Corren buenos tiempos para la nostalgia, para la dignidad melancólica de los miradores si nos ponemos umbralianos, y por eso sobre el cierre temporal del Café Gijón han vertido lágrimas incluso aquellos que jamás se reunieron en sus tertulias o llegaron demasiado tarde para conocer al cerillero, que se llamaba Alfonso y desvirgaba secretos al oído capaces de abreviarle la inocencia de la infancia a mi compañero Antonio Lucas.
Todos hablan de la canción de Sergio Ramos, y no es para menos. Yo mismo la he reproducido fascinado una y otra vez a lo largo de esta semana, y puedo decir que creo haber penetrado en el sutil espíritu que anima su composición. En las líneas venideras, con las luces que permita mi pobre juicio, trataré de desentrañar las claves líricas de esta obra notable, claramente deudora del Siglo de Oro español.
No entendí que el público del Real aplaudiese el martes con tanto entusiasmo al barítono que había encarnado el papel de Giorgio Germont en la emocionante representación de La Traviata que acabábamos de presenciar. No es que no se lo merecieran su técnica vocal o su talento interpretativo: es que no se lo merece su personaje. No podemos perdonar a Giorgio, el estricto padre de Alfredo, ni siquiera cuando en el último acto se derrumba y pide perdón a Violetta por haberla forzado a romper con su hijo.
El 30 de agosto de 1633, retirado a la paz de Villanueva de los Infantes, más exasperado por el desengaño de las intrigas de la corte que por el calor fundente de La Mancha, Francisco de Quevedo concluye un manuscrito que ha permanecido inédito durante cuatro siglos. Los profesores Antonio Azaustre y José Manuel Rico lo han exhumado del archivo de un oficial francés, han probado su autoría y acaban de publicarlo con lujoso aparato crítico y su título original: Desconsuelos de los dichosos.
Invitado por su amigo, poeta como él, un joven tuberculoso llega a Roma a principios del siglo XIX para alimentar la vaga esperanza de curarse. Él quiere vivir, aunque sea para seguir escribiendo, quizá para volver a amar, pero tampoco se hace demasiadas ilusiones. Por mucho que insista Shelley en que el cálido clima de la ciudad secará sus pulmones podridos, el joven Keats sabe íntimamente que no hay nada que hacer. Que Roma será su tumba. Como un don (como una condena), recibió al nacer esa punzante revelación de la finitud humana con la que algunos se labran toda una carrera de malditos, librados a la voracidad del carpe diem, y otros perfeccionan el arte de la elegía o se encierran en un monasterio. Luego están todos los demás, el llamado común de los mortales.
Dos amigos que habían peregrinado a Jerusalén para la Pascua caminan de vuelta a su pueblo discutiendo acaloradamente. Saliendo de la nada un tercer hombre se les une y les pregunta el motivo de su disputa. Los otros se sorprenden. ¿Eres el único en toda la región que no se ha enterado? Lo de aquel profeta, poderoso en obras y palabras. Muchos decían que era el mesías, pero ya han pasado tres días desde que lo crucificaron.
Quizá sea exagerado afirmar que Mario Vargas Llosa ha muerto, porque pocos escritores quedaban vivos con la inmortalidad tan garantizada. Asistió en vida a su propia canonización en la improbable gloria de las tres academias: la Española porque su destino fue la lengua castellana, la Francesa porque metabolizó el magisterio de Flaubert mejor que los franceses y la Sueca por un Nobel de justicia, limpio de ese esnobismo pueril por el que demasiado a menudo los suecos se hacen los suecos ante las candidaturas más obvias. Y aún podríamos añadir la academia de los estudios universitarios que amerita su legado monumental. Recuerdo nuestra emoción de alumnos de primero cuando fue anunciado en la Complutense a principios de siglo y el profesor suspendió la clase, naturalmente: su asignatura se hacía carne y venía a vernos.
Acabo de terminar El odio, de Luisgé Martín. El libro tiene dos problemas insolubles. Uno es lo que cuenta. El otro es lo que no.
Hay que juzgar cada libro por lo que el autor se propone hacer con él, y con este el autor pretende adscribirse al género de no ficción que Capote o Carrère han conducido a la excelencia. No se trata tanto de la distancia insalvable que va del talento de Martín al de sus dos referentes sino de la lealtad a un patrón narrativo que impone sus propias reglas. Y esas reglas prescriben la investigación honesta y excluyen la autoficción terapéutica. El autor de El odio cuenta demasiado de sí mismo para justificar su personalísimo interés por un asesino que carece por completo de atractivo literario. Y lo hace desde la primera página: «Sabemos que hay muchas personas a nuestro alrededor a las que deberíamos poder matar. Pero no somos capaces de determinar quiénes». Lo trágico de esta declaración de intenciones es que no hay en ella sombra de ficción o de ironía. No habla un personaje de Poe ni la voz provocativa de Thomas deQuincey: habla el árido corazón de Luisgé Martín. Un cínico puede escribir bien, pero existe una diferencia crucial entre escribir bien y hacer literatura.