Es justo que la Biblioteca Nacional dedique una exposición al hombre más libre de una España de fanáticos. Diez años tenía Miguel de Unamuno cuando vio entrar a las tropas liberales en Bilbao y sintió que su corazón de «niño viejo» cabalgaba con ellas como si fueran contradicciones. En el laberinto de causas políticas y controversias históricas que fatigó el menos cerebral de nuestros intelectuales parece fácil perderse, pero es más fácil encontrarse si tiramos del hilo intacto de su espíritu, que siempre toma partido infalible por el individuo y no la masa, por la dignidad y no la ideología.
Nos hemos quedado sin la foto de Pedro con Anne Hathaway, que alegó motivos familiares de última hora para no darle el premio feminista de la ONU. El gozo de las pedrettes en un pozo, una semana de tuits a la basura. Deberían consolarse pensando que podría ser peor, que ese premio podría habérselo dado cualquiera de los violadores beneficiados por su ley del sí es sí.
La normalización de Cataluña es una farsa con dos protagonistas en apariencia antitéticos pero estratégicamente complementarios: Salvador Illa y Santos Cerdán. El arquetipo cervantino parece aquí inevitable:el quijote de la concordia y el sancho de las tajadas. El primero, que se declara democristiano, es el encargado de poner las velas a Dios en Sant Jaume mientras el segundo, que acaba de escaparse de una escena de Los Soprano, se las pone al diablo en Suiza. Recuerden el chiste de romanos, con aquel emperador que se desesperaba porque los humanos estaban comiéndose a los leones en el Coliseo.
Pedro Sánchez accedió a su escaño forzando mucho la sonrisa, lo que en términos politológicos se conoce como hacerse un Pantoja. Tras la derrota en la votación de la víspera, Pedro necesitaba enseñar muchos dientes para impostar seguridad. Feijóo lo recibió con artillería pesada: «Ha pasado usted de tener problemas con la verdad a tenerlos con quienes la cuentan. No se veía una cosa así desde Franco. Casos de corrupción abiertos y una legislatura cerrada». El jefe del PP no tiene un problema con el mensaje, que de hecho ha ganado contundencia, sino con el reloj: alarga tanto el primer round que se queda sin tiempo en el segundo, lo que afea la diatriba. Pero su rival no atraviesa precisamente por su pico de forma. Desató la carcajada cuando declaró que el suyo era «el Gobierno del acuerdo y el diálogo» antes de ponerse a olfatear el pasado del líder de la oposición en la Xunta de Galicia. Incurrió en la cursilada de llamar templo de la palabra al Congreso, como si eso fuera a ablandar a Junts con vistas a la negociación presupuestaria. Y citó al Banco de España como fuente de autoridad para celebrar el cohete económico español, momento en que el escaño que ocupaba Escrivá hasta anteayer emitió un crujido sospechoso.
Otra de las cosas que nos quiere arrebatar el sanchismo es el derecho a la desconexión estival, y no debemos dejarnos. Cuando hasta en agosto se suceden los escándalos y la intensidad política no cede al marasmo veraniego existe la tentación de soltar la jeremiada: ¿queda alguien ahí para escandalizarse? ¿Es algo más que un puñado el número de conciencias a las que les sigue doliendo España bien entrado el periodo vacacional? Nos acordamos entonces de aquellos que se fueron a los toros la tarde en que llegó a Madrid la noticia de la pérdida de Cuba y Filipinas, y concluimos siglo y cuarto después que el españolejo no ha superado su atávico pancismo, su incurable alienación institucional.
Si hablamos de justicia social no hay tanta diferencia entre Javier Milei y Salvador Illa. El eterno candidato a la Generalitat reniega de la vocación igualitaria del socialismo cuando tercia en el debate sobre la singularidad catalana afirmando que quien más tiene debe recibir todavía más. El presidente de Argentina tampoco cree en la redistribución de la riqueza a través de los impuestos y parece cómodo en la metáfora social de la ley de la selva. Ambos difieren solo en tono y trayectoria: el argentino ganó sus elecciones defendiendo a voces el libertarismo antiestatista, mientras que el catalán ha ganado las suyas defendiendo lo contrario de lo que ahora musita por cobarde sometimiento a su patrón, rehén de las exigencias supremacistas. El corolario de ambos programas es la desigualdad, más grave en el caso catalán porque a la prebenda económica se le suma el derecho de pernada judicial que instaura la amnistía.
El muro que ha levantado Pedro no es una estructura física sino psíquica, y no divide a los españoles entre progresistas y reaccionarios sino que separa la ficción propagandística de la cruda realidad. A medio camino entre la democracia y la dictadura se alza la patocracia, que requiere la normalización de la enfermedad social a imagen de la enfermedad moral del presidente. Una personalidad como la de Pedro no puede presidir mucho tiempo una nación cognitivamente sana, que reconozca la soberanía de los hechos y la vigencia del principio de no contradicción, que conserve instituciones vigorosas y neutrales, que se informe a través de medios apegados a su función de contrapoder. Por eso la supervivencia política del sanchismo exige la propagación de la esquizofrenia: la insania general es la premisa de su poder.
Un diputado socialista se acercó a Pedro antes de comenzar el pleno y apoyó la mano sobre el Pecho Presidencial (no confundir con el PP). Parecía el apóstol Tomás introduciendo incrédulo sus dedos en la llaga del Resucitado, y que Dios me perdone la analogía. Quería cerciorarse de que su jefe seguía políticamente vivo, pero esto es algo que solo sabe Puigdemont, su casero con derecho a desahucio. Por ahora sabemos que el presidente ha perdido cuatro elecciones, carece de mayoría para legislar, tiene a la mujer y al hermano investigados por corrupción, es rehén de un prófugo al que los fiscales se niegan a amnistiar y ha tomado la decisión de liquidar la separación de poderes en 15 días si el PP no se aviene a mercadear los vocales del CGPJ. «Para que venga la internacional ultraderechista a someter al poder judicial ya lo hago yo», ha pensado Pedro, siempre audaz. ¿Nos iremos de veraneo estrenando autocracia o es el farol de un chantajista desesperado? A favor de la segunda hipótesis juega el hecho de que el 29 de junio la UE publica su informe sobre la calidad del Estado de derecho en España: mal momento para hacerse unos gayumbos con las puñetas de los jueces de la cuarta economía del euro y llamarlo «paquete de calidad democrática», en claro homenaje al Bardem de Huevos de oro.