Amanece el día del aniversario monárquico con cierto ambiente de episodio nacional. En Galdós el protagonismo no lo ostentan los reyes sino siempre el pueblo, y esto es algo que no ha perdido de vista la Casa Real de Felipe VI en ningún momento de los últimos 10 años. Por eso la gente empieza a llenar muy pronto las inmediaciones del Palacio Real, que es el monumento perfecto: evoca la majestad de un imperio pero también jalona nuestra ruta del vermú. Tiene la honorabilidad de los siglos y la familiaridad de las plazas. Y de ese enlace morganático entre historia y costumbre depende quizá el éxito de toda monarquía parlamentaria en el siglo XXI.
El único líder español que ha cumplido la promesa de regenerar la institución que representa no concurre a unas elecciones ni tiene que rendir cuentas ante una junta de accionistas. En la sociedad abierta ninguna institución aguanta en pie mucho tiempo sin apoyarse en la decencia personal de quienes la encarnan, obedientes al íntimo dictado de su conciencia. En el caso de los cargos electos, corresponde a los votantes enjuiciar el grado de excelencia institucional de sus representantes, aunque hoy cunden por desgracia ejemplos de sociedades flácidas que eligen envilecerse avalando el liderazgo de los viles. Así nadie puede pretextar que no les representan, ciertamente, y así es como mueren las democracias: ahogadas en su colectiva degradación.
Busca uno refugio de la política en el fútbol, dócil al plan de esta sección, y va Mbappé y opina de las legislativas en Francia. La Eurocopa como resaca electoral: la derecha se ha cabreado con el francés malinterpretándolo, la izquierda lo ha elogiado sin querer entenderlo y el centro melancólico ha alzado la sabia ceja con la que Carletto suele despachar las obviedades.
El final de la carrera política de un Luis Pérez está perfectamente escrito mal que le pese a su principal valedor, Pedro Sánchez, que necesita desesperadamente promocionar esta escisión terraplanista de Vox para dividir a la alternativa y movilizar a su menguante rebaño con un monstruito novedoso. Buenos amigos del oficio han lamentado que los medios convencionales no hayan informado suficientemente del fenómeno como si eso hubiera servido para algo, como si la claridad del periodismo cumpliera algún papel en los hábitats subterráneos por donde hormiguean a ciegas el resentimiento de unos, el fanatismo de otros, la ignorancia de la mayoría y la codicia de uno solo. Lo seguro es que la prensa dará en su momento rutinaria noticia del fin de la estafa y de sus correspondientes condenas judiciales, si es que Pedro no acaba amparando bajo la amnistía a su nuevo novio de pinza en justa reciprocidad. Porque si algo sabemos desde Catilina hasta Ruiz Mateos es que el populismo devora a sus hijos. Al menos aquella Paola Saulino que se oponía a Matteo Renzi prometió mamadas a todos sus seguidores, mientras que Pérez solo les ha prometido una pedrea a cargo de la fiesta con la que dice querer acabar, suponemos que después de toda una legislatura en el after.
Dicen que los ancianos se acaban comportando como niños y que la memoria de lo remoto, de lo originario, sobrevive a los peores estragos de la senilidad. Si esto es cierto, si la vida se dirige inexorablemente a su principio, entonces el fútbol será lo último que a muchos nos abandone. Saldrá a nuestro encuentro para devolvernos a la edad de la inocencia, cuando nos dormíamos soñando con la jugada que no nos salió. Luego crecimos, nos dio por hacernos escritores y ahora nos acostamos soñando con el libro que quisiéramos escribir sin dejar de fantasear con la jugada que aún puede salirnos. Porque el cuerpo cumple años, pero el patio del recreo sigue intacto en el corazón. A cada hombre sobre la tierra le es concedido un número limitado de partidos; año tras año la cifra se reduce dramáticamente, hasta que afrontamos cada pachanga con ademán heroico y la aprensión de las despedidas tácitas. Pero nos vestimos y jugamos, conscientes de que a cierta edad no se celebra el resultado sino salir del campo sin fractura, esguince o luxación; envidiados por los dioses inmortales, que saben que cada minuto nuestro sobre el campo puede ser el último; orgullosos de pertenecer a la estirpe híbrida de esos pocos felices que escriben y juegan y no sabrían decir si les importa más el fútbol o la literatura.
Ignoro si Ortega tuvo la culpa cuando grabó en el mármol sentencioso y atildado de su fraseo aquello de que España es el problema y Europa la solución. Pero tantos años después, ante el proyecto comunitario una porción no desdeñable de españolesse debate entre la idolatría y la demonización. En un extremo (aunque ellos se perciben moderados) figuran profesionales vinculados a la política, el periodismo o la academia que se creen herederos del europeísmo orteguiano sin sospechar que a menudo solo militan en el tópico del oscurantismo español, la excepción cultural ibérica, el secular prejuicio negrolegendario. Para no ser confundidos por su colegas con la estirpe neandertal de paisanos que repta por la caverna nacionalcatólica a la espera del próximo alzamiento, se ponen una banderita azul en sus perfiles.Creen aún que el mayor de nuestros males es el nacionalismo español:por alguna tara sinestésica los aurreskus y las sardanas del nacionalismo catalán o vasco suenan en sus finos oídos como la Novena de Beethoven.
Cuenta Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) que siempre quiso continuar Las máscaras del héroe (1996). Y por fin ha encontrado el tiempo (el París ocupado) y el espacio: nada menos que las 1.600 páginas divididas en dos tomos que componen Mil ojos esconde la noche (Espasa). El primero, La ciudad sin luz, ya desafía desde los escaparates todas las reglas de nuestra época, empezando por la brevedad. «Había un tapón que me reprimía y cuando lo he quitado ha salido todo a chorro».
Toda lógica inaccesible de Morante de La Puebla está contenida en una anécdota que cuenta Lucas Pérez en el delicioso libro que acaba de publicar (Otras 300 anécdotas taurinas, La Esfera de los Libros). El genio se presentó en casa de Padilla, a quien un toro le había vaciado el ojo izquierdo en Zaragoza. Llevaba consigo el visitante un guacamayo turquesa y se lo ofreció a su tuerto compadre: «No hay pirata sin su loro». Cómo no aceptarle un obsequio así justificado y cómo no sufrir que Morante apenas consintiera cuatro pases a su primero, los suficientes para descifrar la inutilidad del animal para su propósito artístico. Lo mató antes de que terminaran de sentarse los rezagados del gintonic. El público que abarrotaba la plaza atraído por la indeclinable promesa morantista estalló en pitos contra el capricho de su ídolo, pero el bicho derrotaba y José Antonio no regala el cuerpo gratis: solo si puede sacrificarlo a mayor gloria de su arte. Es la lógica del genio y bien está que sea incomprensible. Hasta que en el quite del primero de Aguado va el del loro y ofrece tres verónicas que voltean la inquina del respetable: ovación ardorosa, ciclotimia fascinante de Las Ventas.