Escuchar a la señora de Bildu dar lecciones de derechos humanos al PP resultó excesivo para el temple de Feijóo, acreditado incluso frente a las destrezas paleolíticas de Puente. Pero aunque colinden a menudo, no es lo mismo el primitivismo que el crimen. Toda conciencia no deformada por el sectarismo o la desmemoria experimenta una arcada interior cuando oye a Bildu alardear de sensibilidad social. El exterminio o el destierro de los juzgados ajenos a la tribu es una política social como cualquier otra –Eichmann y los hutus ruandeses también hacían política social-, pero no sé si da para presumir de sensibilidad.
Cuando Óscar Puente se levantó para ocupar la tribuna de oradores todo el mundo se sorprendió de que supiera caminar erguido. Su intervención gorilesca escapa a las capacidades intelectuales de un humilde cronista de letras: pertenece al dominio zoológico de Jane Goodall, y Jane Goodall no había venido. ¿Cómo se le ocurrió a Pedro Sánchez enviarlo en su nombre a responder a Feijóo? ¿Cómo podría no haberlo hecho? Nadie como Puente para encarnar la tonalidad moral y estética del sanchismo, ese engorilamiento progresivo de la política española que está a cuatro plenos de retroceder del pinganillo al hacha de sílex. Nadie como Puente -Zanja de soltero- para canalizar el odio al centroderecha, que es el único hilo que cose los tejidos de un Frankenstein más ortopédico que nunca.
Cuatro cajas de pinganillos recibían a los plumillas a la entrada de la tribuna de prensa del Congreso. De buena mañana y por el conducto oficial habíamos sido informados del inicio de una nueva era, pero han sido tantas las eras abiertas por el sanchismo que cuesta distinguir la rutina de la excepcionalidad. Por cierto que el fundador de la new age no comparecía en su escaño -a diferencia de Nerón, rara vez se queda a contemplar el resplandor de sus incendios-, lo cual aguó el golpe de efecto premeditado por Vox para el momento en que Francina Armengol rechazara las protestas reglamentistas y diera curso al pleno plurilingüe. Como si el reglamento importara a estas alturas, doña Cuca.
Usted no sabe quién es Valentín González Formoso. Yo tampoco, y eso que me pagan por saber esta clase de cosas irrelevantes. Pero lo peor para don Valentín no es nuestra ignorancia al respecto de su existencia sino la de los votantes gallegos, que llevan catorce años votando mayoritariamente al PP. Porque Valentín González Formoso es el actual jefe del PSdeG, y este domingo aprovechó un mitin del único jefe del PSdeG -y de cualquier agrupación socialista del país- para desmentir el arraigado tópico de la indefinición galaica:
Uno puede esforzarse por imitar las virtudes de Nicolás Redondo Terreros. Puede entrenarse en la templanza, coleccionar el coraje, blindar la carcajada de barítono, opositar a catedrático de conciencias tranquilas, cebar la chimenea con esas listas de agravios que otros enmarcan en el retrete y ofrecer siempre el corazón a la amistad con el distinto. Pero parafraseando a Borges confieso que yo, que tantos hombres he sido, no seré nunca aquel a quien expulsó Pedro Sánchez. Y ese timbre de gloria, esa codiciada jarretera, ese incalculable toisón cuelga ya de su pechera como la más bella de las amantes de un viejo guerrero, sumiendo a los aprendices en la frustración. Y aunque aprendí de Pla que el secreto de la felicidad consiste en no envidiar nunca a nadie, hoy envidio el alto honor de Nicolás como si acabara de regresar vivo de las Termópilas.
No me dirijo a ti, que no vas a abrir la boca, que no fuiste diseñado para el ejercicio del pensamiento crítico, para identificar verdades incómodas, o las identificas pero nunca encontrarás valor para señalarlas porque no conoces otra libertad que la de obedecer, porque bebes la libertad del cuentagotas con que va mojando tu lengua seca el magnánimo jefe de tu tribu, el que tiene poder para meterte en una lista y para sacarte de ella, la lista de la que dependen tu nómina pública o tu tertulia privada o ese bonito simposio de politología, porque no tienes otra cosa y el sector está fatal, afuera hace mucho frío y las redes están patrulladas a todas horas por ojos insomnes y cuchicheos de sicofante y manos ágiles para tirar la primera piedra, la segunda y la tercera, y en una mala tarde pueden sepultar tu reputación de progresista sin fisuras, es decir, uno del que jamás pueda esperarse otra cosa que sumisión en tiempos de mutua vigilancia, cuando la ambición ágrafa de un solo hombre ha extirpado de la izquierda el viejo compromiso por la libertad, la igualdad y solidaridad para no ser ya más que militancia castrense, coro de balidos saliendo del redil acechado por el lobo, que viene el fascismo, y quien no sea oveja será lobo, como esos ancianos de vida resuelta, Felipe y Alfonso, fachas como el que más, haciéndole el caldo gordo a la derecha, por más que rechacen la amnistía en los mismos términos en que tú la rechazaste cuando tocaba rechazarla, la misma amnistía que abrazarás cuando toque abrazarla, así que cómo voy a dirigirme a alguien como tú, que ya solo aspira a seguir sirviendo su carne de cañón en la guerra civil perpetua contra la derecha española -exceptuadas la vasca y la catalana- con el cerebro rendido por el odio, la voluntad anulada por el miedo y el lomo aplanado para servir de alfombra al triunfo de Puigdemont.
Ahora entendemos mejor el concepto de matria que doña Yolanda puso en circulación hace dos años. No se trataba de subrayar la vocación maternal del Estado de bienestar -semejante interpretación abundaría en los roles de género fijados por el patriarcado, según los cuales el padre castiga y la madre cuida- sino su destino personal de paridora de naciones ibéricas, de partera de la profecía plurinacional que está a punto de consumarse entre nosotros. Se nos anuncia una navidad constituyente, con el PNV de mula, Junts de buey y un jovencísimo Frankenstein balbuceando lenguas cooficiales en el pajar.
Él le gritó «¡que te vote Txapote!» y Pedro respondió «ya me ha votado». Así empezó su idilio a primera vista, una amistad instintiva bajo los ropajes equívocos del odio.
La escena sucedió en la playa. El presidente, sintiéndose al fin legitimado por las urnas -con la legitimidad que solo da quedar segundo-, se atrevió a salir a la calle, a pasear por los alrededores del palacete estival, a echarse una carrerita matutina por la arena flanqueado únicamente por cuatro guardaespaldas. Pero ninguno de los cuatro pudo evitar que un chaval que sesteaba al sol sobre su toalla se incorporara como un resorte al verle pasar y prorrumpiera en el famoso ripio.