En el mejor discurso de la historia del cine, el coronel ciego de Esencia de mujer que encarna Al Pacino les explica a los niños pijos de un college de élite cómo reconocer la integridad cuando todos menos uno la han perdido. Es decir, cuando la desfachatez ha quedado elevada a norma solemne.
Hubo un tiempo, desde los Reyes Católicos hasta el último de los Austrias, en que la hegemonía cultural del mundo se disputaba en las plazas barrocas de Roma. Esa competición política a través de la belleza la ganó España durante tres siglos, para frustración de Francia, la otra gran potencia católica. La huella española en la Ciudad Eterna es profunda y bien conocida: desde la majestuosa escalinata que conecta la iglesia de Trinitá dei Monti con la embajada ante la Santa Sede hasta la Academia Española en Roma, con sus codiciadas becas para artistas, de la que este año se cumple siglo y medio. Entre otras muchas improntas debidas a la Monarquía hispánica, que no en vano asumió el liderazgo imperial de la Contrarreforma, con Ignacio de Loyola a la cabeza.
Mirábamos llover el otro jueves como si lo fueran a prohibir, como si la fantasía más húmeda de los madrileños -vaya, vaya, aquí no hay playa- pudiera satisfacerse al fin. Ya imaginábamos naumaquias en El Retiro como aquel candidato visionario que no llegó a alcalde. No podíamos apartar la vista del hipnótico raudal que velaba el cielo tras los cristales hasta que comprendimos que no eran gotas, que caían metáforas de un mundo que se repite inexorablemente. Fue Machado quien descubrió que el valor poético de la lluvia no reside en la humedad sino en la monotonía, y por eso recibimos ese tópico dylaniano de que todo está cambiando como quien oye llover. Porque a veces basta una ojeada para comprender que llueve sobre mojado.
Son las diez de la mañana del 3 de octubre cuando Pedro Sánchez baja del audi oficial frente al Palacio de la Zarzuela. El subcampeón del 23 de julio concurre a la ronda de consultas con Felipe VI para reclamar su derecho a ser investido tras el fracaso aritmético de Feijóo. Ambos, Rey y presidente en funciones, saben que esa investidura solo será exitosa si el candidato cede al chantaje de los dos mismos políticos –Oriol Junqueras y Carles Puigdemont– contra los que el Rey pronunció el decisivo discurso del que hoy se cumplen exactamente seis años.
Cuando Pedro caiga y se rompa el hechizo del poder habrá que pararse a pensar cómo un enano moral logró someter a tantos. A académicos cum laude que se rebajaron a discípulos de un plagiario. A juristas prestigiosos que pusieron su ciencia al servicio del alivio penal para trucar la balanza de la diosa. A socialdemócratas de clase trabajadora que ampliaron los privilegios de la burguesía catalana. A auditores fiscales que ampararon el despilfarro en el clientelismo. A diputados con educación que aplaudieron la bajeza. A periodistas respetados que trasladaron la redacción a La Moncloa. A purgados del partido que se postraron ante su verdugo en busca de redención, quizá para ser purgados de nuevo en un círculo depravado de pasión por la obediencia. A comunistas que engordaron al socialtraidor que los devoró. A conservadores vascos que se diluyeron en su rival abertzale. Todos siguieron a un flautista esquizoide que los perdió.
La ola autocrática que se prepara para descargarnos encima una amnistía infame se estrelló este domingo contra el rompeolas alzado en la plaza de Felipe II, el rey que decidió la capitalidad de Madrid. El escenario era nuevo y el formato también: ni aún manifestación ni ya acto de partido, el gentío desbordó las costuras propias del mitin cerrado y colapsó las calles adyacentes al WiZink Center -O’Donnell, Alcalá , Goya, Conde de Peñalver- con la desorientación propia de la falta de costumbre. Otra cosa que la gente de orden jamás perdonará a Pedro Sánchez es haberla obligado a manifestarse. Los papeles tradicionales están invertidos: la izquierda insta al silencio frente al privilegio y la derecha se echa a la calle en defensa de la igualdad. Otra revolución psiquiátrica que le debemos al sanchismo.
Cuatro cajas de pinganillos recibían a los plumillas a la entrada de la tribuna de prensa del Congreso. De buena mañana y por el conducto oficial habíamos sido informados del inicio de una nueva era, pero han sido tantas las eras abiertas por el sanchismo que cuesta distinguir la rutina de la excepcionalidad. Por cierto que el fundador de la new age no comparecía en su escaño -a diferencia de Nerón, rara vez se queda a contemplar el resplandor de sus incendios-, lo cual aguó el golpe de efecto premeditado por Vox para el momento en que Francina Armengol rechazara las protestas reglamentistas y diera curso al pleno plurilingüe. Como si el reglamento importara a estas alturas, doña Cuca.
Usted no sabe quién es Valentín González Formoso. Yo tampoco, y eso que me pagan por saber esta clase de cosas irrelevantes. Pero lo peor para don Valentín no es nuestra ignorancia al respecto de su existencia sino la de los votantes gallegos, que llevan catorce años votando mayoritariamente al PP. Porque Valentín González Formoso es el actual jefe del PSdeG, y este domingo aprovechó un mitin del único jefe del PSdeG -y de cualquier agrupación socialista del país- para desmentir el arraigado tópico de la indefinición galaica: