Que el separatismo sea residual entre los jóvenes catalanes debería no solo tranquilizar a los conservadores sino también bañar en humildad a los progresistas: hasta la ingeniería plurinacional mejor financiada tiene sus límites. Por lo demás la noticia consternará a un número creciente de conservadores separatistas, esos españoles hartos que fantasean con perder de vista a Cataluña de una santa vez. En cualquier caso el futuro parece escrito: Cataluña se queda. El furor doctrinario del nacionalismo y la sumisión estratégica del PSOE habrán servido para envilecer la convivencia, asegurar los sillones de una casta y enriquecer a un puñado de corruptos envueltos en esteladas, pero se estrellarán contra la indiferencia mayoritaria de los catalanes de mañana.
De todas las señorías que podrían haber preguntado a Koldo por la tranquilidad de su conciencia fue a preguntarle un senador de Bildu. Y en ese preciso instante el sentido moral del asesor de Ábalos, que seguramente lleva décadas dormido, despertó.
El periodista político conoce las ventajas de conferir un tratamiento deportivo a todo proceso electoral. Las estadísticas, los contendientes, la carrera, el suspense, la victoria o la derrota. Es un esquema narrativo probado mil veces, porque funciona. Pero los comicios vascos de 2024 pasarán a la historia por habernos ofrecido el espectáculo menos espectacular de la historia democrática.La descontada hegemonía nacionalista, la atonía calculada (Bildu) o involuntaria de las estrategias, el discreto encanto de los candidatos y la contraprogramación del adelanto catalán se aliaron para sumir a los votantes en una desmovilización oceánica y a los tertulianos en un aburrimiento mal disimulado. Al parecer la gabarra consumió todas las reservas emocionales del pueblo vasco. Y la perspectiva de un triunfo batasuno solo sirvió para que el sanchismo teatralizara a última hora el rasgado de las mismas vestiduras que a primera hora de este lunes lucirán ya recosidas como la piel del monstruo de Frankenstein.
Ahora imaginemos que Pedro descubre la coherencia y suspende todos sus pactos con Bildu hasta que ese partido «incompatible con la democracia» según Pilar Alegría complete el famoso recorrido ético que el propio presidente le ha exigido esta semana. Imaginemos que Santos Cerdán recuerda de súbito todas las veces en que la izquierda abertzale llamó «gorrinos» a los socialistas y autoriza una moción de censura en Pamplona para devolver la alcaldía al partido navarro con el que compartió miedo, lágrimas y escoltas, Koldo incluido. Imaginemos que la envidiable capacidad para sacudir conciencias dormidas y decretar estados de alarma mediática que conserva la izquierda española se vuelca todo el año -y no solo en la recta final de una campaña- en la recuperación de la memoria, la dignidad y la justicia para las víctimas de ETA, despertando así la conciencia ética de los alumnos vascos. Imaginemos, en fin, que Antonio Hernando atranca la puerta de su despacho en Moncloa para evitar una entrada sorpresiva de su jefe y repasa el vídeo de aquella intervención suya en el Congreso, octubre de 2016, cuando como portavoz de la abstención socialista en la investidura de Rajoy defendió el honor del 78 ante los ataques de Rufián y de Matute, y mentó la sangre derramada por sus compañeros empezando por la de su vecino de escaño Madina. Qué día aquel en que vimos cabalgar al unicornio español, el día en que aplaudieron juntos puestos en pie los diputados de PP, PSOE, Cs y PNV. Yo estaba allí y lo vi y lo escribí. El que no estaba, claro, era Sánchez, que ya había huido del escenario de la concordia para tomar la senda de Caín.
En toda comunidad humana, es decir, formada por animales sociales, una víctima lo es siempre por partida doble: cuando lo descubre ella misma y cuando lo descubren los demás. A la vista cruda de la desgracia sucedida a otro, un vesánico atavismo de la especie nos susurra: «Algo habrá hecho. Apártate de él». Les ocurrió a los supervivientes de los campos nazis, a las mujeres que empezaron a denunciar el maltrato, a los japoneses que no se evaporaron en Hiroshima, a los uruguayos que regresaron de los Andes: todos han confesado el proceso de revictimización al que los sometieron quienes debían acogerlos. Su historia resultó demasiado insoportable para los intactos. Quizá porque el sufrimiento ajeno les interpelaba, les hacía sentirse culpables de los golpes que la vida no les había dado o les inquiría por el grado exacto de su responsabilidad en la posible evitación del desastre. Cuando los intactos toman conciencia de su propia cobardía moral engendran una inquina aún mayor contra el causante de sus remordimientos. Entonces la espiral del silencio se espesa y la víctima acaba socialmente marginada con la general complicidad de sus vecinos.
La pregunta que cabe hacerse, dadas las circunstancias, es si se puede ser de izquierdas y español en el País Vasco, y por cuánto tiempo. Si es viable la defensa de la Constitución en una sociedad dominada con puño de hierro -y de plomo demasiados años- por el nacionalismo. Si la alianza estructural entre PNV y socialismo en Vitoria y en Madrid ha desnaturalizado más al segundo que al primero. Si el acelerón plurinacional ha enterrado por completo la tradición jacobina, de tal modo que el grado de izquierdismo se calcule en centímetros de cercanía a los enemigos de la unidad territorial. Y si, en definitiva, hay futuro para un proyecto tan vasco como español, tan constitucionalista como progresista, después de que Pedro Sánchez haya encontrado en Bildu a su socio de legislatura más fiable, blanqueándolo hasta el punto de que varias encuestas (el CIS entre ellas) le concedan la victoria en las elecciones del 21 de abril.
La pandemia del coronavirus popularizó entre los españoles la noción de resiliencia. El Gobierno la empleaba a todas horas para dar ánimos a la población y seguramente también a sí mismo. Pero si hay un sujeto político que merece reconocimiento a su resiliencia en la España democrática ese ha sido el Partido Popular del País Vasco. Una formación azotada como ninguna por la pandemia de plomo y metralla que propagó durante décadas el virus del terror. Afiliarse a esas siglas entre 1989 y 2011, es decir, entre la refundación del partido que lideró José María Aznar y el anuncio del cese definitivo de la actividad terrorista por parte de ETA, suponía asumir el coste supremo -la vida misma- por defender la libertad y la democracia: el derecho constitucional a existir como vasco y español de centroderecha en Euskadi.
Dice doña Úrsula que otra guerra europea es posible, aunque los optimistas confían en que no se parezca a las dos anteriores. Ni siquiera Einstein imaginaba la Tercera Guerra Mundial, pero a cambio estaba convencido de que en la Cuarta lucharíamos con palos y piedras, al modo de una abrupta elipsis regresiva de Kubrick. La humanidad tendrá así la oportunidad de recomenzar, y dentro de la humanidad también la tendremos los españoles: no todo van a ser malas noticias.