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Cantar de gesta del nacionalista español

  1. «Acusar a alguien de militar en el nacionalismo español (sic) es presenciar el salvamento marítimo de un canguro a manos de un surfista. Sucede, pero no tiene sentido. El sufijo ‘ismo’ en castellano indica, entre otros significados, movimiento ad quem, tendencia. Uno se declara partidario del cainismo cuando aspira a eliminar a su igual, que aún sigue vivo. Del mismo modo, uno se declara nacionalista catalán cuando es consciente de que Cataluña no es una nación-Estado, pero debe serlo. Uno pudo declararse nacionalista español cenando con Juana la Beltraneja, pero no hoy, cuando el objetivo de ver a España convertida en nación-Estado hace tiempo que se ha cumplido.

  2. El tertuliano de cuota territorial que acusa a otro de nacionalista español lo hace buscando equiparar dos sentimientos –uno de ley y otro de partido– para así evitarse razonar y fiarlo todo a la dialéctica desatada entre la condición victimaria de la tesis y la victimista de la antítesis, y alumbrar de ambas un nuevo estatuto o síntesis, o cambalache presupuestario. El otro tertuliano, que igualmente cuenta sus neuronas con rosario de dedo, trata de defenderse desmintiendo su militancia españolista (sic), con lo que acepta la inexacta premisa del tertuliano victimista. Otra cosa es tacharle a uno de patriotero, término exacto habiendo patria, pero llamarle a otro españolista es como llamar carlista a un simple Carlos. En el momento en que Cataluña sea una nación con todas sus cositas no tendrá objeto el nacionalismo catalán, de ahí que convenga alargar el proceso para no tener que cambiar unas siglas que se han revelado excepcionalmente lucrativas en los últimos decenios. Contra la tesis, sobre todo si es mayoritaria y garantista, uno puede pasarlo en grande por muchas décadas montando tiberios callejeros y enmoquetando edículos públicos. En consecuencia, nadie hay menos interesado en la independencia de Cataluña que un nacionalista catalán, así como no hay mayor papista que los diarios de izquierdas, cuyas tiradas son proporcionales a la facundia de los obispos».

Aquí Samaranch no estaba determinando la dirección del viento. O sí.

Aquí Samaranch no estaba determinando la dirección del viento. O sí.

Rescato estas reflexiones de un dietario de juventud que llevaba hace cinco años, en una época –como se ve– aún enérgica de mi vida. Las he recordado oyendo hablar tanto y tan gratis del nacionalismo español, usted lo que pasa es que es un nacionalista español, esto es un choque de trenes nacionalistas, hay mucho nacionalista español en Madrit, y otros pancismos.

Con el primer párrafo de la autocita sigo estando de acuerdo, porque la gramática no ha cambiado. Un nacionalista español es un artefacto retórico que se puede arrojar en las tertulias pero que no duele porque no tiene peso semántico real, carece de correlato callejero. En la calle encuentras españoles más o menos chillones, más o menos encariñados con la Costa Brava, más o menos hartos de que les acusen de robar a Cataluña y oprimir cada mañana al rico pueblo del nordeste; pero técnicamente los últimos nacionalistas españoles murieron con la propaganda franquista, si bien nuestra opinión pública aún no ha aprendido a vivir sin Franco, por lo que a todas horas hay que recrear el espantajo de fajín y bigotito para proceder a tundirlo democráticamente, heroico antifranquismo del siglo XXI. Como si Cataluña, por otra parte, no hubiera dado tantos y tan entusiastas franquistas durante aquellas divinas décadas que hicieron posible, naturalísimo, el brazo extendido de Samaranch.

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30 julio, 2014 · 18:05

Libres e Iguales: una crónica

España bien vale una insolación.

España bien vale una insolación.

Recibí generosamente un mail de parte de Arcadi Espada invitándome a participar de la puesta de largo de la plataforma Libres e Iguales. Habría un briefing en Lhardy con prensa, seguido de almuerzo y posterior lectura del manifiesto a la puerta del Congreso.

De la iniciativa ya había tenido alguna noticia por David Gistau, que asitió a la cena fundacional. Me extrañaba que hubiera tardado tanto en crearse algo así, de hecho. Don Mariano lo ha fiado todo al tancredismo y ya parece evidente que la estrategia no funcionará. «Ellos esperan que Madrid responda para alimentar su victimismo. Sin adversario se cuecen en su propio jugo y nace la división en sus filas. Rajoy no olvida que Aznar fue una fábrica de independentistas». Todos estos mantras que oímos son un bullshit, que diría nuestro convocante, y permiten al monocultivo ideológico nacionalista seguir expandiéndose sin encontrar otra resistencia que la seca apelación a la ley. Ninguna ruptura de naturaleza irracionalista se ha frenado apelando al orden legal, señores; si acaso, así es como se provoca: respondiendo al borracho que haga el favor de no hacer ruido, que los niños están acostados.

Los niños, efectivamente, están acostados. Me decía Jacobo Elosua que Libres e Iguales debe combatir la etiqueta de «élite intelectual» y abrazar la de ciudadanos, y yo pienso que ojalá, que ojalá España no hubiera inventado la santa siesta. La plataforma se funda para hablar, para crear un poco de debate cordial y hacer la pedagogía que no se hace, para tratar de despertar a la buena gente siempre huidiza ante problemas demasiado duros y cercanos, como dijo Fidalgo en la comida, a ver si hay suerte y toma conciencia de que la secesión de Cataluña constituiría la mayor catástrofe para la Península Ibérica desde la última guerra civil. Empobrecimiento general, fermento del odio casa por casa, actualización de los siniestros métodos de segregación social del siglo XX, lobos solitarios contestados por futivos montaraces y así. Todo para acabar remendando la brecha a la vuelta de dos generaciones envilecidas, exhaustas por la ruinosa aventura. Entretanto, España otra vez meca de exotismos y turistas de lo anacrónico.

Nuestro país tenía el récord mundial en pérdida histórica de trenes de progreso hasta 1978. Ahí se fastidió nuestra hegemonía de lo deprimente y cometimos la increíble fantochada de ingresar en un vestíbulo de modernidad, de prosperidad, de garantismo jurídico desde luego incompatibles con nuestra tradición. Pero aquí la tradición –y los fueros viejos– tiran mucho, normalmente por el lado equivocado, y ahora pretende retornarnos a la antesala de los Decretos de Nueva Planta, reinando Felipe V, el de la primera Diada. Ese sí es el statu quo fetén, el ser profundo de nuestra idiosincrasia. Y una romería a Montserrat para ambientar coherentemente la maniobra de retroceso.

Ya es hora de decir que el nacionalismo es la quintaesencia de lo reaccionario, decía Cayetana Álvarez de Toledo. Que la moderna idea de Europa se construyó precisamente contra los nacionalismos, apuntó, creo, Carlos Falcó. El economista vasco Felipe Serrano describió muy gráficamente cómo a medida que el Estado se retira, acosado por el nacionalismo, lo que va quedando es un páramo donde si acaso la oficina de correos erige un último vestigio más o menos poético de pertenencia a una comunidad de derechos democráticos. Y para entender cómo hemos llegado hasta aquí, Gabriel Tortella, de trayectoria inequívocamente izquierdista, dio en el clavo del pacto fáustico entre izquierda y nacionalismo por mor de un antifranquismo sentimental primero, y de la gobernabilidad a todo precio mediante apaños postelectorales contra natura, después. Lo cuenta muy bien hoy en una tribuna de El Mundo, y lo explicaba de forma antológica Félix Ovejero.

Almuerzo en Lhardy.

El briefing en Lhardy.

La verdad es que el almuerzo fue una delicia, tanto por el tumbet y el solomillo como por la compañía. Una de esas escasísimas ocasiones en que, te sienten donde te sienten, tienes conversación interesante a tu lado. Eso, sospecho, pasa solamente un puñado de veces en la vida. Yo tenía a Teo León Gross a mi izquierda, a Laura Fàbregas a mi derecha y enfrente a Jon Juaristi, Joaquín Leguina, Jorge Martínez Reverte y Andrés Trapiello, seguidos de Felipe Serrano y José María Fidalgo. Leguina es un caudal de anécdotas contadas con un jovial casticismo ya perdido. Juaristi posee una memoria prodigiosa y llena el personaje del sabio divertido, con un punto de descuido muy gracioso. Y así podríamos hablar de todos. Uno desea volver a coincidir con ellos pronto.

A los postres habló Trapiello para decir que toda su vida ha militado en bandos perdedores y que está perfectamente acostumbrado, y que los allí presentes componían en el fondo un plantel de solitarios pero que él se conformaba con fracasar en semejante compañía. No le faltaba razón, aunque Arcadi se mostraba más optimista que eso. Luego, ya frente al Congreso siguiendo el plan escenográfico diseñado por Boadella, hicieron acto de presencia Hermann Tertsch, Carlos Herrera y Mario Vargas Llosa, entre otros. Cayetana leyó el manifiesto, luego posamos para la foto y marchó cada cual a su casa a lavar la camisa empapada en sudor.

Mentiría si dijese que creo ciegamente en el efecto mágico de los manifiestos, y desde luego uno no es nadie para dar lecciones ni abajofirmar nada más allá que un post. Pero mentiría mucho más si no confesase el orgullo de aparecer entre estas cabezas que rehabilitan con naturalidad y buen humor la denostada condición del intelectual. Es sorprendentemente fácil perderse en matices justificatorios, tres pies de gato y tuits de moralidad superior y comodidad mediopensionista. Ahora bien: si cada quien, en su insignificancia, puede hacer algo en una hora ciertamente dramática para el país, creo que llegará un día en que no se perdonará no haberlo hecho a la vista de los posibles acontecimientos.

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España bien vale un partido

La foto de la bendita excepción a una regla triste: la de las identidades compatibles. La distribuyó EFE y fue tomada (en Viena) en 2008.

La foto de la bendita excepción a una regla triste: la de las identidades excluyentes. La distribuyó EFE y fue tomada (en Viena) en 2008.

«La comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre conocemos»: la puntería de este aserto de Eric Hobsbawm puede probarse perfectamente en el campo de pruebas del fútbol español, teatro de identidades siempre en conflicto que ha analizado con académico rigor Alejandro Quiroga Fernández de Soto, profesor en Newcastle y Alcalá de Henares y autor de varios trabajos sobre historia contemporánea de España.

Mucho ha tardado la investigación universitaria en elevar el fútbol a categoría de estudio serio. De hecho, este es el primer ejemplo acabado que conozco, muy alejado del tono banderizo, informal, adocenado y agotador que caracteriza este boom editorial de libros de fútbol que estamos viviendo a rebufo comercial del Mundial de Brasil. Pero lo cierto es que el fútbol constituye una manifestación sociológica de primerísimo orden, tan significativa de nuestro tiempo como la moda o el cine; es quizá la mayor industria de ocio y consumo del planeta, en ascenso constante desde los años veinte del siglo pasado; y es también un poderosísimo canal de propaganda masiva y de construcción nacional. La anomalía era no haberlo estudiado antes. Como dice el autor, «a través de los comentarios futbolísticos, los medios de comunicación han reescrito en los últimos años las narrativas sobre la identidad española». Lo que es España y sus pedazos, o lo que creen ser, o lo que aspiran a ser y no son: todo ello ha quedado en las hemerotecas, retratado en el discurso deportivo que bajo distintos regímenes ha formado y deformado a los españoles, deseosos de identificarse con once personas cuyos nombres conocen y cuyo triunfo o fracaso sienten como historia viva y símbolo propio.

Mediante un escrupuloso rastreo de materiales eminentemente periodísticos, el profesor Quiroga va componiendo el retablo evolutivo de la identidad española desde el origen de la selección nacional de fútbol hasta su brillante presente, pasando por sus tribulaciones legendarias. Hablar de fútbol es una forma de hablar del estado de la nación, en España y en el mundo, e incluso quizá sea la forma más directa de hacerlo en este país atravesado de complejos y suficiencias históricas que, cuando no se exalta, se odia, y viceversa, o a la vez. Así, asistimos primero a lo que el autor denomina «la narrativa de la furia y el fracaso» que a todo aficionado no demasiado joven le resultará familiar: esa ambivalencia apasionada y fulminante que llevaba a los medios, del nodo a El País, a celebrar una épica clasificación para cuartos de final y a deplorar unos días después la enésima eliminación vergonzosa e inevitable. Este estereotipo idiosincrásico que bascula del coraje a la fatalidad dominó el relato del periodismo español –y hasta el extranjero, que se ha mecido cómodo durante décadas en el tópico de la furia roja y el quijotismo individualista de los españoles– durante todo el siglo XX, y solo cedió ante la creciente sofisticación del juego del equipo nacional a principios del siglo XXI, culminada con el ciclo triunfal de 2008 a 2012: dos Eurocopas y un Mundial.

El libro repasa los pocos pero resonantes hitos de que pudo aprovecharse la propaganda franquista para explotar su idea retórica de una España corajuda y heroica, cuya hazaña fundacional fue la plata en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920, gesta que la selección española celebró por las calles de Irún, Bilbao y San Sebastián con inequívoca adhesión local. Más tarde, de hecho, el franquismo aplaudiría el coraje ancestralmente vinculado a la raza vasca como quintaesencia de la «furia española». Esos pocos hitos gloriosos fueron el gol de Zarra en Maracaná en 1950, que dio a la selección su primer paso a semifinales de un Mundial y que motivó un telegrama caluroso de Franco por haber vencido a la Pérfida Albión; el triunfo en la Eurocopa de 1964 nada menos que contra la Unión Soviética, con todo el Bernabéu dando vivas al Caudillo y el nodo vendiendo la gesta como la consabida cruzada anticomunista; o el pírrico pero emotivo 12-1 contra Malta, que no era más que un partido de repesca, pero que sirvió para actualizar el mito de la furia española entre los andares titubeantes de la naciente democracia. A su vez, se evocan como mojones inolvidables del fatalismo nacional la cantada de Arconada ante Francia en 1984, el codazo impune de Tassotti a Luis Enrique en 1994 o el robo arbitral en el Mundial de Corea de 2002, entre tantos otros.

El autor acierta a desmontar con datos algunos mitos persistentes, como el pretendido madridismo de Franco, quien en realidad explotaba propagandísticamente lo mismo las Copas de Europa del Madrid que los triunfos de Bahamontes, Ángel Nieto, Manolo Santana o Paquito Fernández Ochoa. Lo mismo, apunta bien Quiroga, hizo luego la democracia, con Zapatero fotografiándose con «La Roja» en La Moncloa y prometiendo un ministerio de Deportes, o Rajoy acudiendo a Gdansk al debut de España en la Eurocopa de 2012 horas después de anunciar el rescate financiero del país. Especial interés revisten los capítulos que analizan los conflictos identitarios asociados al fútbol en Cataluña y el País Vasco, vehiculados a través de dos clubes que se pretenden más que clubes y lo consiguen: el Barça y el Athletic de Bilbao, el único equipo del mundo que todavía alinea únicamente a jugadores vascos o criados en clubes vascos, apelando a un anacrónico «etnorromanticismo», dice el autor, que quizás hubiera que llamar racismo a secas.

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17 junio, 2014 · 13:38

¿Cuándo se recuperó el Perú?

Soledad de corredor de fondo... o de sprinter prematuro.

Soledad de corredor de fondo… o de sprinter prematuro.

En los pasillos del Congreso ya no se habla de otra cosa que de fútbol. En la redacción de Radio Nacional, por citar otro lugar noble que piso con alguna frecuencia, tampoco. En el Carrefour circulan las apuestas deportivas entre los esforzados reponedores. Incluso en mi comunidad de vecinos la conversación futbolera ha dejado de ser una coartada de ascensor para convertirse en objetivo deliberado y punto de orden del día. Se rumorea incluso que se habla de fútbol en el despacho de Florentino Pérez, donde pensábamos que solo se ponían y quitaban fiscales. Los periodistas parlamentarios, los jefes de gabinete, hasta los diputados de CiU hablaban esta mañana del partido de Lisboa, donde no se les ha perdido nada desde cuartos de final.

Uno se preparaba hoy para reconocer fervores electorales bullendo por la oratoria de los portavoces, pero la sesión no pudo cursar con mayor atonía y puntuales picos de decibelios populistas o contestatarios. Cuando llegamos a la tribuna de prensa, Rajoy le estaba recordando a Coscubiela que él no ha congelado las pensiones como otros. Es un recordatorio tan recurrente en el repertorio de Rajoy –van cuatro erres por cuatro sustantivos: aliteración– que se diría que no las congeló exclusivamente para poder recordarlo luego. Añadió en tono catequético, satisfecho sin euforia, que Europa nos vaticina un crecimiento del 1,1% este año y del 2,1% el que viene, que será más de lo que crezca la mismísima Alemania. Y aseguró que terminará este mandato con menos parados de los que encontró. Veremos, pero don Mariano no es hombre que aventure pronósticos con la ligereza Champions League de su antecesor. De hecho las previsiones del Gobierno son peores que las de la euroburocracia, pues si hay una estrategia eficaz para sacarles burbujas a los mercados es la del cenizo impostado, de cuyo casandrismo venga luego a rescatarte, jubiloso, el sanedrín de Bruselas.

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7 mayo, 2014 · 18:37

La nariz de Cataluña

Nariz catalana con nariz de Huesca.

Nariz catalana con nariz de Huesca.

En el día de Sant Jordi la FIFA, finalmente dragón bufo de restaurante chino, levantó la sanción al Barça para que pueda reconstruir su ciclo sobre nuevos cimientos más exóticos que los de La Masía. Esto se daba por descontado y los madridistas nos alegramos de ello, porque nunca sabría igual otra Copa ganada a un equipo castrado. Un equipo de estirpe netamente catalana condenado a dos años de soledad.

Siendo así que hoy el Barça, mes que un club, ejército desarmado, proyección senyera, celebra con alivio la venia de la FIFA, lo que no terminamos de entender es que sus aficionados de querencia independentista no completen el silogismo: si se acepta que un gran equipo de fútbol reducido por la fuerza a su cantera no puede competir con garantías en Europa, ¿por qué habría de competir mejor en el mismo ámbito un nuevo Estado edificado por la fuerza sobre la segregación social y la oligarquía endogámica?

–Oiga, no compare el fúpbol, que es un juego, con una cosa tan seria como el derecho de autodeterminación de los pueblos.

No, hombre: ni el fútbol es un juego ni la autodeterminación un asunto serio. El fútbol es quizá la industria más poderosa de nuestro tiempo y como tal se ajusta a criterios de eficiencia que mantienen erecta la carpa del circo. Uno de esos criterios es un mercado de fichajes minuciosamente regulado, como sabe pero ignoró el señor Rosell. Sin fichajes no hay espectáculo y sin mestizaje no hay sociedad abierta. La autodeterminación es siempre la humedad febril de un oligarca que aspira a ampliar su poder, independizándolo del papá Estado que te pone hora de llegada, aconseja verdura cuando se antoja mona de Pascua y obliga a posponer la nómina en la conselleria prometida al sobrino Macià para destinar ese dinero a charnegos necesitados. Así no hay manera de vivir.

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23 abril, 2014 · 19:00

Ovejas eléctricas en el Congreso

Distopía parlamentaria.

Distopía parlamentaria.

Blade Runner ha quedado como la distopía más verosímil para un Occidente hiperdesarrollado, con su atmósfera de hollín, sus replicantes líricos, su humedad ácida, sus ovejas eléctricas soñadas por androides sin escaño. Pero uno se inclinaba a pensar en los gordos satisfechos y motorizados de Wall-e como el futuro más esperable, futuro que se producirá tras la derrota final de los gimnasios y la victoria silenciosa de los triglicéridos y la tecnología. Hasta hoy. Porque hoy, un día después del multitudinario debate sobre el Tabarrón Catalán, el hemiciclo comparecía comido de calvas, sin fotógrafos, sin reporteros, sin apenas diputados; y este cronista, únicamente acompañado en la tribuna de prensa por una ujier rubicunda, experimentó una visión de la distopía más plausible en democracia: un pequeño hemiciclo urbano con portavoces hablando de Europa en idioma de signos y una multitud popular, pastoreada por personal shoppers, derramándose sobre plazas y comercios y locales de apuestas deportivas, felizmente ajena al destino de sus impuestos.

Del escalofriante ensueño vino a socorrerme la voz familiar de Mariano Rajoy. En estos plenos rutinarios que siguen a un gran evento político, sobre todo en los infumables partes del Consejo Europeo, sabedor de que nadie le presta demasiada atención el presidente gallego suele pinchar en el tocadiscos de la tribuna de oradores la cara B de su retórica personal: sus psicofonías más campechanas, tautológicas y geniales: “Si usted, señor Cayo Lara, estuviera en mi lugar, se mostraría razonablemente satisfecho. Y si yo estuviera en el suyo, me mostraría razonablemente insatisfecho”. O bien: “Usted habla mucho de Asturias, y es muy natural, puesto que es asturiano y es diputado por esa circunscripción”. Y también: “No diga lo que yo no he dicho, porque yo digo exactamente lo que he dicho”. Y en este plan. Yo miraba a los lados para compartir mi admiración con algún compañero, pero la ujier rubicunda se estudiaba las uñas.

La noticia era Cañete –nunca una novedad fue tan rebajada por el rumor antes de su oficialización–, quien aparecía en su escaño volcado sobre un tomazo de folios, supongo que los papeles para el exilio. Dulce exilio, en su caso. La primera pregunta de la sesión de control la hizo Rosa Díez sobre sus bailarinas azul eléctrico a juego con el vestido (¡y su prosodia!): versó sobre pobreza infantil y aparejaba una queja por el trato que don Mariano había dispensado a la líder de UPyD en el Debate del Estado de la Nación. Rajoy obvió lo segundo y respondió a lo primero con una cascada de millones de euros para partidas sociales que combatan “la cara amarga de la crisis”. La cara amarga de la crisis es el nuevo marco incomparable, que a su vez sustituyó al crisol de culturas edificado sobre la fiesta de la democracia. A este abuso del tópico adscribimos la cara A de la oratoria presidencial: la menos interesante y divertida.

Don Cayo y don Mariano oficiaron una dialéctica trinitaria a cuenta de la desigualdad social y la reforma tributaria. Rajoy aseguraba que esta próxima reforma persigue tres cosas: empleo, lucha contra el fraude y equidad recaudatoria. Pero el portavoz de IU contratacaba con la trinidad reivindicativa de las llamadas Marchas por la Dignidad: pan, techo y trabajo. Va uno aprendiendo que esto de la economía guarda una relación cada vez más estrecha con la teología, no solo porque se ocupa de entidades trimembres (tierra-capital-trabajo, producción-mercado-consumo, Padre-Hijo-Espíritu Santo y así) sino porque además exige notables cantidades de fe para su desarrollo. Al final a Lara se le escapó una sentencia maravillosa que nos lo acerca a Peppone, el alcalde comunista que anda siempre cordialmente peleado con Don Camilo en las novelas de Guareschi: “Usted y yo, señor Rajoy, coincidimos en la filosofía, pero no en la práctica”.

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9 abril, 2014 · 20:58

Una patria de azúcar

La terna de Mas para enseñar democracia en Madrit.

La terna de Mas para enseñar democracia en Madrit.

Pocas veces habrá levantado tanta expectación una comedia con final anunciado. Por eso me había prometido levantarme de la tribuna de prensa a las 17.14 exactamente, en correspondencia poética a la pretensión independentista. Y fue en ese preciso momento cuando Mariano Rajoy, que se encontraba a mitad de su discurso de réplica a los tres comisionados del Parlament, advirtió:

–Y aquí, señorías, podría acabar mi intervención. Pero como les he dicho al principio, quiero ir más allá…

Habría sido ese un gran final, ceñido a la simbología cronológica que propone el nacionalismo, dejar que el discurso muriera tras cumplir su propósito vehicular: repetir que la purita ley impide, aquí y en la China popular, que la parte decida por el todo. Pero ya que había accedido a hablar, con lo que le cuesta eso, el presidente Rajoy quiso añadir consideraciones históricas, económicas, sociales e incluso afectivas sobre su imposibilidad de concebir España sin Cataluña y Cataluña sin España… y sin Europa.

En el hemiciclo no cabía un alma. A mi lado en la tribuna de prensa comparecía una delegación de diputados venidos de Cataluña sin necesidad de escolta para apoyar a su equipo pese a que el partido ya se había jugado: en concreto en 1978. Cuando el 90,4% de los catalanes votó a favor de la Constitución en su más genuino ejercicio de autodeterminación, según hizo notar Rajoy. Tomó primero la palabra Jordi Turull (¿Tururull?), que fue el más moderado de la terna dentro del disparate general que se oficiaba esta tarde en la sede de la soberanía española. Turull quiso cargarse de legitimidad apelando a los 103 de 135 escaños que obtuvo el proyecto suicida en noviembre de 2012, y evocando después el viscoso concepto de democracia popular: las masas diadas y su festivo juego floral. Cataluña, dijo, es un pueblo que siempre ha querido gobernarse a sí mismo, que siempre se ha sentido una nación, una de las más antiguas del mundo según Pablo Casals –y Pep Guardiola–, que nunca se ha resignado y que ahora contempla cómo una sensación de fatiga mutua se ha instalado definitivamente en Barcelona y en Madrid. Esto último, la fatiga que nos provoca a todos el Tabarrón Catalán, fue la primera verdad de su intervención, quizá la única. Luego Turull destapó el tarro de la esencia argumental que traía la terna o troika secesionista a la Carrera de San Jerónimo: el almíbar. La identidad como encarnizamiento sentimental. La vuelta rousseauniana a la aldea. El complejo de concejal perpetuo.

–Queremos mejorar porque amamos a este pueblo, y lo amamos porque es el nuestro. No desistiremos. El pueblo de Cataluña no se ha metido en un callejón sin salida sino en un camino sin retorno. La historia nos ha convocado a todos. ¡Desde el Parlament seremos dignos del mandato de nuestro pueblo!

Y gran aplauso a mi derecha de la delegación de les Corts. Jesús Posada reconvino su efusividad y les avisó de que en la tribuna de invitados no está permitido ni mostrar las tetas ni ofrendar otros testimonios de aprobación o descontento. Me fijé en una diputada con amago de llanto en el lacrimal que se frotó los ojos, emocionada. He ahí el hueso pálido, la víscera más bien, de todo este pifostio insensato, fenomenal farsa, anacronismo mareante. La misma lógica del cortatroncos que le oí al speaker de un campeonato de aizkolaris celebrado en el Arenal de Bilbao durante un Aste Nagusia:

–¡Tenemos que defender estos deportes! ¿Por qué? ¡Porque son nuestros!

Pero oiga, en Europa nadie compite cortando troncos ya. ¡Da igual, es nuestro! Y en este plan. Españoleo eterno con más franjas rojigualdas, nada más. Romanticismo tardío, pulsión decimonónica que no cesa, vigencia antiilustrada de las doctrinas del señor Herder que llevaron a Europa al desastre. Y junto al sentimentalismo grosero, sus primos hermanos: el moralismo, el paternalismo, la fabulación retrospectiva, el mesianismo comprado en los chinos que te vende a Gandhi y te da a Quico Homs, acodado sobre el reloj parlamentario. Nosotros, diputados del Parlament, peregrinamos limpiamente a la Meseta esteparia para ilustraros, para desasnaros un poco y podaros la lana facha de la dehesa, para iniciaros en esto de la democracia, que parece mentira, Señor, dame paciencia, seny mediterráneo. Y no es que las actuales bancadas de PP y PSOE reúnan muchas más lecturas que los rupturistas, pero al menos poseen mayor sentido del ridículo, ese que Pla siempre ponderó en la raza catalana y que parece haber naufragado entre pícaros y milhombres. Hoy, los sedicentes representantes de la vieja y admirable Cataluña han degenerado en pueriles Hansel y Gretel que aspiran a vivir en su patria de caramelo, que la cimientan sobre bases cariadas y que la defienden con fundamentos dialécticos nubosos y suaves como algodón rosa de verbena.

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9 abril, 2014 · 10:00

Llibertat con ira

Sorpasso.

Sorpasso.

Dicen los viejos que en este país hubo una guerra, que hay dos Españas que guardan aún el rencor de viejas deudas. Dicen los viejos que este país necesita palo largo y mano dura para evitar lo peor. Esta letrilla ancestral musitaba Undiano Mallenco mientras por el luminoso del Bernabéu desfilaba el perfil numismático de don Adolfo Suárez, que no hay que olvidar que Florentino fue concejal de la UCD y era por tanto uno de los que le llamaban Adolfo.

Luto protocolario en los brazos de los blancos y azulgrana ininterrumpido en los brazos del Barcelona, que para eso son de un pequeño país que baja a la Meseta principalmente a jugar contra diez y a ponerle el cuenco de la mano al Fondo de Liquidez Autonómica. Las dos Españas que reverdecen en cada clásico necesitan palo largo, el que puso Undiano contra el centralismo engreído, y viejas deudas, las que actualizan los Pepes y los Busquets con odiosa puntualidad. Al final fue otro clásico frustrante para el madridismo, otro día de la marmota diagnosticado por Dick –la épica del Barça: penalti y expulsión– y vigilado por la sonrisa satisfecha del secretario de Estado, señor Cardenal, alto comisionado para esa Marca Espanya que baja del Rey a Iniesta, o mejor: de Suárez a Iker, que también es de Ávila.

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24 marzo, 2014 · 14:29