
Es difícil decidir quién hace más daño a la causa palestina: la flotilla de Greta, los boicoteadores de la Vuelta Ciclista o una declaración institucional de Pedro Sánchez. Del mismo modo que nadie ha perjudicado tanto a la causa israelí como Benjamin Netanyahu. No hace falta comulgar con los protocolos de los sabios de Sión para abrir los ojos al sufrimiento planificado y sostenido que está infligiendo a la población gazatí un primer ministro enfermo de voluntad de poder: primero trató de maniatar a los jueces y ahora alimenta la guerra total para suspender indefinidamente la rendición de cuentas y ahogar la indignación civil bajo el estrépito marcial del nacionalismo. Pero tampoco hace falta ser un criptobro de gimnasio o un cayetano de montería para señalar el oportunismo de ciertos tartufos que no arriesgan otra cosa que el disfraz de su hipocresía mientras rentabilizan la pose de concernidos.













