Una tarde de 1992 a Mario Calabresi, hijo de un comisario asesinado por las Brigadas Rojas -víctima de una infame campaña de señalamiento previo por parte de los medios llamados progresistas-, lo invitan a una fiesta universitaria. Decide ir, pero el clima de opinión allí no tarda en asquearle. De pronto capta una frase al vuelo. Es de una chica segura de sí:
-Qué asco, la viuda. La cubren de pasta y se hace la víctima. Deberían haberla disparado a ella también.
El misterio de la identidad judía consiste en la eternidad de un dolor injusto. La conciencia nacional más antigua del mundo es la de un pueblo elegido para sufrir como ninguno a causa del odio que ha despertado, despierta y despertará su terco deseo de prevalecer. A la maldición antisemita, que en el siglo XX alcanzó las condiciones industriales de posibilidad del exterminio, los supervivientes de la Shoah respondieron por fin con la creación de un Estado propio. Y asumieron la necesidad de la autodefensa por la fuerza a la que habían renunciado hasta la fecha. La roca de Israel no volvería a ser quebrada.
No te atrevas a llamarlo generosidad. La generosidad no está al alcance de tu boca pobre, es un ideal huido de tus labios de Maquiavelo de bazar. Generosidad es un amigo al que hace tiempo que no vemos, que nos recibe en su cocina con el mandil puesto y una copa de vino. Generoso es el colega que cubre el turno de un compañero enfermo que ni siquiera le cae demasiado bien. Generosos del coraje que da vértigo son el padre que hace guardia junto a la cama de su padre y la madre inevitablemente desvelada hasta que vuelve la hija de la discoteca. Generoso a su manera incipiente y heroica es el muchacho habilidoso que en la eliminatoria del campeonato escolar se queda de portero sin que le toque, y lo es la adolescente popular que incorpora a la tímida irremediable a su círculo confidencial de pequeñas amazonas. Es generoso quien perdona una deuda modesta y quien renuncia a un ahorro laboriosamente acumulado por la necesidad súbita de un pariente no demasiado próximo. Nunca olvidamos la generosidad primera de quien compartió aquel bocata riquísimo en el patio. Y siempre recordaremos pesarosos el día aciago en que la vida nos pidió un gesto de generosidad y no reunimos la entereza suficiente para hacerlo.
Son las diez de la mañana del 3 de octubre cuando Pedro Sánchez baja del audi oficial frente al Palacio de la Zarzuela. El subcampeón del 23 de julio concurre a la ronda de consultas con Felipe VI para reclamar su derecho a ser investido tras el fracaso aritmético de Feijóo. Ambos, Rey y presidente en funciones, saben que esa investidura solo será exitosa si el candidato cede al chantaje de los dos mismos políticos –Oriol Junqueras y Carles Puigdemont– contra los que el Rey pronunció el decisivo discurso del que hoy se cumplen exactamente seis años.
Escuchar a la señora de Bildu dar lecciones de derechos humanos al PP resultó excesivo para el temple de Feijóo, acreditado incluso frente a las destrezas paleolíticas de Puente. Pero aunque colinden a menudo, no es lo mismo el primitivismo que el crimen. Toda conciencia no deformada por el sectarismo o la desmemoria experimenta una arcada interior cuando oye a Bildu alardear de sensibilidad social. El exterminio o el destierro de los juzgados ajenos a la tribu es una política social como cualquier otra –Eichmann y los hutus ruandeses también hacían política social-, pero no sé si da para presumir de sensibilidad.
Cuando Óscar Puente se levantó para ocupar la tribuna de oradores todo el mundo se sorprendió de que supiera caminar erguido. Su intervención gorilesca escapa a las capacidades intelectuales de un humilde cronista de letras: pertenece al dominio zoológico de Jane Goodall, y Jane Goodall no había venido. ¿Cómo se le ocurrió a Pedro Sánchez enviarlo en su nombre a responder a Feijóo? ¿Cómo podría no haberlo hecho? Nadie como Puente para encarnar la tonalidad moral y estética del sanchismo, ese engorilamiento progresivo de la política española que está a cuatro plenos de retroceder del pinganillo al hacha de sílex. Nadie como Puente -Zanja de soltero- para canalizar el odio al centroderecha, que es el único hilo que cose los tejidos de un Frankenstein más ortopédico que nunca.
Cuatro cajas de pinganillos recibían a los plumillas a la entrada de la tribuna de prensa del Congreso. De buena mañana y por el conducto oficial habíamos sido informados del inicio de una nueva era, pero han sido tantas las eras abiertas por el sanchismo que cuesta distinguir la rutina de la excepcionalidad. Por cierto que el fundador de la new age no comparecía en su escaño -a diferencia de Nerón, rara vez se queda a contemplar el resplandor de sus incendios-, lo cual aguó el golpe de efecto premeditado por Vox para el momento en que Francina Armengol rechazara las protestas reglamentistas y diera curso al pleno plurilingüe. Como si el reglamento importara a estas alturas, doña Cuca.
Usted no sabe quién es Valentín González Formoso. Yo tampoco, y eso que me pagan por saber esta clase de cosas irrelevantes. Pero lo peor para don Valentín no es nuestra ignorancia al respecto de su existencia sino la de los votantes gallegos, que llevan catorce años votando mayoritariamente al PP. Porque Valentín González Formoso es el actual jefe del PSdeG, y este domingo aprovechó un mitin del único jefe del PSdeG -y de cualquier agrupación socialista del país- para desmentir el arraigado tópico de la indefinición galaica: