
La pandemia del coronavirus popularizó entre los españoles la noción de resiliencia. El Gobierno la empleaba a todas horas para dar ánimos a la población y seguramente también a sí mismo. Pero si hay un sujeto político que merece reconocimiento a su resiliencia en la España democrática ese ha sido el Partido Popular del País Vasco. Una formación azotada como ninguna por la pandemia de plomo y metralla que propagó durante décadas el virus del terror. Afiliarse a esas siglas entre 1989 y 2011, es decir, entre la refundación del partido que lideró José María Aznar y el anuncio del cese definitivo de la actividad terrorista por parte de ETA, suponía asumir el coste supremo -la vida misma- por defender la libertad y la democracia: el derecho constitucional a existir como vasco y español de centroderecha en Euskadi.













