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Así vigilamos a Putin en el Báltico

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En el hangar de la Victoria de Samotracia.

Alpha Scramble, Alpha Scramble! ¡Alerta, alerta!

Son las 11.05 del sábado 19 de marzo y el megáfono de la base militar de Siauliai, norte de Lituania, llama a los pilotos españoles para que corran a los hangares, suban a dos Eurofighters listos para despegar y averigüen por qué el radar ha detectado una traza irregular tan cerca de la frontera con Rusia. Si se tratara de un simulacro, de un entrenamiento rutinario, el megáfono habría anunciado: «Tango scramble, Tango scramble«. Pero ha dicho Alpha, el término técnico para una operación real.

Desde que el destacamento español llegó aquí el pasado diciembre, se han producido tres salidas Alpha. La primera la motivaron dos aeronaves de la Fuerza Aérea Rusa, que fueron interceptadas y devueltas a su ruta. De las otras dos no se dieron detalles. Esta hace la cuarta, y da la casualidad de que sucede con periodistas delante. Los mandos tienen prohibido darnos demasiada información: tan solo nos confirman que se ha detectado una traza sin identificar sobre aguas internacionales. Pero parece obvio que detrás de cada una de estas invasiones del espacio aéreo aliado están los traviesos aparatos de Putin.

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15 abril, 2016 · 18:48

Hombres buenos

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Banderas en la nieve. Destacamento Vilkas, Lituania, 19-III-16.

Escribo desde una ciudad nívea y remota llamada Siauliai, en el corazón de Lituania, donde un destacamento español lidera la misión de vigilancia aérea de la OTAN en el Báltico, al mando del teniente coronel Ballesta. Lituania es una pequeña nación orgullosa de su independencia reconquistada al comunismo, pero temerosa de que don Vladimiro haga ahora con ella lo mismo que ya ha hecho con Ucrania. El orgullo nacional de Lituania no es incompatible con la humildad necesaria para reconocer que carece de fuerza para defenderse de Rusia. Yo no soy futurista, pero les aseguro que hay pocos estremecimientos comparables a la crepitación atmosférica que causa el motor de un Eurofighter Typhoon en carrera de despegue. Dos veces al día, seis días a la semana durante cuatro meses, suena en los oídos de los habitantes de Siauliai esta nana maternal. Porque así suena la civilización cuando sale a patrullar cargada de cosas que hacen «pum». Hasta Colau se emocionaría.

Los pilotos de esos cazas son españoles. No se enrolaron, sospecho, para acabar defendiendo la integridad territorial de Lituania, pero tampoco es su misión establecer las alianzas estratégicas, sino de los políticos. El centenar de hombres y mujeres destacados aquí cumple a diario con tareas minuciosas, y dedica el tiempo libre a hablar con sus hijos por Skype o a ir a jugar con los niños sin familia de un orfanato cercano. Y hay una sobrecogedora continuidad moral entre el teniente coronel Ballesta que recibe el informe de vuelo de un caza letal y el mismo teniente coronel Ballesta arrodillado horas después entre muñecas para conquistar la sonrisa de un huérfano lituano.

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22 marzo, 2016 · 20:02

El Empecinado, o el orgullo del arroyo

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El héroe en el pincel de Goya.

Ganar una guerra es la manera más segura de escribir la historia, según quiere el famoso adagio. Pero pocos hombres legaron, además de su nombre al panteón de guerreros ilustres, también su apodo a la psicología popular, al mismo tiempo que su peculiar táctica de combate al vocabulario universal de la estrategia bélica. Estas tres hazañas juntas le fueran concedidas a Juan Martín Díez, el partisano que venció a Napoleón empecinándose en una guerra de guerrillas antes de despertar del sueño de libertad y toparse con Fernando VII, que traía consigo las cadenas para su pueblo y la horca para su héroe.

De niño me fascinó la vida de este guerrillero de fiero mostacho y vida trepidante, siempre entre la gloria y la condena, ese brusco vaivén tan español y tan siglo XIX. Quizá todo empezara por el libro que mi padre me regaló en mi primera Feria del Libro: Fray Perico, Calcetín y el guerrillero Martín, donde el fraile ficticio y el combatiente histórico cruzaban sus destinos en plena Guerra de la Independencia. Hubo un tiempo en que los niños no solo leían, sino que se les daba a leer cuentos sobre la historia de España y no solo magia con hormonas. De Barco de Vapor al episodio nacional que Galdós le dedicó fui saciando mi curiosidad y alimentando una púber vocación de emboscador de franceses sin reparar en que mi país ya había entrado en la OTAN, y por tanto Francia era nuestro aliado.

Le llamaban “empecinado” por el cieno o pecina que perfumaba las aguas en descomposición del riachuelo que atravesaba su pueblo natal: Castrillo de Duero, provincia de Valladolid. Me encanta el simbolismo del detalle: a uno de nuestros héroes decimonónicos más indiscutibles le recordaban cada vez que le llamaban que era hijo del fango, un paria del arroyo, pero cuando fue ascendido a mariscal firmaba “Empecinado” con el orgullo crecido. Esa raza ya no se estila.

Se conoce que un soldado gabacho violó a una del pueblo y por ahí no pasó. Tirando de amigos y familia, Juan Martín armó una cuadrilla y se echó al monte a hacer la guerra por su cuenta, como buen español. Más tarde se enrolaría en el ejército regular, pero algunas batallas perdidas le persuadieron de regresar a su método, que se reveló eficacísimo: su dominio del terreno por todo el frente castellano le permitía tender emboscadas, interceptar correos, apresar convoyes y convertir en general su nombre en una pesadilla para los mandos napoleónicos. Cuando uno de ellos atrapó a su madre para exigirle que se entregara, el hijo capturó a cien franceses y respondió que o soltaban a mamá o los fusilaba a todos allí mismo.

Lograda la victoria continuó la guerra por medios políticos, pero esa trinchera exige más fortuna que coraje. Liberal comprometido con la Pepa, partidario de Riego, gobernador de Zamora, desterrado a Portugal con la restauración absolutista, el rechazo del título nobiliario con que fueron a sobornarlo terminó de enojar a Fernando VII. Todavía camino del cadalso logró romper las esposas y arremeter contra la soldadesca realista; reducido con una maroma, el golpe de soga al cuello fue tan violento que sus alpargatas salieron despedidas.

Goya lo retrata como el héroe que fue: paleto hasta la nobleza, irreductible hasta el martirio. Empecinado.

(Publicado en La aventura de la historia, número 209, marzo de 2016)

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6 marzo, 2016 · 9:30

El ofendido autonómico

Folclor patrio.

Folclor patrio, en Buñol.

Si Leopoldo María Panero se autodestruía para saber que era él y no todos los demás, el español sabe que es español y no birmano o danés porque discute su propia identidad, cuando no la niega directamente. De ahí la españolidad profunda del nacionalista: solo el que es de la familia aspira a irse de casa. Aquí nunca se terminó de cuajar o coser un sentimiento de unidad nacional como pongamos el de Francia, y la fuente de este particularismo ha distraído mucho a los historiadores: Américo Castro la ubicó en la pugna religiosa de la Reconquista, Sánchez-Albornoz en la romanidad visigoda, otros en la energía centrífuga que absorbió el Imperio; pero todos vienen a compartir el diagnostico invertebrado de Ortega.

A falta de un patriotismo nacional, y dado que el desarraigo absoluto tampoco es humano, el español ha desarrollado un amor hipersensible a su patria chica. El CIS dice que solo el 16% de los españoles estaría dispuesto a defender su país con las armas, pero yo veo al 90% perfectamente capaz de matarse con el pueblo vecino si entiende agraviado su folclore. El fútbol es la épica de nuestro tiempo pero, más que cohesionar, la Liga yuxtapone municipios enfrentados.

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