
Pedro Sánchez accedió a su escaño forzando mucho la sonrisa, lo que en términos politológicos se conoce como hacerse un Pantoja. Tras la derrota en la votación de la víspera, Pedro necesitaba enseñar muchos dientes para impostar seguridad. Feijóo lo recibió con artillería pesada: «Ha pasado usted de tener problemas con la verdad a tenerlos con quienes la cuentan. No se veía una cosa así desde Franco. Casos de corrupción abiertos y una legislatura cerrada». El jefe del PP no tiene un problema con el mensaje, que de hecho ha ganado contundencia, sino con el reloj: alarga tanto el primer round que se queda sin tiempo en el segundo, lo que afea la diatriba. Pero su rival no atraviesa precisamente por su pico de forma. Desató la carcajada cuando declaró que el suyo era «el Gobierno del acuerdo y el diálogo» antes de ponerse a olfatear el pasado del líder de la oposición en la Xunta de Galicia. Incurrió en la cursilada de llamar templo de la palabra al Congreso, como si eso fuera a ablandar a Junts con vistas a la negociación presupuestaria. Y citó al Banco de España como fuente de autoridad para celebrar el cohete económico español, momento en que el escaño que ocupaba Escrivá hasta anteayer emitió un crujido sospechoso.













