez que recuperan sus historias de la puta mili». Desde luego, si el autor aspira a un reconocimiento propio que suelte amarras con las prebendas dinásticas, no lo conseguirá con ese lenguaje.

Leer más…

Deja un comentario

11 marzo, 2014 · 12:13

¿Quién le hace el coaching al coaching?

Si hablas como Coelho, serás tratado como tal.

Si hablas como Coelho, serás tratado como tal.

Convengamos en que África no es la meca de la psicología. Los africanos no tienen tiempo para preguntarse si padecen o no ansiedad, o si están explotando sus fortalezas y minimizando sus debilidades de la forma más rentable para alcanzar sus objetivos –por decirlo en la neolengua del coaching–, porque se les escapa la vida esquivando tiros o pandemias y buscando comida y techo. En las sociedades primermundistas, en cambio, que hace tiempo superaron las servidumbres de la dedicación agraria o industrial, el sector servicios se ha desarrollado hasta tal punto que ha favorecido la emergencia de un sector servicios del sector servicios. Porque eso es el coaching, un boyante y modernísimo mester de juglaría que te cobra por una opinión que no has pedido sobre cómo hacer mejor un oficio que el coach no ha practicado jamás, o de lo contrario no se habría metido a dar lecciones. El que vale vale y el que no a dar clase, ya saben.

El coaching es una industria eminentemente parasitaria que vive de dos premisas tan imprescindibles como lo son la humedad y la piedra para el liquen: el dinero y los incautos. Su hábitat predominante lo forman la Administración pública, las grandes empresas y el deporte de élite. Se trata de tres ámbitos especialmente generosos en la producción de papanatas: deportistas metidos a gestores que confunden el anglicismo con la sabiduría; nuevos ricos que han pasado directamente de la editorial Barco de Vapor (en los mejores casos) a preguntarse quién se ha llevado su queso; políticos castizotes que tienen un amigo al que no pueden dejar en la cuneta y recuerdan de pronto su pico de oro con las tías en aquellas despedidas de soltero por el casco viejo de Salamanca. La astuta empresa de coaching sobrevuela como un alimoche en torno a estos tres fenotipos humanos a la espera de su hueso, relleno de rica médula. Se prepara un power point pinturero, armado sobre flechas coloreadas y lógica escolar, presentado por el tándem imbatible que forman un cliente habitual de Clysiden y una hembra alfa en falda de tubo, y malo será que no se acabe arañando del presupuesto un cursito de formación interactiva por el método Launer-Skiffington, para desesperación del becario precario y a mayor gloria I+D de la boba conciencia del consejero delegado.

Del coaching hay que huir como de una peste semántica que está ablandando los cerebros uniformemente decelerados del empresariado español, rebajándolos a devoradores de frases de galleta china, a catecúmenos del padre Ripalda en traje de tres mil euros. Ocurre que cuando se deja de creer en Dios se acaba creyendo en cualquier cosa, que cuando se deja de leer a los clásicos se acaba aplaudiendo como novedoso el sintagma “inteligencia emocional” y que cuando se tiene dinero de sobra el derroche resulta ineluctable. Ciertamente, se aducirá, el coaching ha vivido épocas mejores, pues el gerente sensato lo primero que recorta es la retórica –cursos y publicidad–; pero uno se asoma a las listas de los más vendidos de no ficción y experimenta la mueca de Munch de la inteligencia. Esos títulos que cacarean el huevo recién puesto de la implementación (sic) de sinergias (sic) optimizadas (sic), aderezando su espeso puchero gramatical con citas wikipédicas de Sun-Tzu y anécdotas bélicas de Napoleón, son al amueblamiento de las cabezas adultas lo que Ikea a la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles.

El consumidor de autoayuda, de management o de coaching no creemos que represente el eslabón de la cadena trófica sobre el que debamos centrar la loable tarea de la reinserción social. Probablemente ya no quepa salvación para una víctima tan inocente, que de no echarse en los fenicios brazos de Lluis Bassat o de Rojas-Marcos terminaría cayendo en los procelosos mantras del ecologismo zen o en las aguerridas alegorías de Paulito Coelho. No: hay que mirar más arriba. Lo que yo pregunto aquí y ahora es quién vigila al vigilante, es decir quién le hace el coaching al coaching. Quién vela por la eficacia de los procesos psicoemocionales del experto en cuestión; quién tasa sus debilidades y señala sus negligencias; quién le empuja más allá de su zona de confort, esa que en su gremio se circunscribe exactamente al cuenco de la mano que nuestro idealista presunto enseña al departamento contable nada más abrochar la sarta de tópicos de su conferencia. O incluso antes.

Están ustedes avisados. La próxima vez que le venga algún pícaro a sonsacarle una charlita motivacional, le dan ustedes con los ensayos de Montaigne en la cabeza.

(Publicado en Suma Cultural, 14 de diciembre de 2013)

Deja un comentario

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir

Las peleas con la luz de Paulo Coelho

No es nada fácil entrar en una casa que no contenga una obra de Paulo Coelho. Usted entre en una casa española, australiana o israelí y repase con aprensión los anaqueles; no pasarán diez minutos antes de que tope con el título inevitable: El Alquimista. Los libros de Paulo Coelho (Río de Janeiro, 1947) llegan a las estanterías domésticas de todo el planeta con la naturalidad con que el polen se posa en las mucosas de los alérgicos. Yo mismo no estoy seguro de no poseer al menos una obra de Paulo Coelho, y esa duda terrible me sobresalta en las noches calurosas, despierto empapado en sudor y ya no vuelvo a conciliar el sueño hasta que he completado un escrutinio feroz de mi biblioteca.

Como para cualquier fenómeno de orden místico, Coelho ofrecerá seguramente una explicación paranormal que agote las causas de este éxito siniestro: 140 millones de libros vendidos en más de 150 países, traducidos a 73 lenguas. Quizá un guerrero de la luz introduce subrepticiamente sus volúmenes en nuestras casas y luego a fin de mes despacha los albaranes con el escritor en el interior de una gruta amazónica. Pero lo más escalofriante no es que a Coelho le traduzcan y le compren: es que además le leen. Todo el mundo conoce a alguien que ha leído El Alquimista. Mi novia, sin ir más lejos. Si le pregunto por qué, no sabría responderme. De nuevo topamos con lo inefable.

El día más feliz en la vida de Coelho no fue cuando terminó el Camino de Santiago en 1986, experiencia de la que saldría su primer libro –del mismo modo que al resto de los mortales nos salen ampollas–, titulado Diario de un mago. Ahí ya apuntaba maneras esotéricas. Pero de este relato de peregrinaje vendió poco, y sólo andando el tiempo, convertido ya en estrella despelujada de la autoayuda mística, aquella ópera prima le granjearía la Medalla de Oro de Galicia y el nombre de una rúa en pleno Santiago, que son dos dignidades con las que yo fantasearé toda mi vida. Tampoco la Legión de Honor gabacha le resarció de su juventud penosa y sus sueños de ambición. A él lo que de verdad le hizo feliz fue entrar en la Academia Brasileña de las Letras, porque sabía que pese a sus millones de libros vendidos y de dólares ganados, a la crítica nunca había conseguido engañarla. Un crítico que lee esta frase: “¿Cómo entra la luz en una persona? Si la puerta del amor está abierta”, sólo tiene una manera digna de reaccionar: vomitando. No obstante, para vomitar aun los críticos más frugales necesitan alimentarse tres veces al día, y cuando el éxito obsceno entra por la puerta, el escrúpulo académico sale por la ventana. La vergonzosa claudicación se produjo en 2002, con los huesos de la pobre Clarice Lispector centelleando de cólera en el cementerio judío de Cajú.

Leer más…

1 comentario

1 julio, 2013 · 15:01

Pep y la Escuela de Frankfurt

[Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, la contraportada de La Gaceta que publiqué el 18 de enero de 2013 a cuenta de la elección bávara de Pep Guardiola, quien fue presentado ayer como técnico del Bayern de Múnich. Los organizadores de la referida presentación se inspiraron en las bellas sesiones polifónicas del Senado español, donde toda oprimida identidad periférica encuentran satisfacción a su anhelo libertario por la vía del pinganillo de Babel. Sin embargo, durante la comparecencia de Pep no se planteó la verdadera pregunta, que no es si Alemania le va bien al estilo de Pep, sino si Pep le va bien al estilo de Alemania. Dada su pertinencia, por tanto, replanteo la cuestión candente]

Y Pep vino pa' Alemania.

Y Pep vino pa’ Alemania.

 Un español de nuestro tiempo normalmente emigra a Alemania tras un año en paro, pero Pep Guardiola lo hace tras un año sabático, y este privilegio ciertamente le resta españolidad más eficazmente que su publicitada voluntad de circunscripción al pequeño país del nordeste. Si Pep no es español, es porque tiene dinero bastante para tirarse un año en Nueva York pisando las huellas de otros iconos populares como Sinatra o Warhol; pero sobre todo, porque además tiene ofertas de trabajo.

Se desatan en esta hora sesudos debates futbolísticos –valga el oxímoron– sobre el acierto de la decisión guardiolana. Se dirime si este Bayern de Múnich ofrece arcilla de suficiente calidad al demiúrgico molde táctico de Guardiola. Se discute la idoneidad de Alemania para Pep, y a nadie se le ocurre sospechar de la idoneidad de Pep para Alemania. Por muy buen entrenador que aseguran que es Pep Guardiola, a uno le parece desproporcionado tomar del ronzal a un país hecho y derecho como Alemania –presidido por una mujer de firmeza masculina– y pasearlo ante Pep –que es un hombre de delicadeza femenina– del mismo modo que se pasea a un caballo dudoso en el paddock ante los apostadores, subordinando todo un Estado federal al capricho de un solo individuo, si bien hemos de convenir en la histórica propensión de los teutones al mesianismo. A uno todo esto le evoca las reservas que en Chesterton suscitaban los abusos del capitalismo yanqui:

—El hombre no se pregunta como correspondería: “¿Deberían tolerar los hombres casados ser asistentes de un comercio moderno?”, sino que se pregunta: “¿Deberían casarse los asistentes de comercio?” La inmensa ilusión del materialismo se ha visto coronada por el triunfo. El esclavo no se pregunta: “¿Me merezco estas cadenas? Sino que, muy ufano, se pregunta científicamente: “¿Soy lo suficientemente bueno para estas cadenas?”

Esa del materialismo es acusación proverbial que pesa sobre el carácter catalán, mientras que el idealismo trascendental tuvo cuna alemana. En consecuencia, y desvelando mi propia opinión sobre el sensacional caso de la migración alemana de Guardiola, observo un matrimonio perfecto de identidades opuestas en donde la severidad espiritual del país de Merkel casa con el pragmatismo mujeril del esbelto Pep como casan el hambre y un cocido, la lujuria y el burdel, el paro y la nómina. Además, el de Sampedor tendrá allí a mano a mi tocayo Jürgen Habermas –no confundir con Jürgen Klinsmann–, el último epígono de la Escuela de Frankfurt que postula la recuperación del proyecto ilustrado. Ya estoy viendo a Pep y a Jürgen, hundidos en sillones de oreja, señalando las fallas del programa kantiano en un vibrante diálogo patrocinado por Deutsche Bank.

Deja un comentario

Archivado bajo La Gaceta

La farsa perpetua de Yoko Ono

¿Abuelita entrañable o se trata de otra performance?

¿Abuelita entrañable o se trata de otra performance?

Hace unos días el nombre de Yoko Ono saltó a los teletipos españoles, siempre portadores de desgracia pero quizá demasiado tiempo a salvo de tan insidiosa presencia. Todos hemos coreado en el fragor de alguna báquica despedida de soltero eso de “¡La culpa de todo la tuvo Yoko Ono!”. Se trata de un himno dolorido y acusatorio en protesta por la separación de los Beatles, que probablemente no necesitaban la intromisión de una artista conceptual japonesa para justificar el completo hartazgo que se profesaban unos a otros a esas alturas de éxito desaforado. Lo inobjetable es que Ono firmó su mejor obra el 20 de marzo de 1969, día en que se casó con John Lennon en Gibraltar, dejando el listón del braguetazo internacional tan lejos del suelo que solo Tita Cervera pudo superarlo años después. Se calcula en 800 millones de dólares la fortuna amasada por la heredera única del mítico cantante tiroteado por un lector excesivamente identificado con los desequilibrios de Salinger.

–En este momento, algunas personas están tratando de hacer dinero fácil, y mientras tanto arruinan el futuro de este país, mediante una cosa llamada fracking.

Así de seria se muestra Yoko Ono en la página de la asociación AAF (Artists Against Fracking), que la contestataria nipona lidera y que reúne a celebrities como Robert De Niro, Alec Baldwin, Lady Gaga o Susan Sarandon. Todos ellos extremadamente preocupados por el dichoso fracking o fractura hidráulica, una técnica de explotación del gas natural embalsado bajo tierra mediante agresivas inyecciones de productos tóxicos que contaminan el suelo y liberan gases de efecto invernadero. Si hay algo que aborrece una estrella de Hollywood, aparte de los inspectores insobornables de timbas nocturnas, son precisamente los gases de efecto invernadero, como es sabido. El filisteísmo de las compañías de fracking causó en Yoko Ono un insomnio atroz, resistente incluso a la dulce melodía de Imagine, de modo que se puso al frente de la AAF, los ecos de cuya actividad soteriológica han llegado recientemente hasta Europa Press.

¿Es el activismo la manera que encontró Yoko Ono de combatir la condición descaradamente vicaria de su prestigio artístico? Todo apunta a que sí. La oriental señora de Lennon pasará antes a la historia del arte por recibir el abrazo corito de su cónyuge en aquella portada de álbum que por la pieza EX-IT que se exhibe en el calatrávico vientre de cetáceo valenciano o Ciudad de las Artes y de las Ciencias. Uno no es un experto en música y es justo consignar la buena acogida que entre la crítica especializada merecieron algunos de sus discos, sobre todo los de los noventa, libres de la inevitable sospecha acerca de su valía personal que lastraba los trabajos realizados en colaboración marital. Con esa inquietud renacentista propia de una sacerdotisa de la vanguardia –algo que en La Mancha resumirían así: “No te digo y te lo digo ”–, Ono también editó libros de dibujos y películas de arte y ensayo, siempre exponentes del más desatado experimentalismo. “Llegó a componer canciones que sólo existían en su mente, organizar conciertos en que el público tenía que imaginar por sí mismo la música que oía”, reza la Wikipedia, sin añadir la coda que sería de esperar: “Y ese mismo público fue luego el que acabó fundido con la lava de un volcán por el que se tiraron formando una ordenada comandita milenarista, tras donar sus ahorros al fundador”.

Lo presumible es que Yoko Ono, al averiguar en un día epifánico que no tenía talento, se pasó primero al conceptismo críptico para disimular la carencia y se entregó luego al activismo de progreso para seguir disimulándola sin perder plaza en el candelero de la cultura pop. La farsa perpetua, o sea.

Confesemos de una vez que no nos cae simpática Yoko Ono como no nos cae simpático el farsante en general y el artístico en particular. Sucede que el lenguaje de la crítica artística se ha encriptado hasta tal punto –un fenómeno muy parecido al que experimentó el lenguaje financiero, y con idénticos fines: la estafa a través del eufemismo– que el público se halla en un completo estado de indefensión frente a los abusos que se perpetran periódicamente en santuarios bufos como ARCO, que llamándose ferias usurpan la honestidad del título a eventos tan sinceros como la feria vacuna de Torrelavega, donde a las piezas se les puede mirar el diente para que no le timen a uno. No todo el arte contemporáneo es estafa, el arte contemporáneo es procesual y consagra antes la experiencia que el objeto, lo conceptual se dirige a la conciencia antes que a los sentidos, etcétera. Lo sabemos. Pero para protestar contra la guerra, Picasso pintó el Guernica. Para protestar contra el fracking, Ono monta una asociación y llama a los colegas. Que es lo que hace cualquier presidente de comunidad de vecinos.

(Publicado en Suma Cultural, 19 de abril de 2013)

Deja un comentario

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir