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La mirada griega

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Hacia una desnudez sin moralismo.

Ya presentíamos que las deportistas traerían problemas a los ojos birojos de la devoción feminista como del fervor coránico. La pinza definitiva para colgar los tangas del tendedero del infierno o de la incorrección, valga la redundancia. Podemos mirar a una jugadora de voley playa en bikini como una provocación, como hacen los de la pinza, o descubrir el fruto de una exótica elección cultural si va en hiyab, como hace la simplonería multiculti. Los griegos, ya que hablamos de olimpiadas, resolvieron esto en una misma mirada admirativa hacia la atlética desnudez de mujer y hombre. O es que los jugadores de voley playa no resultan igualmente estimulantes a las retinas golosas del cuerpo masculino. En la mirada del que sobreprotege a la mujer hay un machismo inconfesado casi tan culpable como en la del primate manifiesto.

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12 agosto, 2016 · 20:42

Marx y las rebajas

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La pulsión que nos salva del comunismo.

Cada campaña de rebajas prueba que la revolución anticapitalista no se puede hacer a la vez que la revolución feminista. O la una o la otra: hay que elegir. Ningún partido de izquierdas seducirá masivamente a las votantes predicando contra la austeridad exterior al tiempo que ansía imponerla en el interior. No sería descabellado afirmar que el Muro lo echó abajo el mismo impulso que convoca de amanecida a barricadas de fieras señoras a las puertas de El Corte Inglés.

-Qué machista es usted. ¡Como si los hombres no se entregaran a caprichos, y más caros!

Cierto. La diferencia la formuló Lemmy, difunto líder de Motörhead, cuando descubrió que las mujeres quieren lo mismo que los hombres… solo que durante más tiempo. En efecto, los varones de la especie a menudo se muestran volubles en su deseo, delatan una peligrosa tendencia al ideal colectivista y se embrutecen en general con menor conciencia y mayor resignación. La mujer, en cambio, ser antirromántico por excelencia según Pla, está naturalmente dotada para el individualismo y la selección, odia la uniformidad y ama distinguirse, que es el primer efecto de la elegancia. Tengo observado que, cuando el look de una mujer causa sensación, la protagonista se resiste a revelar dónde adquirió su flamante vestido, pues trata de evitar que otras la imiten. Lo cual prueba que una mujer no aspira jamás a vestirse para atraer a un hombre, sino para matar de envidia al resto de mujeres.

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Me entrevista Carmen Carbonell en esRadio por «El hígado de Prometeo»

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4 julio, 2016 · 11:50

Adopta (a) un tío

La lonja.

La lonja.

Compruebo con melancolía que esta campaña, «Adopta un tío», no suscita la más tímida queja entre los claudicantes miembros de mi sexo, antaño el fuerte. No será por la ambigüedad del mensaje: se trata de poner chulazos a disposición on line del furor uterino, que tiene sus urgencias como el mar sus símbolos. El eslogan que da nombre al lúbrico portal resulta tan sofisticado como un neón de carretera; hay champús más condescendientes con la espiritualidad femenina. Así que las causas de esta omertá camuflada de liberal tolerancia hay que buscarlas en el miedo, como siempre.

¿Deja el lenguaje de ser sexista si atenta contra el varón? Aquí operan un tabú consciente y una capitulación inconsciente: el primero, claro, lo vigila el feminismo más o menos histérico, que pone gritos automáticos en el cielo de la igualdad a partir de un número dado de azafatas o de centímetros de escote; la segunda presupone que siglos de patriarcado merecen no reparación sino revancha simétrica: una completa inversión de la ofensa histórica que el macho debe aceptar como expiación. Ambos factores, el tabú de unas y la capitulación de otros, confluyen naturalmente en la autocensura, de modo que nos situamos ante el género como el viñetista ante Mahoma.

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Aprovecha esta columna Arcadi Espada para darme en su blog la bienvenida al periódico. Algunos lectores me dicen que menuda hospitalidad, recibir corrigiendo; pero si conozco algo a nuestro Espada, sospecho que no hay para él forma más elevada de deferencia que la crítica. Sabido es que entre articulistas solo rigen dos formas de desprecio: la olímpica indiferencia o el elogio envenenado. Así que retuiteé su adenda agradecido, más cuando, revisada la norma gramatical, compruebo que el eslogan «adopta un tío» es frase correcta sin preposición, por cuanto elige tomar al complemento directo en especie y no en su condición de persona humana, con todos sus derechos; pero esta misma elección comporta una decisión (in)moral en cuyo señalamiento coincide Arcadi. Por eso, no puedo aceptar este sintagma suyo, «incluso sin saberlo», que me atribuye una ignorancia que por una vez no me es propia, pues sé -y así se desprendía de mi columna- perfectamente lo que pretenden «estas tipas» con las que nos jugamos nuestra maltrecha dignidad viril.

Sigue con salud,
J.

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Llamadme Loretta

Stan-Loretta, del Frente Popular de Judea.

Stan-Loretta, del Frente Popular de Judea.

–Voy a escribir sobre feminismo.
–Bueno, voy recogiendo tus cosas.

Este es el diálogo normal en Occidente entre un columnista y su editor, a menos que el columnista sea Sostres. Si un columnista al uso decide escribir sobre feminismo, primero llama a sus padres, se despide también de su novia y baja al chino y al contenedor de la obra a aprovisionarse de cerveza y sacos terreros, si bien también podría aprovisionarse de sacos terreros en el chino y de cerveza en la obra.

El feminismo meramente discursivo es tan exitoso que apenas ha dejado sensibilidad sin colonizar. Es posible que el feminismo profesado y la mujer real mezclen como el agua y el aceite, pero eso es lo de menos. Lo que vengo a decir es que afortunadamente pertenezco a la raza de los hombres que sí amaban a las mujeres, pero también a la de los que aborrecen los salvoconductos bobos de la corrección política. Hoy basta con proclamar una condena cómoda de León de la Riva para ganar un debate y la proporción de mujeres que critican los cargos por cuota es mínima o inaudible. Yo pienso que León de la Riva, como el comunista Diego Valderas y su predilección por las tetas gordas, pertenecen a una fase anticuada –y peor– de la vida pública española, y su cuñadismo declarativo es desde luego intolerable. Ambos son votados por un buen número de mujeres que reputan veniales sus exabruptos; otras urnas cantarían si su política derivara del rincón freudiano de su mente, espero. Por otro lado, que levante la mano el o la que puede presentar una inmaculada hoja de servicios antisexistas, e incluyo las despedidas de soltero/a. La hipocresía pública en este asunto es colosalmente proporcional a su delicadeza íntima.

El machismo es una de las primeras taras que desaparecen cuando el macho lee, viaja un poco y liga algo con mujeres interesantes. Supongo que al sexo opuesto le ocurrirá lo mismo; sospecho, asimismo, que los amores homosexuales no están exentos de prejuicios sexistas matizables (¡o empeorables!) por la experiencia. En cualquier caso, yo agradezco al cielo la gracia machadiana de amar cuanto ellas puedan tener de hospitalario. El machista, por los que he conocido, suele ser un tipo que o bien nunca les ha resultado atractivo a las mujeres o bien se lo ha resultado demasiado, tipo tronista de Gandía o prohombre de la política o la empresa. El éxito inmuniza tanto como el fracaso: la idea es tan poco original que está en Kipling.

Subsisten desigualdades salariales que no son correlativas al grado de eficiencia acreditado por la trabajadora, y hay que decirlo. Me asquea el machismo no ya en el crimen, sino en el piropo inelegante a la compañera de trabajo aún por conocer. El respeto es una conquista de la inteligencia y de eso nuestro país nunca fue sobrado, aunque peores son los italianos, a los que durante tanto tiempo ha gobernado don Silvio.

Dicho lo cual –no me cabe una venda más antes de la herida–, quizá la pedagogía feminista está llegando demasiado lejos.

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El hombre (y la mujer) de Vitrubio

Hombres limpiando, fijando y dando esplendor.

Hombres limpiando, fijando y dando esplendor.

Durante siglos la crítica occidental vivió a salvo de Oscar Wilde y pensó pacíficamente que el arte imitaba a la naturaleza y no al revés. El arquitecto romano Vitrubio, conservador devoto de los órdenes griegos y formulador del canon arquitectónico indiscutido hasta el Barroco, expresó la idea de que las columnas, por ejemplo, no son sino las copias artificiales de los árboles sobre los que en edades primitivas se apoyaban las techumbres de los edificios. Fue el mismo Vitrubio quien calculó la medida armónica del hombre que luego plasmaría famosamente Leonardo. Y fue Vitrubio quien explicó que las proporciones de las columnas clásicas se basaban en las proporciones del cuerpo humano, con tres órdenes correspondientes a tres formas ideales de lo corporal: el dórico a las del varón, el jónico a las de la mujer y el corintio a las de la doncella, señorita o muchacha en flor.

Sería interesante recorrer, por ejemplo, los edificios públicos de Madrid con el libro de Vitrubio en la mano y con ganas de aplicarlo rigurosamente. Las consecuencias son fastuosas, seguramente injustas e indudablemente cómicas. Sin salir de la almendra central, nos topamos con la sede de la Real Academia Española, cuya limpia fachada neoclásica se sustenta sobre columnas de orden dórico, como expresando el predominio de lo masculino en una institución que aún hoy cuenta con solo seis académicas de cuarenta y seis sillones ocupados. Y si la dórica RAE se resiste a la feminidad, como decía Vitrubio, qué diremos de los pintores de El Prado, cuya fachada precedida por Velázquez repite el orden dórico con sereno, sobrio, viril neoclasicismo.

La Bolsa o la vida, ambas femeninas.

La Bolsa o la vida, ambas femeninas.

La idea vitrubiana de feminidad señorea, en cambio, la columnata jónica del Instituto Cervantes, con sus imponentes cariátides custodiando el chaflán. Si reparamos en que el hoy Instituto Cervantes se diseñó para Banco Central, podríamos concluir que su arquitecto vino a subrayar el tópico bíblico de la mujer hacendosa, o bien la deidad grecolatina de la feracidad, es decir, ese talento crematístico, ese don para la administración de los dineros que siempre se ha atribuido a las mujeres, según Pla «el ser antirromántico por excelencia».

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4 noviembre, 2013 · 16:34